Pedro Puigvert

Introducción
La oración de fe
Resistencia a la tentación
La obediencia a la palabra
La acepción de personas
La importancia de la ley
La fe y las obras
La inutilidad de la fe sin obras
El uso de la lengua
La sabiduría que desciende de lo alto
La amistad del mundo
La acusación contra los ricos
La conducta del creyente
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El argumento de este capítulo es una continuación de la porción anterior en que Santiago vuelve a las consecuencias de escoger la falsa sabiduría en lugar de la verdadera.
1. El origen de las luchas (vv.1-3)
La palabra que tenemos aquí traducida por pasiones procede del vocablo hedone que en castellano ha derivado en el término hedonismo que significa deleites y placeres. Con ella se designa la gratificación del deseo natural o de los deseos pecaminosos. Las guerras no es una referencia a los conflictos armados entre países, sino que se trata de una hipérbole (exageración) para referirse a las luchas polémicas y pendencias privadas entre creyentes. Aparece también en Mt. 24:6 y en Ap. 11:7, en un sentido más amplio. Luego viene pleitos cuyo significado es similar, pues se refiere a los conflictos, discusiones, contiendas y riñas. No son discusiones de carácter doctrinal, sino material.
1.1. Otros frutos de las pasiones (vv.2-3). En primer lugar tenemos que resaltar la palabra matáis, porque no significa dar muerte física a una persona y aunque el verbo se refiere al homicidio, el significado es “tener odio mortal”, que a los ojos de Dios ya es un homicidio (Mt. 5:21,22; 1 Jn. 3:15). Las ideas que encadenan estos vv. señalan tres grados en el desarrollo, por el que: a) las pasiones producen las luchas y los conflictos; b) codician y no tienen; c) entonces se odian y tienen envidia. Pero con todo eso no pueden conseguir lo que quieren de modo que riñen y se hacen la guerra. Con esta última cláusula, Santiago introduce un nuevo orden de ideas. No poseían porque olvidaban o descuidaban el único medio para obtener los bienes verdaderos: la oración (Mt. 7:7-8). Lo que querían obtener era para gastarlo en sus deleites.
2. Amigo del mundo, enemigo de Dios (vv.4-5)
La amistad (filia) del mundo es enemistad con Dios. Si alguien quiere ser amigo (filos) de Dios, será enemigo del mundo. El. v. 5 es bastante oscuro en el original y ha dado pie a traducciones diferentes. La más aceptada hoy es esta: ¿O creéis que la Escritura dice en vano que Dios ama celosamente al espíritu que Dios hizo morar en nosotros? (NVI). Otros ponen Espíritu en mayúscula. Literalmente dice: ¿O pensáis que en vano la Escritura dice: hacia la envidia tiende el espíritu que Dios hizo habitar en nosotros? La envidia forma parte de este mundo del que se quiere ser amigo. El problema surge según escribamos “espíritu” (del ser humano) o Espíritu (Santo). ¿Sería posible imputar estos sentimientos al Espíritu Santo?
3. El sometimiento a Dios (vv. 6-10)
Si la desagradable verdad es que el espíritu humano envidia lo mundano, Dios otorga mayor gracia, gracia más que suficiente para vencer esta disposición. Aquí viene muy bien el texto de Éx. 20:5-6 cuando dice que Dios visita la maldad hasta la cuarta generación, pero hace misericordia a millares. De ahí que Dios resiste a los soberbios y da gracia a los humildes. En consecuencia debemos someternos a Dios humildemente, que es la manera de resistir al diablo y este huya de nosotros. Esta idea es paralela a la que expresa Pablo en Ef. 6:10-20. En ambos casos se trata de resistir con firmeza (Ef. 6:13) las asechanzas o engaños de Satanás, sus artimañas.
3.1. Los nueve imperativos (vv.7-10). Veámoslos por separado:
a) someteos. A la promesa de gracia, sigue el llamamiento de someterse a Dios y como dijo Calvino: “la sumisión es más que obediencia, implica humildad”.
b) Resistid. Si estamos en Cristo pisamos terreno de victoria y de ahí que se nos pida resistencia firme ante los ataques de las potestades maléficas, no avanzar.
c) Acercaos. La unión íntima con Dios garantiza su amistad y desecha la del mundo. Los adjetivos que siguen describen gráficamente que el espíritu mundano es pecado.
d) Limpiad, las manos que son el instrumento de nuestros actos y vienen a simbolizar la conducta exterior.
e) Purificad, los corazones es una referencia a la limpieza de los motivos íntimos. El hombre de doble ánimo es aquel que solo es fiel en parte porque tiene dos caras, los que están divididos entre Dios y el mundo. Esta misma expresión se encuentra en 1:8.
f) Afligíos, g) lamentad, h) llorad. Los vemos en conjunto porque constituyen un llamamiento al arrepentimiento por haber pecado gravemente. Estas actitudes son más adecuadas que la risa y el gozo que aquí adquieren el sentido contrario a la frivolidad y la liviandad del mundo. Estos tres imperativos son un eco de las enseñanza de Jesús en Mt. 5:3-4; Lc. 6:21 y 18:13. La tristeza es la expresión deprimida y apagada de los que están avergonzados y se duelen.
i) Humillaos. Santiago vuelve a la primera exhortación de la serie (v.7), pero además asocia una promesa: la exaltación. Agustín de Hipona lo comentó con un símil: “el que no tiene el corazón confirmado por las profundas raíces de la humildad, no se elevará sino para una ruina cierta”.
3.2. La necedad de juzgar al hermano (vv.11-12). Santiago vuelve de nuevo al tema de los excesos de la lengua del cap. 3, pero al mismo tiempo es una continuación del tema anterior, es decir, de las carencias que señala en los destinatarios de la carta: la falta de amor a Dios conduce a al deterioro de benevolencia hacia a los hermanos, de manera que entra en juego el terrible pecado de la murmuración. Literalmente esta palabra es hablar mal. O hablar en contra de, que aparece tres veces en el v.11 y en 1 P. 2:12; 3:16. La ley de Dios protege al prójimo y no solo al hermano, al ordenarnos amarle como a nosotros mismos. El que habla mal de su hermano (le juzga) con maledicencia y se coloca por encima de la ley, cuando en realidad debería ser un cumplidor de la ley, pero está asumiendo el papel de juez y se convierte en uno que juzga la ley de acuerdo a su propio juicio. Sin embargo, esto no puede ser, porque hay un único legislador y juez (en el original son dos palabras con referencia a Dios). Así, pues, todo aquel que se erige en juez de su prójimo, usurpa los derechos de Dios, el único juez. Por eso, ¿quién eres tú que te atreves a ponerte en el lugar de Dios? Una actitud pertinaz en contra de la verdad, es decir, de la palabra, tanto en su modo de pensar, como de actuar (cf. 1:18). Hemos nacido por la palabra de verdad, el evangelio. Por eso, si alguno le hace volver de su error, lo que nos lleva a pensar en la herejía, debe saber que ha salvado un alma de la muerte (5:19).
3.3.Proyectos sujetos a la voluntad de Dios (vv. 13-17). Los que hacían sus planes, eran, los ricos comerciantes que hacían negocios sin contar con Dios y encima eran arrogantes. Muchos judíos convertidos al evangelio, movidos por sus negocios u otras circunstancias viajaban a diferentes lugares. La frase está interrumpida al final del v. 13, para reanudarla en el v. 15. Santiago, intercala con el v. 14, la frase para resaltar las palabras que censura antes de indicar la manera cómo conviene expresarse a un cristiano (Pr. 27:1). No es malo hacer planes, incluso conveniente, pero el cristiano debe estar sujeto a la voluntad de Dios. Cuando hace planes debe poner en primer lugar si él quiere. A veces, decir “si Dios quiere” puede convertirse en una frase hecha, desprovista de valor, ya que debería formar parte de nuestras convicciones más profundas. Luego viene la gran pregunta, ¿qué es la vida? La compara con el vapor o la neblina, una figura tomada del Sal. 102:3.
Cierra esta porción con una frase que se relaciona con la anterior: los hombres hacen planes de futuro sin Dios, y los hacen con tanta convicción que se jactan de ellos, sin saber que su vida puede disiparse como la niebla. Saber hacer el bien no es difícil, lo importante es hacerlo, pues este mismo saber nos hace más culpables de pecado si no ponemos todas estas verdades en práctica.
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