Pedro Puigvert

Introducción
La oración de fe
Resistencia a la tentación
La obediencia a la palabra
La acepción de personas
La importancia de la ley
La fe y las obras
La inutilidad de la fe sin obras
El uso de la lengua
La sabiduría que desciende de lo alto
La amistad del mundo
La acusación contra los ricos
La conducta del creyente
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Esta exhortación (vv. 9-12) al creyente de humilde condición y al rico es un eco de la enseñanza de Jesús en las bienaventuranzas (Mt. 5:3; Lc. 6:20; 14:12). Tanto el rico como el pobre solo se pueden jactar en la gracia de Dios. Si el pobre, el afligido, el oprimido, encuentra una manera que le hace dejar de lado su condición, le acerca a Dios y le procura gozo, esa es su elevación o exaltación en gloria. Si el rico se da cuenta de que está disfrutando de una situación de privilegio, no debe ser motivo de jactancia ya que todo en la vida es transitorio y desaparecerá como la flor de la hierba y eso le afligirá en una humillación que es la única cosa de que puede jactarse, es la única que hace posible lo imposible (Mt.19:23-26).
1. La tentación y la prueba (1:12-15)
Cuando nos referimos a ellas en el v. 3, hicimos la distinción entre prueba y tentación: la primera es la adversidad exterior y la segunda el impulso interno al mal. La RVR60 expresa con dos palabras distintas esta distinción, igual que en el original:
a. Tentación. Es una palabra que se utiliza para las pruebas con un propósito y efecto beneficioso. Otras veces son pruebas permitidas por Dios.
b. Prueba. También en el original es un término diferente del anterior y tiene el sentido de aprobar. El significado, pues del v. 12 es que el cristiano feliz o bienaventurado es aquel que soporta –lleva una carga- la prueba, el cual recibirá la corona de la vida prometida por Dios a los que le aman. Aunque corona de vida puede inducir a pensar en la salvación, no es así por cuanto ni nuestra fe ni nuestro amor ganan la vida eterna, sino que se refiere a que nuestro Dios tiene reservadas bendiciones abundantes para todos los que le aman y guardan sus mandamientos, sirviéndole con fidelidad (Mt. 19:28; 1 Co. 2:9). Partir del v. 13 cambia el panorama ya que se refiere al impulso interior hacia el mal. Aquí, la prueba en lugar de conducirnos a la victoria, nos lleva a la caída en el pecado.
c. Concupiscencia (vv. 14-15). Se trata de un intenso deseo malo de cualquier tipo. El que es tentado y peca, debe buscar la causa del pecado en su propio interior, en lugar de remontarse a Dios. El pecado es producido por un desarrollo, cuyas fases sucesivas debemos conocer: la tentación nace de la concupiscencia, del deseo de lo prohibido (Ro. 7:7-8), de la inclinación al mal. La concupiscencia es aquí personificada: atrae, seduce la voluntad. Se puede resistir, pero si cede, concibe una resolución que se pone por obra, que es el pecado, y una vez consumado llega a la muerte espiritual a la que se debe buscar el remedio para que no sea eterna.
2. Advertencia sobre el autoengaño (vv.16-18).
La advertencia del v. 16, está relacionada con el v. 13. Sería un error considerar que el mal puede venir de Dios. Él no es la fuente de la tentación, como superficialmente se podría pensar, es todo lo contrario, como se dispone a confirmar los vv. 17-18. Ambos son un resumen breve de la naturaleza de Dios y de su obra. Dios es, por esencia, la fuente suprema de todo bien. Esto quiere recalcarlo Santiago intensamente, y por eso usa una de las frases que se repiten en la epístola: amados hermanos míos (1:2, 16,19; 2:1, 5,14; 3:1, 10, 5:10,12).
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