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¿Cómo miramos las cosas del mundo? (Mt 6:22-24)

por Pedro Puigvert
Sermones sobre el Sermón del Monte

Después de la exposición  del tema de la acumulación de tesoros, lo que sigue guarda elación con él y debemos verlo formando parte del mismo contexto con una serie de implicaciones. Dejamos nuestra exposición en el v. 21, en donde vimos que aquello que atesoramos domina toda nuestra personalidad, incluida la mente, al voluntad, los sentimientos, los efectos y la sensibilidad, es decir, todo nuestro ser, ya sea en las cosas de la tierra o en la de los cielos.
Una vez dicho esto, Jesús incide en un asunto más delicado. Matiza el proverbio acerca del corazón y carga las tintas sobre la mente (vv.22-23). Porque toda esta parte de nuestra naturaleza que llamamos corazón, no sólo actúa o le gustan estas cosas terrenales, sino que las ama (Jn. 3.19). Por tanto, la ilustración del ojo es el ejemplo del que se vale para explicarnos la manera que miramos las cosas del mundo.

  1. Dos maneras de mirar las cosas del mundo (vv. 22-23)
    El Señor Jesús dice que hay lo que él llama ojo “bueno o sano” (sin visión doble), el ojo del hombre espiritual que ve las cosas realmente como son, sin dobleces o dobles intenciones.   Sus ojos son claros y lo mira todo de manera normal. pero hay otro ojo o manera de mirar las cosas que Cristo llama “maligno” (de mala condición) que es una especie de visión doble o si se prefiere es un ojo que no tiene una visión diáfana.
    Es el ojo que tiene sombras o tinieblas, coloreado por los prejuicios –juicios previos de las cosas- algunos placeres y deseos. Lo que Jesús está enseñando es que en cuanto a hacerse tesoros no sólo está implicado el corazón, la personalidad del hombre, sino que de una manera especial lo está una parte de la misma, la mente y los pensamientos que dominan  al hombre, tanto para lo bueno como para lo malo.

    1. ¿Cómo nos afecta moralmente nuestra mente?
      Si somos sinceros reconoceremos que nuestra manera de pensar se basa muchas veces en los tesoros terrenales. Los pensamientos divididos, en casi todos los ámbitos, se deben principalmente a los prejuicios, no al pensamiento puro y por ello tienden a afectarnos moralmente,  en
      cuanto al modo de conducirnos según lo que dicte nuestra mente. Por ejemplo, razonamos muy bien a la hora de explicar que algo que estamos haciendo mal, en realidad no es deshonesto.

      Si alguien penetra en una casa y se apodera de todo lo que encuentra a su alcance que es de valor, decimos que es un ladrón, pero si yo me limito a manipular los datos de mi declaración de la renta, pensamos que eso no es robar, o como me dijeron una vez  que me negué a llevar la doble contabilidad  con dinero negro “que robar a un ladrón
      (Hacienda) tiene cien años de perdón”, y nos persuadimos a nosotros mismos de que lo que hacemos está bien.
      En el fondo hay una razón para actuar con doblez y es nuestro amor  por los tesoros terrenales. Nuestros puntos de vista o visión de las cosas afectan nuestra perspectiva ética.

    1. ¿Cómo domina nuestra mente la perspectiva religiosa?
      La misma Escritura nos muestra que incluso un ministro del Señor colaborador de Pablo se vio afectado por las cosas de este mundo (2 Ti. 4:10). A menudo se ve esto en asuntos de servicio cristiano. Esas son las cosas que determinan nuestra acción, aunque no los reconozcamos. El Señor Jesús nos advierte y señala el camino a seguir (Lc. 21:34-36). No son solamente las acciones malas las que hinchan la mente y nos incapacitan para pensar con claridad.

      Los cuidados de este mundo, establecerse en la vida, disfrutar de nuestra vida y familia, nuestra posición en el mundo o nuestras comodidades pueden llegar a convertirse en cosas  tan peligrosas como  comer  excesivamente o emborracharse y un serio obstáculo para servir en la iglesia o en la obra del Señor.¿Por qué hacemos diferencias entre el domingo por la mañana y por la tarde? Porque nos convencemos que santificar medio día al Señor es lo mismo que todo el día o por asistir al culto de las once ya hemos cumplido. ¿Es debido a que todavía arrastramos un residuo de  mentalidad  católico romana?

  1. Las cosas del mundo afectan a la voluntad (v. 24)
    Cuando las cosas de la tierra se apoderan del corazón y de la mente inciden directamente en la voluntad porque ninguno puede servir a dos señores. Lo que hacemos es el resultado de lo que pensamos, de manera que lo que va a determinar nuestra vida y el ejercicio de nuestra voluntad es lo que pensamos y esto a su vez depende de dónde esté nuestro tesoro. Cualquiera que sea el ámbito de la vida que examinemos, o acerca del cual pensemos, encontraremos estas cosas. Afectan a todo el mundo y son un peligro.
    1. La voluntad de servir a Dios.
      Es de esperar que  ésta sea la de todo hijo de Dios, porque es la exigencia que tenemos de nuestro Señor, la cual se enfrenta abiertamente con  la tiranía de Mamón, quien también  demanda lo mismo. Pero no podemos servir a dos señores, sino a uno solo y ahí entra en juego la voluntad. Dios y Mamón quieren tener el dominio total sobre nosotros.

      Ya hemos visto que las cosas del mundo tienden a apoderarse de nuestra personalidad y exigir una devoción total, a fin de que vivamos para ellas de forma absoluta.  Pero eso mismo hace Dios: “Amarás al Señor tu Dios de todo corazón y con toda tu alma y con toda tu mente”; “el que ama a su padre o su madre más que a mí no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí”. Es una exigencia absoluta del Dios soberano, la diferencia es que no es lo mismo servir al Dios verdadero que aun ídolo.

    1. La voluntad de servir a Mamón.
      Este nombre propio no es un término castellano – suena mal- sino la transliteración del arameo mamoná. Su origen es incierto,  probablemente deriva del hebreo “aman” (amén) en un sentido abstracto para designar lo estable y lo sólido, la seguridad y la propiedad y de ahí que literalmente signifique “aquello en lo cual uno confía”; pero al estar aquí en oposición a Dios se convierte en un ídolo. Esta palabra fue preservada en arameo por la  comunidad primitiva y no traducida a su equivalente griego, juntamente con Abba, Maranata, Rabí, Corbán, etc.

      El nombre Mamón es utilizado por Jesús con una intención mucho más profunda de lo que pudiera inferirse de las simples riquezas, por cuanto expresa un sentido destructor propio del materialismo, de lo pecaminoso y de lo que se opone a Dios. A causa del diabólico poder inmanente en Mamón, el hombre que se rinde a él queda en esclavitud, apartado de la relación de confianza y dependencia de su Creador para ser verdaderamente libre. Hemos criticado al materialismo ateo enseñado por el comunismo, pero Jesús nos dice que todo tipo de materialismo es ateo, porque no podemos servir a Dios y a las riquezas.

    2. Cuenta el Dr, Martin Lloyd-Jones, en una ocasión un campesino inglés creyente tenía una vaca que parió dos terneros, uno blanco y otro marrón. Hablando con su mujer acordaron que como habían sido bendecidos por  Dios, uno de los dos terneros sería para  el Señor. Los criarían juntos y cuando llegase el momento de venderlos, el precio de uno de ellos lo entregarían a la iglesia. Pero la esposa creía que en aquel momento debían decidir cuál de los dos donarían para el Señor. Sin embargo, el marido no estaba de acuerdo porque pensaba que ya lo decidirían cuando estuvieran criados.

      Finalmente se impuso el criterio del marido. Pasaron los meses y los dos terneros seguían creciendo hasta que un día, el hombre todo apesadumbrado, entró en la vivienda familiar y él dijo a su mujer: “Mary, se ha muerto el ternero del Señor”. ¿Cómo, “respondió la mujer”? ¿”No habíamos quedado que esto lo decidiríamos  antes de venderlos”? . “Sí, le dijo su marido, pero yo había pensado que el ternero marrón sería para el Señor y ahora se ha muerto”. Quizás nos haga gracia esta historia  y a lo mejor nos reímos de nosotros mismos, porque algunas veces cuando debemos dar para la obra de Dios decimos que es el ternero del Señor el que se ha muerto. No podemos servir a Dios y a Mamón.

Conclusión
¿ A Quién servimos, pues? ¿Cómo miramos las cosas del mundo?¿Con el ojo sano o con el maligno? No hay nada que ofenda tanto a Dios como tomar su nombre y estar mostrando claramente que servimos a las riquezas en lugar de servirle a él. Pensemos que estas cosas tienden a interponerse entre nosotros y Dios, y nuestra actitud hacia ellas, en último término,  determina nuestra relación con el Señor. Por el hecho de creer en él y llamarle Señor no prueba que reconocemos sus exigencias totalitarias y que nos hemos rendido completamente  a  él.
Por tanto, pruébese cada uno a sí mismo.