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PREDICAR TODO EL EVANGELIO

                             Fácilmente caemos en el error de no predicar todo el Evan-
                             gelio a los inconversos. Les hablamos del pecado, de la
                             obra expiatoria de Cristo, de la justificación por la fe. Pero
                             aquí nos detenemos. ¿Dónde queda lo que viene después?
                             Hablamos poco de lo que viene después de la conversión,
                             como si el Evangelio se detuviera en la conversión. Predi-
     camos lo fácil que es creer, pero no lo difícil que es seguir a Cristo.
     El libro de los Hechos de los apóstoles, hablando acerca de los primeros convertidos,
     dice: Así que, los que recibieron su palabra fueron bautizados; y se añadieron
     aquel día como tres mil personas. (Hch. 2:41). Pero el texto no se detiene aquí, sino
     que sigue diciendo: Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión
     unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones. (Hch. 2:42). Esto es
     lo que todos los convertidos han de hacer tras su conversión, este es el patrón que nos
     enseña la iglesia primitiva. No explicar lo que viene después de la conversión hace que
     muchas personas decidan seguir el Evangelio sin saber realmente lo que están ha-
     ciendo, y luego, sintiéndose engañadas, se aparten y no quieran saber nada de él.
     La conversión no abarca todo el plan redentor de Dios en Cristo. Tampoco es su meta.
     En realidad, la conversión es el punto de partida, el punto en el que empieza una nueva
     vida al haber nacido de nuevo: De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura
     es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas. Y todo esto pro-
     viene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo (2 Co. 5:17-18a).
     Con la justificación, se establece un nuevo marco de relación entre Dios y nosotros, un
     nuevo marco en el que podemos tener comunión con nuestro Salvador, pues ya no
     somos enemigos suyos, sino que hemos sido reconciliados: Justificados, pues, por
     la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo (Ro. 5:1).
     Este nuevo marco de comunión con Dios exige santidad: sin santidad es imposible tener
     comunión con Dios (He. 12:14). Como hijos obedientes, no os conforméis a los de-
     seos que antes teníais estando en vuestra ignorancia; sino, como aquel que os
     llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir;
     porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo. (1 P. 1:14-16).
     Aquí radica la gran dificultad de seguir a Cristo. El nacido de nuevo, aunque vive en
     este mundo, no es de este mundo (Jn. 17:11-16), es como un extranjero o un peregrino
     (1 P. 2:11), por eso tiene lucha contra principados, contra potestades, contra los
     gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad
     en las regiones celestes. (Ef. 6:12). Además está su propia carnalidad, por cuanto
     los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la
     ley de Dios, ni tampoco pueden (Ro. 8:7). No es que sea difícil para el hombre seguir
     a Cristo, es que si dependiera de él sería imposible. Pero Dios no nos deja solos, sino
     que produce en nosotros así el querer como el hacer (Fil. 2:13) por medio del Espí-
     ritu Santo, con el que hemos sido sellados (Ef. 1:13) y a través del cual el Padre y el
     Hijo moran en nosotros (Jn. 14:23). De esta manera, el que comenzó en nosotros la
     buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo (Fil. 1:6). Será entonces
     cuando culmine nuestra redención y se manifestará lo que hemos de ser (1 Jn. 3:2).
                                                Adaptado de La evangelización y la Biblia.
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