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PROCLAMAR LA FE EVANGÉLICA

                                  Los reformadores del siglo XVI, que dieron vigencia al
                                  término “evangélico”, dejaron claro que la fe evangé-
                                  lica  suponía  recuperar  la  antigua  fe,  asentarse  de
                                  nuevo en el evangelio de Jesucristo. Un evangelio que
                                  debe ser predicado, tal y como el Señor mandó: Por
                                  tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones
                                  (Mt. 28:19a). Todo “evangélico” (quien cree en la fe
     evangélica) debería ser un “evangelista” (quien la propaga), porque “evangelismo” sig-
     nifica precisamente difundir el evangelio. Así instó Pablo a Timoteo: Pero tú sé sobrio
     en todo, soporta las aflicciones, haz obra de evangelista, cumple tu ministerio. (2
     Ti. 4:5).
     Sin embargo, evangelizar no es tan fácil en el mundo. Nosotros, en nuestra sociedad
     secular y cosmopolita, tendemos a cometer dos errores: por un lado, por querer ser fie-
     les a las Escrituras, hablamos en un lenguaje que la gente no comprende; por otro lado,
     al querer comunicar el evangelio de modo entendible, nos alejamos de él. Hoy más que
     nunca son vigentes las palabras del apóstol Pablo: Por lo cual, siendo libre de todos,
     me he hecho siervo de todos para ganar a mayor número. Me he hecho a los ju-
     díos como judío, para ganar a los judíos; a los que están sujetos a la ley (aunque
     yo no esté sujeto a la ley) como sujeto a la ley, para ganar a los que están sujetos
     a la ley; a los que están sin ley, como si yo estuviera sin ley (no estando yo sin
     ley de Dios, sino bajo la ley de Cristo), para ganar a los que están sin ley. Me he
     hecho débil a los débiles, para ganar a los débiles; a todos me he hecho de todo,
     para que de todos modos salve a algunos. Y esto hago por causa del evangelio,
     para hacerme copartícipe de él. (1 Co. 9:19-23).
     El Señor demanda de nosotros el estar preparados para argumentar y dar testimonio
     de nuestra fe: estad siempre preparados para presentar defensa con mansedum-
     bre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en
     vosotros (1 P. 3:15b). Pero no solo hemos de testificar de palabra. Fijémonos en el
     ejemplo de Jesús: palabras y obras iban de la mano en su ministerio público, las pri-
     meras proclamando, las segundas demostrando las buenas nuevas del reino de Dios.
     Es a través de las buenas obras que Jesús dijo que nuestra luz brillaría y nuestro Padre
     sería glorificado: Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean
     vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos. (Mt.
     5:16).
     Ahora bien, siempre debemos recordar que la obra es del Espíritu Santo. Él es el Es-
     píritu de verdad, sin cuya luz nadie puede llegar a creer: Él es el que convencerá al
     mundo de pecado, de justicia y de juicio. (Jn. 16:8).



                             J. Stott (adaptado de La Reforma. Lo que necesitas saber y por qué)
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