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El majestuoso salmo 2, que nos muestra la gloria del Hijo de Dios, finaliza con una bien-
     aventuranza: Bienaventurados todos los que en él confían. (Sal. 2:12b). El mismo
     Jesús declararía durante su ministerio las razones de esta bienaventuranza: Bienaven-
     turados vosotros los pobres, porque vuestro es el reino de Dios. Bienaventu-
     rados los que ahora tenéis hambre, porque seréis saciados.  Bienaventurados
     los que ahora lloráis, porque reiréis. (Lc. 6:20-21). Nosotros no formábamos parte
     del reino de Dios, sino que estábamos en tinieblas. Teníamos hanbre, necesidad, de
     restablecer nuestra comunión con Dios, pero nuestro pecado nos hacía llorar una y otra
     vez. Todo esto cambió en Cristo Jesús, quien cuando aún éramos débiles, a su
     tiempo murió por los impíos. (Ro. 5:6). Por eso podemos gloriarnos en Dios por el
     Señor nuestro Jesucristo, por quien hemos recibido ahora la reconciliación.
     (Ro. 5:11). Ante tan gloriosa bienaventuranza, ¿cómo es posible que no perseveremos
     en la oración para tener comunión con quien nos ha rescatado? ¿Dormimos como Jonás,
     a quien un pagano tuvo que decir: ¿Qué tienes,  dormilón? Levántate, y clama a
     tu Dios; quizá él tendrá compasión de nosotros,  y no pereceremos. (Jon. 1:6)?
     Así pues, oremos con fervor:
        Por la situación que se ha desencadenado entre Rusia y Ucrania. Que el
        Señor tenga misericordia de los damnificados y mueva los corazones de los gober-
        nantes hacia la paz. Como dice el libro de los Proverbios: Como los repartimientos
        de las aguas, así está el corazón del rey en la mano de Yahweh; a todo lo
        que quiere lo inclina. (Pr. 21:1).
        Por el fin definitivo de la pandemia. Gracias a Dios los casos han disminuido y
        se han relajado las restricciones, pero el coronavirus sigue siendo una amenaza. En
        China hay millones de personas nuevamente confinadas. La tendencia humana de
        creer que ha vencido al virus, así como su imprudencia y su falta de paciencia pueden
        ser contraproducentes y peligrosas.
        Por las actividades de la iglesia. Damos gracias al Señor porque con la Hora Feliz
        ya se reemprenden todas las actividades que teníamos antes de la pandemia, y ahora
        se añade también la reunión de discipulado relacional. Que el Señor nos siga dando
        oportunidades para proclamar el evangelio de salvación glorificando su nombre.
        Por la Iglesia perseguida. En Myanmar, con la llegada del ejército al poder se re-
        crudece la persecución contra los cristianos. Nigeria registra una tendencia alar-
        mante: cada dos horas un cristiano es asesinado por su fe.




     Finalmente los médicos han decidido no intervenir de la rodilla a nuestro hermano Juan
     Lerma. Debemos orar para que el Señor le dé fuerzas. También a nuestro hermano
     Joan Pujolà, diagnosticado de Alzheimer. Rosa Caballero, hija de nuestros hermanos
     Alberto y Rosario, sigue con su tratamiento.
     No nos olvidemos tampoco del resto de hermanos enfermos, entre ellos Rosa Rodrí-
     guez, Juan Federico, Conchita de la Vega, Paco Montes, Jutta Hajek, Antonio
     Castillo, Joana Puig, Roser Fernández, Maruja Coronado, Tere Borrás, María
     Cuscó, Josefina Medina y Orlando (hijo de nuestra hermana Reina Isabel).
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