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EL REINO DE DIOS

                             El tema del reino de Dios es un motivo central que como un
                             hilo atraviesa el Antiguo y el Nuevo Testamento. El tema
                             pone el acento sobre el reinado de Dios sobre su pueblo.
                             El Mesías que viene es anunciado como el Rey ungido de
                             Dios que ocupará el trono como el Rey de reyes y el Señor
                             de señores: Delante de Yahweh serán quebrantados sus
     adversarios, y sobre ellos tronará desde los cielos; Yahweh juzgará los confines
     de la tierra, dará poder a su Rey, y exaltará el poderío de su Ungido. (1 S. 2:10).
     El Antiguo Testamento apunta al reino como aconteciendo en el futuro. El anuncio de
     Juan el Bautista, al principio del Nuevo Testamento, nos dice: el reino de los cielos se
     ha acercado. (Mt. 3:2b). La situación histórica es descrita con imágenes como el hacha
     está puesta a la raíz de los árboles (Mt. 3:10), o su aventador está en su mano (Mt.
     3:12), lo que indica una gran proximidad. Fue la entrada a la historia del reino de Dios
     lo que el evangelio del Nuevo Testamento estaba anunciando. El mensaje de la llegada
     del Rey señala la urgencia de los tiempos.
     El acento de la propia predicación de Jesús también está puesto sobre el anuncio del
     evangelio del reino. Declara que el reino ha venido con poder y que está en medio de
     su pueblo: Pero si yo por el Espíritu de Dios echo fuera los demonios, ciertamente
     ha llegado a vosotros el reino de Dios. (Mt. 12:28). En su ascensión, Jesús ordenó
     a sus discípulos que fuesen sus testigos en el mundo. Deben testificar el reino de Jesús
     como el Rey de reyes: Y Jesús se acercó y les habló diciendo: Toda potestad me
     es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id, y haced discípulos a todas las na-
     ciones (Mt. 28:18-19a). La posición presente de Jesús como Rey cósmico es invisible.
     El mundo ignora su soberanía o la niega. La tarea de la iglesia es dar testimonio visible
     de este reino invisible.
     Jesús inauguró el reino de Dios. Ya ha ocupado su trono en el cielo. Pero solo tiene un
     remanente leal: Porque preciso es que él reine hasta que haya puesto a todos sus
     enemigos debajo de sus pies. (1 Co. 15:25). Cuando Cristo regrese, consumará ple-
     namente su reinado: Entonces aparecerá la señal del Hijo del Hombre en el cielo;
     y entonces lamentarán todas las tribus de la tierra, y verán al Hijo del Hombre vi-
     niendo sobre las nubes del cielo, con poder y gran gloria. (Mt. 24:30).
     El Nuevo Testamento nos está indicando que el reino de Dios es tanto presente como
     futuro. Existe un “ya”, pero también un “todavía no”, pues seguimos orando como Jesús
     nos enseñó: Venga tu reino. (Mt. 6:10a). Ambos aspectos deben ser entendidos y
     aceptados por los cristianos. Considerar al reino como totalmente realizado o como un
     acontecimiento completamente futuro es violar el mensaje del Nuevo Testamento. Ser-
     vimos a un Rey que ya ha ocupado su trono: Cristo es el que murió; más aun, el que
     también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también inter-
     cede por nosotros. (Ro. 8:34). Sin embargo, aguardamos su regreso triunfal en gloria,
     cuando toda rodilla se doblará ante el Rey de reyes y Señor de señores. Amén; sí,
     ven, Señor Jesús. (Ap. 22:20b).


                                 R.C. Sproul (adaptado de Las grandes doctrinas de la Biblia)
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