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Vanos remordimientos

por Arthur W. Pink

"Y al último de todos, como a un abortivo, me apareció a mi. Porque yo soy el más pequeño de los apóstoles, que no soy digno de ser llamado apóstol, porque perseguí a la iglesia de Dios. Pero por la gracia de Dios soy lo que soy; y su gracia no ha sido en vano para conmigo, antes he trabajado más que todos ellos; pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo". 1 Corintios 15:8-10


Existe en los hombres y las mujeres de nuestros días una inclinación a interesarse en cualquier cosa que parezca atractiva. Vivimos en la era de la publicidad, y la gente está dispuesta a creer todo lo que se le diga. Cree en los anuncios, cree lo que se le dice, lo que hace suponer que si viera en el pueblo, cristiano algo que le diera la impresión de que estos viven gozosos, felices y triunfantes, se arremolinaría en tomo de ellos, ansiosa por descubrir el secreto de vida tan afortunada. Por lo tanto, no es aventurado deducir que lo que cuenta para las grandes masas de afuera es la condición de los de adentro.

Con mucha frecuencia damos la impresión de que estamos desanimados y deprimidos; a decir verdad, algunos hasta dan la impresión de que llegar a ser cristiano significa encarar problemas nunca antes conocidos. Y así, vistas las cosas de manera superficial, el hombre del mundo llega a la conclusión de que hay más gente feliz fuera de la iglesia que dentro de ella.
Tal percepción, por supuesto, es del todo errónea. Pero tenemos que admitir que, en cierta medida, algunos de nosotros debemos declararnos culpables de tal acusación, y que muy a menudo nuestra depresión espiritual y nuestra mediocre condición de cristianos infelices nos hacen pésimos representantes del evangelio de la gracia redentora.

Todo esto se debe, por supuesto, a que nos enfrentamos a un adversario muy poderoso. Lo cierto es que desde el momento de nuestra conversión quedamos sujetos a los asaltos más sutiles y poderosos de alguien a quien la Biblia llama "el que gobierna las tinieblas, según el espíritu que ahora ejerce su poder en los que viven en la desobediencia" (Ef. 2:2), "el dios de este mundo" (2 Co. 4:4), "Satanás" y "el diablo". Conforme vayamos avanzando en nuestro estudio y veamos cómo el diablo es capaz de acercarse a nosotros y atacarnos, y con qué sutileza nos engaña y nos aparta del camino, muchas veces sin que nos demos cuenta de ello, iremos entendiendo por qué tanta gente fracasa.
Por supuesto, él es más peligroso cuanto más sutil viene, sea como "ángel de luz", sea como un supuesto amigo de la iglesia, sea como alguien interesado en el Evangelio y en su difusión. Según las Escrituras, él hace todo esto (2 Co. 11), y en ese punto es de lo más sutil. No sólo es poderoso; también es sutil. Esto se verá más claramente a medida que vayamos viendo las varias formas y manifestaciones de la depresión.

En vista de esto, debemos prepararnos para hacerle frente a él y a sus ataques, y la manera de hacerlo es estudiando las Escrituras. Sólo allí se nos da una idea de sus métodos. "No ignoramos sus artimañas", repite el apóstol Pablo a los corintios (2 Co. 2:11); pero lo trágico es que muchos las desconocen, al grado de no creer en su existencia; y aun quienes las conocen llegan a olvidar que él siempre está al acecho y que puede manifestarse bajo las apariencias más sutiles.
Cuando miramos con objetividad sus acciones contra nosotros, no podemos menos que asombramos de nuestra inefable insensatez. Cuando observamos alguno de estos casos de depresión espiritual, nos preguntamos: "¿Cómo pudo alguien llegar a caer en esto?". Todo parece tan perfectamente claro y obvio, y no obstante todos seguimos cayendo en la misma trampa. Eso se debe a los sutiles métodos del diablo. Nos presenta todo de modo tan atractivo que nos damos cuenta de haber caído cuando ya estamos en el suelo.
Sólo hay una manera de enfrentarnos a todo esto, y es mediante el estudio de sus métodos, y mediante el estudio de las varias enseñanzas de la Escritura con referencia a esta condición de depresión espiritual. Eso es lo que nos esforzamos por lograr en nuestro estudio presente.

Consideremos ahora el caso de gente incapacitada en el presente como resultado de mirar hacia el pasado. Incapacitada esta vez no por haber cometido algún pecado específico sino, más bien, por el hecho de haber pasado tanto tiempo fuera del Reino y de haber entrado en él tan tarde. Ésta es también una causa extremadamente común de depresión espiritual. Esta gente se halla deprimida por el hecho de haber desperdiciado tanto tiempo, tantos años, y por haber tardado tanto para llegar a ser cristianos.
Siempre están lamentando el hecho de haber perdido tantas oportunidades de hacer el bien y de ayudar y servir a otros.
Suelen decir: "Si tan sólo hubiera sabido de todo este servicio cuando era joven, me habría ofrecido voluntariamente a realizarlo; pero apenas ahora me he enterado, y ya es demasiado tarde". ¡Oportunidades perdidas! Otras veces lo expresan en términos de lo que podrían haber logrado, si tan sólo ... Y ésa es su queja: "Si tan sólo .. . ". Pero no creyeron, y al mirar retrospectivamente los años malgastados en el mundo sin haber llegado a entender estas cosas, se llenan de vanos remordimientos por lo que pudieron haber sido, por el grado de gracia que podrían haber alcanzado, y por el punto donde ahora podrían estar.

Miran al pasado de este modo y sienten remordimientos y lo lamentan; miran hacia atrás, a los momentos felices que podrían haber disfrutado, a los años de felices y gozosas experiencias que podrían haber tenido, pero ya es demasiado tarde. Las oportunidades se han ido. ¿Por qué fueron tan necios? ¿Cómo pudieron ser tan ciegos? ¿Por qué fueron tan lentos? Oyeron el Evangelio, leyeron buenos libros, y en algún momento hasta llegaron a sentir algo, pero sin que nada concreto resultara de ello, y dejaron ir la oportunidad. Ahora lo han entendido finalmente, pero siguen obsesionados con la idea de que "si tan sólo...".

Ésta es una condición muy común, que explica el estado de depresión espiritual que sufre muchísima gente. ¿Pero cómo tratarla? ¿Qué podemos decir al respecto? Comenzaré por decir que, aunque está muy bien que tales personas sientan remordimientos por haberse tardado tanto en creer, está muy mal que por esa razón se sientan desdichadas. Nadie puede volver la vista hacia el pasado sin encontrar cosas de qué arrepentirse. Y así debe ser. Pero es allí precisamente donde interviene la sutileza de tal condición, y es allí donde cruzamos la delgada línea divisoria entre el remordimiento legítimo y la errónea condición de infelicidad y abatimiento. La vida cristiana es una vida delicadamente equilibrada.
Ésta es una de sus más asombrosas características; hasta se le ha comparado con alguien que camina sobre el filo de una daga, corriendo el riesgo de caer fácilmente hacia uno u otro lado. Constantemente hay que hacer distinciones sutiles, y he aquí una de ellas; debemos distinguir entre el remordimiento legítimo y la errónea condición de abatimiento y desdicha.

Pero entonces, ¿cómo podemos evitar sentirnos desdichados al respecto? Vamos a pensar en esto, en términos de lo que el apóstol Pablo dice aquí en cuanto a él mismo. Esto siempre me ha parecido un ejemplo perfecto de lo que nuestro Señor nos enseñó en la parábola que se halla registrada en los versículos 1 al 16 del capítulo veinte de Mateo, la cual nos habla de los trabajadores de la viña que fueron contratados a diferentes horas del día, algunos de ellos no antes de las cinco de la tarde. La analizaremos desde la perspectiva de la gente que fue contratada a esa hora tardía, y que fueron los últimos en entrar al Reino.

Antes de abordar el tema específicamente desde la perspectiva bíblica, considerémoslo de manera más general. Hay ciertos principios de sentido común y de sabiduría general que deben aplicarse a esta condición. Parece que hay quienes piensan que está mal que los cristianos usemos el sentido común. Quienes así piensan, por lo visto creen que todo debe hacerse siempre de modo exclusivamente espiritual. Curiosamente, me parece que eso va en contra de las Escrituras.

El cristiano no es, en modo alguno, inferior al incrédulo, sino que siempre es superior; no sólo puede hacer todo lo que hace un incrédulo, sino que excede a éste en sus capacidades. Así es como debe verse al cristiano, como alguien que debe enfrentar las circunstancias aplicando el sentido común, y que al hacerlo así actúa de manera correcta y legítima. Si podemos vencer al diablo a ese nivel, hagámoslo. No importa a qué nivel derrotemos al diablo, con tal de que lo derrotemos. Y sí podemos vencerlo y librarnos de él mediante la aplicación del sentido común y la sabiduría general, hagámoslo. No hay en tal acción nada que no sea perfectamente correcto y legítimo para un cristiano.
Digo todo esto porque frecuentemente me encuentro con gente que tiene escrúpulos en este punto, y en vez de hacer algo completamente obvio desde la perspectiva del sentido común, dedica ese tiempo a orar al respecto.

Me explico. Lo que estoy diciendo es que lo primero que debe decirse a sí mismo cualquiera que se encuentre en esta condición (lo mismo vale para quien tenga que ayudar a otro en la misma condición), es que es una verdadera pérdida de tiempo y de energía el sentirse desdichado hoy por los fracasos del ayer. Esto es obvio. Esto lo dicta el sentido común.
Nadie puede hacer que vuelva el pasado, ni puede hacer nada al respecto. Uno puede sentarse y vivir desdichado, y dejarse comer y carcomer de remordimiento por el resto de sus días, sin que esto cambie lo que antes se hizo. Esto es sentido común, y no hace falta ninguna revelación cristiana especial para demostrarlo. La sabiduría popular nos dice que "palo dado, ni Dios lo quita". Bien, ¡repitámosle esto al diablo! ¿Por qué los cristianos tenemos que ser más tontos que otros? ¿Por qué no podemos aplicar el sentido común y la sabiduría popular a una situación dada?
Sin embargo, eso es lo que mucha gente no hace, y el resultado es que desperdician su tiempo y energía en vanos remordimientos por cosas que ya no pueden cambiar ni deshacer. Actuar así es verdaderamente insensato e irracional, aun desde la norma humana del sentido común. Establezcamos, pues, el siguiente principio: No vamos a preocupamos ni un segundo por nada que no podamos afectar ni cambiar. Eso es dilapidar nuestro energía. Si no podemos cambiar la situación, dejemos de preocuparnos por ella y no le dediquemos más tiempo. Si lo hacemos, el diablo nos ha vencido.
Los remordimientos vagos e inútiles debemos desecharlos como irracionales. Amigos míos, ¡echémoslos fuera! Muy al margen del cristianismo, resulta tonto pensar en ellos, pues perdemos tiempo y energía.

Pero sigamos adelante y démonos cuenta de que alentar el pasado significa simplemente fracasar en el presente. Mientras nos sentemos a llorar por el pasado y a lamentar todo lo que antes no hicimos, nosotros mismos estaremos impidiéndonos trabajar en el presente. ¿Y a eso podemos llamarle cristianismo? ¡Claro que no! El cristianismo es más que sentido común, pero lo incluye. Claro que alguien me dirá: "¡Ah, pero eso puedo oírlo allá afuera, en el mundo!". Y yo contesto: "Pues si puede oírlo, ¡óigalo y actúe en consecuencia!". Nuestro Señor mismo ha dicho que los hijos de este mundo son más astutos en su generación que los hijos de la luz. Nuestro Señor alabó al mayordomo injusto, y yo simplemente hago lo mismo.
El mundo, desde su perspectiva de sabiduría popular, tiene toda la razón en este caso. Siempre es un error hipotecar el presente por el pasado; siempre es un error dejar que el pasado actúe sobre el presente como un freno. ¡Dejemos que los muertos entierren a sus muertos! En el tribunal de los cánones comunes del pensamiento, nada es más reprensible que permitir que lo que pertenece al pasado nos haga fracasar en el presente. Y eso es lo que provoca esta mórbida preocupación por el pasado. La gente a que me estoy refiriendo está fracasando en el presente.
En vez de vivir en el presente y seguir adelante con su vida cristiana, se sientan a lamentar el pasado. Tan afligidos están en cuanto a su pasado que no hacen nada en el presente. ¡Qué error más garrafal!

Mi tercer argumento, desde la perspectiva del sentido común y la sabiduría popular, es el siguiente: que si realmente creemos lo que decimos acerca del pasado, y que si realmente lamentamos el haber perdido tanto tiempo en el pasado, lo que debemos hacer es recuperarlo en el presente. ¿Acaso esto no es sentido común? Cierto hombre viene a verme, y totalmente abatido me dice: "¡Cuánto tiempo he desperdiciado! Si tan sólo...". He aquí mi respuesta inmediata: "¿Y está usted tratando de recuperar ese tiempo perdido? ¿Para qué desperdicia usted tanta energía hablándome del pasado, si no puede cambiarlo? ¿Por qué no invierte esa energía en el presente?". Y le hablo con vehemencia porque esta condición hay que tratarla con firmeza. Lo último que hay que hacer con gente así es mostrarles compasión. Y si alguno de mis lectores sufre de esta condición, le sugiero examinarse desde la simple perspectiva del sentido común: su conducta es insensata e irracional, está malgastando su tiempo y su energía, y en realidad no cree en lo que dice. Y si lamenta usted haber desperdiciado su pasado, recupérelo ya y dediqúese a vivir el presente en plenitud.

Así lo hizo Pablo, quien nos dice: "Y por último, como a uno nacido fuera de tiempo, se me apareció también a mí". Lo que en efecto está diciendo es: "He desperdiciado mucho tiempo; otros se me han adelantado", pero tiene la capacidad de seguir adelante y de agregar: "He trabajado con más tesón que todos ellos, aunque no yo sino la gracia de Dios que está conmigo" (1 Co. 15:10).

Pues bien, he aquí el argumento; he aquí la manera de tratar este problema desde la perspectiva del sentido común y de la sabiduría popular común y corriente. Esto ya es bastante, y debiera ser suficiente; no obstante, sigamos adelante. Yo afirmo que el cristiano nunca es menos que el incrédulo, sino que siempre es más. Debiera tener todo el sentido común y toda la sabiduría del incrédulo, pero también algo más. Y aquí llegamos a la afirmación del gran apóstol y a la enseñanza de nuestro Señor en la parábola de la viña, en el capítulo 20 de Mateo.

Veamos lo que el apóstol tiene que decir. Ya hemos visto lo que dijo en cuanto al gran pecado de su vida, y lo mismo encontraremos en este problema. El apóstol hace aquí un recuento de las apariciones del Señor resucitado. Su preocupación inmediata tiene que ver con esta gran doctrina, pero dice lo siguiente: "... por último,... se me apareció también a mí". Indudablemente, al apóstol le pesaba el hecho de haber llegado tan tarde a la vida cristiana.
Pero aclaremos lo que quiere decir con la frase "por último": con esto quiere decir que él fue el último de los apóstoles en ver al Señor resucitado. Todos ellos lo habían visto juntos en diferentes momentos. En aquel tiempo Pablo no estaba con ellos, pues era entonces un blasfemo y un perseguidor de la iglesia. De modo que "por último" quiere decir "después de todos los demás apóstoles". Pero Pablo no sólo fue el último de los apóstoles, sino que literalmente fue el último que vio al Señor resucitado. Desde que el apóstol Pablo vio al Señor resucitado en el camino a Damasco, nadie más ha vuelto a verlo con sus propios ojos. El Señor "se apareció a más de quinientos hermanos a la vez" (1 Co. 15:6). Ni siquiera sabemos cómo se llamaban, pero él se reveló a ellos y a los otros varios testigos mencionados en este pasaje. Sin embargo, el último en verlo fue Saulo de Tarso. Lo que sucedió en el camino de Damasco no fue una visión que Pablo haya tenido. Desde entonces muchos han tenido visiones.

Lo que sucedió fue que Pablo vio, literalmente, al Señor de la Gloria. Y esto es lo que él dice aquí: "por último,... se me apareció también a mí". El hecho de ser un testigo de la resurrección fue lo que hizo de él un apóstol. Pero lo que Pablo enfatiza es que precisamente él fue el último de todos. No contento con esto, añade: "... por último, como a uno nacido fuera de tiempo, se me apareció también a mí". Hubo en su nacimiento espiritual algo extemporáneo, algo fuera de lo natural. Pablo no fue como los otros, los cuales habían escuchado las enseñanzas del Señor y habían pasado con él mucho tiempo; después de la Resurrección habían estado con él cuarenta días, y habían presenciado la Ascensión. Habían estado con él desde el principio hasta el fin. Pablo, por el contrario, había tenido un nacimiento espiritual de carácter extemporáneo y antinatural; había llegado, "por último", de manera extraña e inusitada.

Esto es lo que él dice de sí mismo. Por supuesto, al pensar en ello no podía menos que lamentarlo, pues podría haber estado con Jesús desde el principio; podría haber tenido todas las facilidades y oportunidades, . . . pero había aborrecido el Evangelio. "Verdaderamente pensaba dentro de sí que debería hacer muchas cosas en contra del Nombre de Jesús...". Pablo consideraba a Jesús un blasfemo; trató de exterminar a sus seguidores y a la Iglesia. Mientras él estaba afuera, todos los demás estaban adentro.
Pero "por último", y de la manera más extraña, entró. ¡Qué fácil le hubiera sido pasarse el resto de su vida en vanos remordimientos acerca del pasado! Él mismo nos dice aquí: "... por último,... se me apareció también a mí... que soy el más insignificante de los apóstoles... porque perseguí a la iglesia". Todo era muy cierto, y él lo lamentaba amargamente; pero eso no lo paralizó, ni lo hizo pasarse el resto de su vida sentado en un rincón y repitiendo: "Fui el último en entrar. ¿Por qué lo hice? ¿Cómo pude haberlo rechazado?". Eso es lo que hace la gente que sufre de depresión espiritual. Pero Pablo no lo hizo. Lo que lo conmovió fue la irresistible gracia que finalmente lo hizo entrar.
Así fue como Pablo ingresó a la nueva vida con un celo tremendo, y aunque había sido el "último" de todos, en cierto sentido llegó a ser el primero.

¿Qué es, entonces, lo que hemos aprendido? Tomemos la enseñanza del apóstol y observémosla a la luz de la parábola en el capítulo 20 de Mateo, pues ambas dicen lo mismo. Si somos cristianos, lo que importa, antes que nada, no es lo que hayamos sido sino lo que ahora somos. ¿Ridículo? A todas luces resulta obvio que no importa lo que hayamos sido sino lo que ahora somos.
Claro, resulta obvio si lo expreso de esta manera, pero qué difícil resulta a veces verlo así cuando el diablo nos ataca. El apóstol dijo "ni siquiera merezco ser llamado apóstol, porque perseguí a la iglesia de Dios", aunque más adelante añadió: "Por la gracia de Dios soy lo que soy". ¿Qué importa lo que yo haya sido? Mejor pongamos el énfasis en "Soy lo que soy", y dejemos de pensar en lo que fuimos. La esencia de la postura cristiana consiste en que tengamos presente lo que somos. Es verdad que el pasado queda allí, con todos sus pecados, pero repitámonos lo siguiente:

"Sano, salvo, limpio, perdonado
¿Quién podrá alabarlo como yo?"

No importa cuál haya sido mi pasado, "yo soy lo que soy". Y lo que importa es lo que soy. ¿Y qué soy yo? Una persona que ha sido perdonada y reconciliada con Dios por medio de la sangre que su Hijo derramó en la cruz. Soy un hijo de Dios, he sido adoptado en la familia de Dios, soy coheredero con Cristo, y voy camino a la gloria. Lo que importa no es lo que fui, ni lo que haya sido.
Por lo tanto, si el enemigo me ataca con estas argucias, haré lo mismo que el apóstol; me volveré a él y le diré: "Todo lo que dices es verdad; yo fui todo lo que dices. Pero ya no me interesa lo que fui sino lo que soy, y soy lo que soy por la gracia de Dios".

Y llegamos a una segunda deducción, tan sencilla y evidente como la primera. Lo importante no es el momento de nuestra entrada al Reino sino el hecho de que ya estamos en el Reino. Eso es lo verdaderamente importante. ¿Qué caso tiene llorar por no haber entrado antes, y dejar que esta idea nos prive de lo que ya podríamos estar disfrutando? Es como quien va a una exposición muy novedosa y, al llegar, descubre que hay una larga fila para entrar. Ha llegado bastante tarde a la exposición, de modo que tiene que esperar largo tiempo y es casi el último en entrar. ¿Qué pensaríamos de tal hombre si, después de haber franqueado la entrada, simplemente se detuviera allí y dijera: "¡Qué vergüenza que no fui el primero en entrar! ¡Qué lástima que no llegué más temprano!". Seguramente nos reiríamos al escucharlo, y con mucha razón; pero notemos que tal vez nos estaríamos riendo de nosotros mismos, ya que es eso precisamente lo que estamos haciendo al nivel espiritual. "¿Cómo pude dejarlo para más tarde?".
Amigos míos, ¡empecemos a solazarnos con los cuadros, contemplemos las esculturas, disfrutemos de los tesoros! ¿Qué importa la hora de entrada? ¡Ya estamos adentro, y la exposición está allí, ante nuestros ojos! Lo importante no es la hora a la que entramos. Leamos otra vez el capítulo 20 de Mateo: eran las cinco de la tarde y aquellos hombres habían sido los últimos en entrar a trabajar en la viña, pero entraron. Eso era lo importante. Se les había llamado, se les había contratado, y se les había dejado entrar. Y eso es lo que cuenta: no cuándo entramos, ni cómo entramos, sino el hecho de estar adentro.

Podría seguir recalcando esto, pues a veces me veo obligado a repetirlo una y otra vez. Lo importante no es el modo o manera de nuestra conversión; lo importante es el hecho de que somos salvos. Pero hay gente que se sienta a cavilar cómo, cuándo y de qué manera llegaron a ser cristianos. Eso no importa en absoluto; lo que sí importa es que ya estamos adentro. Y si estamos adentro, alegrémonos de ello y olvidémonos de que alguna vez estuvimos afuera.

Pero debemos llevar esto aún más lejos. Me permito sugerir que esta manifestación específica de depresión espiritual se debe al hecho de que hay personas preocupadas todavía por ellas mismas, y esto, de manera mórbida y pecaminosa. Acabo de decir que debemos ser brutales con esta condición. Y tengo que añadir que el verdadero problema con gente así es todavía su "ego". ¿Qué es lo que hacen? En sentido metafórico, se azotan y se hieren a sí mismas por haber llegado tan tarde y después de tanto tiempo, y siguen juzgándose y condenándose a sí mismas, en vez de dejarle ese juicio a Dios.
Se muestran humildes y llenas de contrición, pero tal modestia es una burla, pues sólo están preocupadas por ellas mismas. Escuchemos lo que al respecto nos dice Pablo en 1 Corintios 4:1-4: "Que todos nos consideren servidores de Cristo, encargados de administrar los misterios de Dios. Ahora bien, a los que reciben un encargo se les exige que demuestren ser dignos de confianza. Por mi parte, muy poco me preocupa que me juzguen ustedes o cualquier tribunal humano; es más (y esto es una de las más grandes cosas que Pablo dijera alguna vez) ni siquiera me juzgo a mí mismo.
Porque aunque la conciencia no me remuerde, no por eso quedo absuelto; el que me juzga es el Señor". Como cristianos, debemos reconocer que Dios es el Juez y dejar que sea él quien juzgue. Nosotros no tenemos derecho a desperdiciar su tiempo, ni nuestro tiempo y energías, conde¬nándonos a nosotros mismos. Olvidémonos de nosotros, pongámonos a trabajar, y dejémosle el juicio a él. Todo este problema se debe a la mórbida preocupación del ego por juzgarse a sí mismo. No sólo eso, sino que revela nuestra propensión a seguir pensando en términos de lo que podemos hacer. Esta clase de gente viene a vernos con aparente modestia, y dice: "Si tan sólo hubiera yo venido antes, imagínense todo lo que podría haber hecho". Esto, por una parte, parece del todo correcto, pero es por otra parte del todo erróneo y totalmente falso. Nuestro Señor pronunció la parábola acerca de los trabajadores de la viña precisamente para echar por tierra este argumento.

Para concluir, me voy a permitir expresar lo anterior en forma positiva. Ya he dicho que parte del problema con personas así es que siguen mórbidamente preocupadas por ellas mismas; que, como cristianas, no han aprendido que deben negarse a sí mismas, tomar la cruz, y seguir a Cristo, poniendo en Sus manos su pasado, su presente y su futuro. ¡Sí, claro! Pero ¿por qué siguen mórbidamente preocupadas por sí mismas? La respuesta es que no están suficientemente ocupadas con él.
El problema real y craso error de nuestra parte consiste en no conocerlo a él ni Sus caminos como debiéramos conocerlos. Si tan sólo dedicáramos más de nuestro tiempo a contemplarlo, pronto nos olvidaríamos de nosotros mismos. Ya he dicho antes que, una vez en la exposición, no debemos quedamos en la puerta lamentando el hecho de haber llegado tarde, sino más bien dedicarnos a admirar los tesoros. Voy a permitirme pasar este ejemplo al campo espiritual. Nosotros ya hemos entrado en la vida espiritual, así que dejemos de fijarnos en nosotros y comencemos a disfrutar de él. ¿Cuál es la diferencia entre un cristiano y alguien que no lo es? En la segunda Epístola a los Corintios, capítulo 3, Pablo nos dice que es la siguiente: el que no es cristiano mira a Cristo y a Dios con un velo sobre sus ojos; por lo tanto, no puede ver. En cuanto a lo que es un cristiano, nos da la siguiente descripción (v, 18):.. todos nosotros,... con el rostro descubierto (el velo ha sido quitado) reflejamos como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados a su semejanza con más gloria". Éste es el cristiano: su tiempo lo dedica a mirar a Cristo, a contemplarlo.

Tan extasiado está de verlo que se olvida de sí mismo. Si nosotros mostráramos más interés en Cristo, menos interesados estaríamos en nosotros mismos. Empecemos, pues, a mirarlo, a contemplarlo cara a cara, sin ningún velo. Aprendamos entonces que, en su Reino, lo que importa no es la antigüedad de servicio sino la actitud que se tenga hacia él, y el deseo de complacerlo. Volvamos nuevamente a la parábola. El Señor no toma en cuenta el servicio como lo hace otra gente.
Lo que a él le interesa es el corazón. A nosotros nos interesa el tiempo, y todo lo cronometramos; contamos el tiempo que hemos empleado, y el trabajo que hemos hecho; lo mismo que en la parábola, decimos, como los primeros que llegaron, que todo lo hemos hecho nosotros, y nos jactamos del tiempo que hemos dedicado a la obra. Y si no nos contamos entre los que llegaron primero, nos preocupamos por no haber hecho esto o aquello, y porque perdimos todo ese tiempo. Pero a nuestro Señor no le interesa nuestro trabajo de este modo. Lo que a él le interesa es la moneda de la viuda: no la cantidad de dinero sino nuestro corazón. Y tenemos el mismo caso en la parábola del capítulo 20 de Mateo. Por la misma razón, el Señor decidió dar a la gente que había trabajado en la viña sólo una hora, la misma cantidad que dio a los que habían trabajado todo el día. Y el caso de Pablo es el mismo: "... por último,... se me apareció también a mí". Gracias a Dios, eso no cambia nada, porque su gracia se anticipa: "por la gracia de Dios §oy lo que soy". Al Señor no le interesa el tiempo sino la relación.

Esto nos lleva al último principio. En el Reino de Dios, lo que importa es su gracia. En esto puede resumirse toda la parábola. Dios ve las cosas de manera diferente, y no a la manera del hombre; Dios no lleva una contabilidad como la nuestra; de principio a fin, todo es gracia. Los últimos trabajadores recibieron exactamente la misma paga que los primeros, y con ello el Señor imprime en nosotros su verdad: "Así que los últimos serán primeros, y los primeros, últimos" (Mt. 20:16). Debemos abandonar nuestra manera de pensar tan material, tan humana, tan carnal.

En el Reino de Dios y de Cristo todo se ve desde la perspectiva de la gracia, y sólo de la gracia. Todos los otros reglamentos quedan sujetos a este parámetro. Lo que cuenta es su gracia: "por la gracia de Dios soy lo que soy". Dejemos, pues, de pensar en lo que no hemos hecho y en los años que hemos perdido, y tengamos presente que en su reino es su gracia lo que importa. Los últimos en llegar pueden un día encontrarse con que, para su propio asombro, son los primeros; y, como ios que estaban a la derecha del Señor en la parábola al final de Mateo 25, preguntarán: "¿Cuándo hicimos esto? ¿Cuándo hicimos aquello?". Pero el Señor lo sabe y lo ve, y su gracia es suficiente.

Quiero terminar con una exhortación del Antiguo Testamento: "Por la mañana siembra tu semilla, y a la tarde no dejes reposar tu mano; porque no sabes cuál es lo mejor, si esto o aquello, o si lo uno y lo otro es igualmente bueno" (Ec. 11:6). Me pregunto si acaso alguno de mis lectores ha pasado su vida fuera de Cristo, en el pecado y en el mundo; me pregunto si acaso ha entrado en el Reino a una edad avanzada, y ha sido tentado a la manera que he estado describiendo.
Si es así, quiero decirle lo siguiente: "En la tarde de su vida, en el crepúsculo de su existencia, no se dé reposo en este maravilloso Reino de la gracia. Éste es un reino sobrenatural, y en el Día del Juicio puede usted encontrarse con que su recompensa es mayor que la de quienes fueron salvados en su juventud". ¡Qué Evangelio tan glorioso! En nuestros días se habla mucho de juventud, ¡juventud! Pero en el reino de Dios la cuestión de la edad no tiene mayor importancia, y el énfasis que en ella ponemos no cuenta con base bíblica. "Por la mañana siembra tu semilla", sí, pero con la misma fuerza yo diría: "y a la tarde no dejes reposar tu mano".


Después de esto, querido lector, recuerda las palabras que tal vez sean las más reconfortantes y maravillosas que hallamos en las Escrituras. Fueron comunicadas al profeta Joel cuando recibió esa gran visión y entendimiento de la venida del Cristo que habría de venir. Esto fue lo que se le ordenó proclamar: "Y os restituieré los años que comió la oruga" (Jl. 2:25). Dios ha prometido hacerlo, y Dios puede cumplirlo. De esos años perdidos, de esos años estériles, de esos años que se devoraron las langostas hasta aparentemente no dejar nada, Dios dice: "Y os restituieré los años que comió la oruga". Si pensamos en ellos en términos de lo que podríamos hacer con nuestra fuerza y poder, entonces el tiempo forma parte esencial del contrato. Pero estamos en un campo donde el tiempo no cuenta.

El Señor viene y puede damos, en un año, una cosecha equivalente a una de diez. "Y os restituieré los años que comió la oruga".

Tal es el carácter de nuestro Señor, de nuestro Salvador, de nuestro Dios. Por lo tanto, quiero decir a la luz de esto: Jamás volvamos la mirada; jamás desperdiciemos nuestro tiempo presente; jamás desperdiciemos nuestra energía.

Olvidemos el pasado y regocijémonos en el hecho de ser lo que por la gracia de Dios somos; regocijémonos de que, en la alquimia divina de su maravillosa gracia, podemos todavía tener la más grande sorpresa de nuestra vida y experiencia; podemos encontrarnos con que, aun en nuestro caso, resultará que los últimos serán los primeros.

Alabemos a Dios por ser lo que somos, y por el hecho de estar en el Reino.