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La carne y el espíritu (II) - Ga. 5:16-26

por Pedro Puigvert
Sermones sobre la Libertad cristiana

Una vez examinadas las obras de la carne, ahora tenemos que analizar lo que corresponde al verdadero andar en el Espíritu, porque si vivimos en el Espíritu, andaremos también por el Espíritu, lo que significa que ya no practicamos las obras de la carne, porque en caso contrario sería una manifestación clara de que no heredaremos el reino de Dios, es decir, que no somos verdaderos creyentes. Puede que el contraste entre las obras de la carne y el fruto del Espíritu sea lo importante (hay un "mas" conjunción adversativa-v.22), pero no porque las imágenes del fruto o de la cosecha sean inapropiadas para describir el mal. Más adelante, en 6:8, la tarea de sembrar y segar se aplica por igual a la carne que al Espíritu.

También encontramos precedentes en la enseñanza de Jesús cuando menciona el principio de que "por sus frutos los conoceréis" (Mt. 7:16-20, Lc. 6:43-45). De la misma manera que la lista de las obras de la carne no es exhaustiva, la relación del fruto (en singular) del Espíritu tampoco lo es. Pablo enumera nueve virtudes que componen un solo fruto, como un racimo de uva con nueve granos, el cual es el estilo de vida en quienes habita el Espíritu. Se espera, pues, de todo cristiano que manifieste el fruto al completo, no alguna de sus partes.

  1. El fruto del Espíritu (vv. 22-23)
    De acuerdo con las características de cada aspecto del fruto del Espíritu las agruparemos en tres tríadas, ya que tres tienen que ver con Dios, tres con el prójimo y tres con nosotros mismos:

    1. El fruto del Espíritu en relación con Dios.
      El primer aspecto es el amor, porque según 1 Co. 13:13, tiene la preeminencia. En griego es la palabra ágape, un término que nos es muy familiar al expresar  el amor benevolente, el tipo de amor que pertenece a la misma naturaleza moral de Dios. Como expresión de la genuina vida cristiana se trata del amor que el creyente tiene a Dios y que concreta y hace realidad en el prójimo. Pablo ya se ha referido al amor como expresión de la fe en el v. 6 y de que el amor al prójimo en acción es el cumplimiento de toda la ley (vv. 13-14). En Ro. 5:5 se explaya en el amor  como fruto del Espíritu: "el amor de Dios ha sido derramado en el corazón del creyente por el Espíritu".

      Se trata del amor de Dios manifestado en Cristo (Ro. (8:25, 38) que inunda sus vidas y brota como una respuesta de amor hacia Dios, hacia Cristo, de unos a otros, y se desborda por toda la humanidad. ¿No somos acaso los cristianos los que hemos inspirado las obras de amor, hacer el bien al prójimo en toda la humanidad? (Cf.6:10) (Hospitales, leproserías, educación, ayuda a los pobres, los marginados, atención a los presos, los discapacitados, abolición de la esclavitud, defensa de los derechos humanos, ayuda a los drogadictos etc. Instituciones como la Cruz Roja o la Asociación de familiares de enfermos de Alzheimer y muchas otras fueron fundadas por cristianos evangélicos). La celebración paulina del amor de Dios es 1 Co. 13, cuya descripción del amor podría ser un retrato en miniatura del carácter de Jesús. Según Barclay, "el amor cristiano brota cuando Cristo se encarna de nuevo en un hombre o mujer que se ha entregado por completo a él". El amor no se hace de buenos discursos, sino de actos.

      El segundo aspecto es el gozo, el cual se menciona junto el amor en Ro. 5:2,11 entre las bendiciones que crecen en los creyentes. Se trata del gozo en Dios. Esta alegría incluye "regocijarse en la esperanza de la gloria de Dios" (Ro. 5:2). No se menciona la esperanza como otro aspecto del fruto del Espíritu, pero es un elemento importante del gozo cristiano. La esperanza capacita al creyente para poder alegrarse en medio del sufrimiento. Pablo ora para que "el Dios de esperanza" llene a los cristianos de Roma "de todo gozo y paz en el creer" (Ro. 15:13).

      El tercer aspecto es la paz con Dios, que es el fruto de la justificación por la fe. Pablo usa el término Eirene, el cual incluye los rasgos de bienestar y plenitud que son inherentes al shalom hebreo. Los que están en paz con Dios, reciben la paz de Dios. En los textos sapienciales del AT, sembrar discordia entre hermanos es odioso y abominable a Dios (Pr. 6:19). Por tanto, la paz es una de las señales de los hijos de Dios, y no sólo la paz con Dios, sino la paz entre los seres humanos: en casa (1 Co. 7:15), en la iglesia (1 Co. 14:33, Ef. 4:3), en el mundo (Ro. 12:18, entre judíos y gentiles (Ef. 2:14-18). Jesús en el cuarto evangelio da a sus discípulos su paz (Jn. 14:27), les pide que permanezcan en su amor (Jn. 15:9) y desea que conozcan su gozo (Jn. 15:11). La misma tríada que en Gálatas.

    2. El fruto del Espíritu con relación al prójimo.
      El primer aspecto es la paciencia. Se trata de una virtud positiva. La paciencia es una cualidad de Dios que en el AT se traduce por "lento para la ira" de una palabra hebrea que literalmente es "de grandes narices" (por donde se da salida al enfado) y de ahí viene el dicho "se me están hinchando las narices". Hombres y mujeres han de reproducir esta misma cualidad, puede que incluida en la imagen de Dios, de modo que "el buen juicio hace al hombre paciente" (Pr. 19:11). El término griego traducido por paciencia, se puede traducir también por longanimidad, es decir de ánimo largo. La paciencia del cristiano respecto a las personas, que es el sentido del término aquí, debe ir pareja con una paciencia igual respecto a las cosas que es otro término en el griego. Jesús es el gran ejemplo de paciencia (He. 12:1-3).

      El segundo aspecto es la benignidad, que también es una cualidad divina. La Biblia afirma en muchos pasajes que Dios es bueno. En relación con el cristiano se trata de la disposición de obrar bien en favor de los demás. Es la bondad de corazón y se manifiesta en particular con los necesitados. ¿Cuál es la diferencia entre la benignidad y el tercer aspecto, la bondad! La respuesta es que éste es el obrar bien en favor de los demás, mientras que el anterior era la disposición. La diferencia es la que va del deseo de obrar  el bien a la acción de obrar el bien. En este contexto, bondad tiene el sentido de generosidad como antítesis de la envidia del v. 21.
       
    3. El fruto del Espíritu con relación a uno mismo.
      En primer término tenemos la fe, que aquí no es el acto de creer, sino a la actitud del creyente, es decir, la fidelidad o cualidad de ser digno de crédito, integridad y lealtad. Aunque la palabra sea la misma que Pablo usa para la fe que justifica, debemos entenderla de acuerdo al contexto en que se halla y como está juntamente con ocho términos que denotan cualidades éticas, hemos de entender que también es una cualidad ética, la fidelidad. Porque Dios es fiel y se puede confiar en él, su pueblo también ha de ser fiel, y el Espíritu les capacita para ello. Este aspecto del fruto del Espíritu se ilustra en la enseñanza de Jesús en las parábolas de los talentos y las minas: Ser fiel en lo poco.

      El segundo aspecto es la mansedumbre, una cualidad que ya hallamos en Moisés (Nm. 12:3) dando a entender que ante las críticas inmerecidas no daba rienda suelta a su ira. Jesús era manso y humilde de corazón y de ahí que el término pueda traducirse por humildad. Esta cualidad está muy relacionada con la paciencia, sólo que va dirigida a los demás y la mansedumbre al carácter propio, el cual tiene rasgos comunes con el tercer aspecto, el autocontrol o templanza. Ésta denota más bien el control de la pasión sexual, no de la ira.

Conclusión. La ley prescribe ciertas formas de conducta y prohíbe otras, pero el fruto del Espíritu no puede imponerse por ley, surge de la nueva naturaleza en Cristo.