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a) porque solo una víctima totalmente inocente podía ser aceptada a favor de los cul-
      pables,
      b) porque solo aquel que era el amado del Padre en quien tenía su complacencia,
      podía sin mengua de su santidad (Lucas 1:35) ser hecho maldición (Gálatas 3:13) en
      lugar nuestro y a nuestro favor.
     Así, pues, la expiación del pecado, demandaba el derramamiento de la sangre de
     Jesús, pues sin derramamiento de sangre no hay perdón (Hebreos 9:22), que es el pre-
     cio de  la redención; pero siendo él inocente, se requería que lo hiciese voluntariamente
     (Juan. 10:17-18) que a la vez fue un acto de obediencia al mandato del Padre (Romanos
     5:19, Hebreos 10:7). Por último para que el hombre expiara por el hombre no había
     otro camino que la sustitución del culpable por un inocente que pudiera y quisiera ha-
     cerse responsable de aquel, como un antitipo de las víctimas sacrificadas en el AT (He-
     breos 9:6-12). Por tanto, la muerte de Cristo, en cuanto sacrificio por el pecado, no fue
     ejemplar ni representativa, sino sustitutiva y redentora.
     Jesucristo el perfecto redentor
     El que nos ha sido hecho por Dios, sabiduría, justificación, santificación y redención no
     es otro que el Señor Jesucristo, especialmente en el último de los adjetivos menciona-
     dos, la redención que nos habla del precio de nuestro rescate, no solo en el presente,
     sino también en el futuro porque está colocado en el último lugar de la frase incluyendo
     la redención final. La persona del redentor trae a nuestro pensamiento al Go’el que se-
     ñala al pariente más cercano para efectuar el rescate o para vengar la sangre de un
     pariente y que encontramos en el libro de Rut. Este aspecto de la redención (verbo
     ga’al) que significa rescatar para devolver a su legítimo dueño algunos de sus bienes,
     cosas o personas, es el que obligó al Hijo de Dios a bajar a este mundo y hacerse hom-
     bre para ser un perfecto pariente nuestro, pues cumple totalmente las cuatro condicio-
     nes que ponía la ley:
      a) Ser pariente (Hebreos 2:11-14);
      b) Estar libre de la desgracia que le había sobrevenido al pariente que debía redimir
      (Hebreos 4:15);
      c) Estar deseoso de redimir al pariente (Hebreos 10:5-7) como vemos que hizo Booz,
      en lugar de otro pariente más cercano que no quiso casarse con Rut;
      d) capacitado para pagar el precio (Hechos 20:28).
     El redentor es además el mediador entre Dios y los hombres (1 Timoteo 2:5-6) el cual
     actuó como sacerdote y víctima a la vez para rescatarnos.
     Conclusión
     Si Cristo no hubiera obrado nuestra redención, todavía estaríamos en nuestros peca-
     dos, seríamos esclavos del pecado porque nadie nos podría liberar de la condenación,
     pues solo él podía realizar la obra de la cruz, en tanto que Dios y Hombre verdadero.
     Como segunda persona de la Trinidad fue el enviado del Padre para rescatarnos y dar-
     nos la vida eterna. A él sea la gloria. Ahora, querido lector viene tu parte. Debes reco-
     nocer que eres pecador y que estás perdido sin Cristo. Por tanto, para obtener la
     redención, tienes que arrepentirte de tus pecados y ejercer la fe que es un don de Dios
     para recibir de pura gracia  la salvación que Dios te ofrece en Cristo.
                                                              Pedro Puigvert
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