Page 2 - verdad
P. 2

Hijo; el Hijo es la única persona divina que recibe sobre sí
     mismo, es decir, asume una naturaleza humana, con la cual
     vive y muere en este mundo; el Espíritu Santo aplica la obra
     realizada en el mundo por el Hijo. Dios, uno y trino, decreta
     y provee dicha redención. Conviene, pues, que tengamos
     una idea clara de la obra redentora de Dios y el papel que
     realiza cada persona divina, sin confusión ni mezcla, por-
     que de ella derivan consecuencias prácticas, como por ejemplo el modo en que oramos
     y como atribuimos nuestra redención a la divinidad. En esta obra de redención, Dios
     obra de acuerdo con las demandas de su amor para salvar al pecador, pero también
     obra según su santidad para condenar el pecado. De esta manera se muestra justo y
     justificador con el que pone su fe en Jesús (Romanos 3:26). Al mismo tiempo, la con-
     denación del pecado exige, de parte de la justicia de Dios, para que su amor pueda re-
     dimir al pecador, expiar la culpa y satisfacer la pena que esta conlleva. Esto comporta
     la maldición del transgresor y el castigo que debe soportar (Isaías 53:5-6, Gálatas 3:13).
     La sanción del pecado con la imposición de la pena correspondiente es necesaria para
     que la justicia de Dios sea aplacada y la verdad de Dios mantenida, junto con su mise-
     ricordia (Salmo 85:10, Daniel 9:7-9).
     El Redentor debe ser verdadero hombre y verdadero Dios
     El motivo principal es que la justicia de Dios exige que la misma naturaleza humana
     que pecó pague por el pecado, pero como el hombre es pecador no puede pagar  por
     otros, salvo que alguien sin pecado pueda ser el redentor. Pero además de esto, hacía
     falta que también fuera Dios para que con el poder de la divinidad pueda llevar en su
     humanidad la carga de la ira de Dios,  reparar y restituir en nosotros la justicia y la vida
     (Isaías 53:5, 11). Nadie, pues, excepto una persona divina y humana a la vez, podía
     dar satisfacción perfecta a dichas demandas. Tenía que ser Dios para poder efectuar
     un pago perfecto; tenía que ser hombre para hacerse solidario del pecado de la huma-
     nidad: Por tanto, ya que ellos son de carne y hueso, él también compartió esta natura-
     leza humana para anular, mediante la muerte, al que tiene el dominio de la muerte, -es
     decir, al diablo- y librar a todos los que por temor a la muerte estaban sometidos a es-
     clavitud durante toda la vida (Hebreos 2:14-15). Observemos que en Hebreos, cuando
     se refiere al Hijo, se dice que fue engendrado por el Padre (1:5), frase que ha originado
     la doctrina de la generación  eterna del Hijo, en la que este participa de la eternidad del
     Padre, pero que no significa que fue un acto terminado en un pasado muy distante,
     sino que es un acto que no pertenece al tiempo, sino a un eterno presente y por eso
     dice “hoy” que es continuo y a la vez completo. Su eternidad se deduce, no solamente
     de la eternidad de Dios, sino también de la divina inmutabilidad y de la verdadera divi-
     nidad del Hijo, a lo que hay que añadir los pasajes bíblicos que enseñan la preexistencia
     del Hijo o su igualdad de naturaleza con el Padre. Sin embargo, cuando se refiere a la
     encarnación del Hijo, ya no dice engendrado, sino hecho con una clara mención de su
     humanidad. Por tanto, en Hebreos1:5, tenemos la enseñanza sobre divinidad de Cristo
     y en Hebreos 2:14, la doctrina de la humanidad de Cristo. Cuando decimos que el re-
     dentor tenía que ser hombre para hacerse solidario con el pecado de la humanidad nos
     referimos a la solidaridad de la responsabilidad, no de la culpabilidad, y eso por dos ra-
     zones:
   1   2   3   4