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¡Si alguno tiene sed, que venga a mí y beba! De aquel que cree en mí, como dice la Escritura, brotarán ríos de agua viva. Con esto se refería al Espíritu que habrían de recibir más tarde los que creyeran en él.
(Evangelio de Juan 7:37-39)

El cuarto domingo del mes de mayo, la cristiandad celebrará el derramamiento del Espíritu Santo sobre la iglesia en el día de la fiesta judía de Pentecostés. Este acontecimiento había sido anunciado por Jesús, con las palabras que encabezan este escrito. Pentecostés es una de las tres fiestas cristianas más importantes, juntamente con Navidad y la Pascua de resurrección. El día de Pentecostés, el Espíritu Santo tomó posesión de todos los reunidos al ser bautizados de acuerdo a la promesa de Jesús cuando dijo: Juan bautizó con agua, pero dentro de pocos días vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo (Hechos 1:5). En este escrito vamos a considerar un aspecto muy importante y olvidado: su relación con la encarnación, vida, ministerio, muerte y resurrección de Jesucristo.

La obra del Espíritu Santo en la encarnación y vida de Jesús
El Espíritu Santo ya obraba en el mundo antes de la encarnación de Jesús.

a) Su obra en la encarnación. El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra (Ev. Lucas 1:35). María estaba encinta por obra del Espíritu Santo (Ev. Mateo 1.18). En estos dos versículos se manifiesta con toda claridad la contribución del Espíritu Santo en el embarazo de María. Este hecho no lo podemos explicar humanamente, ya que por una acción misteriosa, sin participación de ningún varón, María quedó encinta. De ahí que nos refiramos a su concepción virginal por obra y gracia del Espíritu Santo, aunque los términos bíblicos sean vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá y había concebido. Si sacáramos al Espíritu Santo de este hecho, ¿dónde estaría la importancia de la enseñanza cristiana de la encarnación del Hijo de Dios? Se puede decir que solamente por Navidad nos acordamos de ella. Desde los primeros años de la era cristiana, la Iglesia ha enseñado esta doctrina, pero desafortunadamente en los siglos siguientes se habló más de la virginidad de María que del papel del Espíritu Santo y eso hemos de equilibrarlo. En un artículo publicado en la revista gallega Encrucillada (2011), la monja benedictina barcelonesa Teresa Forcades, parafraseando una frase de André Malraux, escribió que "la experiencia cristiana del siglo XXI será mariana o no será", una frase desafortunada a nuestro criterio porque precisamente ahí radica el escaso interés por Cristo en nuestro país, un país en que su práctica de la religiosidad popular es marianismo y no cristianismo.

b) Su obra en el desarrollo de la vida de Jesús. El Espíritu del Señor reposará sobre él: espíritu de sabiduría y de entendimiento, espíritu de consejo y de poder, espíritu de conocimiento y de temor del Señor (Isaías 11:2); El niño crecía y se fortalecía; progresaba en sabiduría, y la gracia de Dios lo acompañaba (Ev. Lucas 2:40). Aunque en el texto de Lucas no se mencione al Espíritu Santo, si se lee a la luz del texto de Isaías, lo que el evangelista atribuye a la gracia de Dios, el profeta lo aplica al Espíritu de Yahweh. Él fue la fuente del crecimiento, tanto moral como espiritual de Jesús a lo largo de su desarrollo humano. Esto no disminuye en nada la plena humanidad del Señor, pero sí destaca la íntima relación entre el Hijo de Dios hecho hombre y el Espíritu Santo, un tema del que se habla poco.

La obra del Espíritu Santo en el ministerio de Jesús
Vamos a considerar cuatro aspectos en episodios distintos:

a) Descendió sobre Jesús en su bautismo. Sucedió cuando todos acudían a Juan para que los bautizara, que Jesús fue bautizado también. Y mientras oraba, se abrió el cielo, y el Espíritu Santo bajó sobre él en forma corporal como paloma. Entonces se oyó una voz del cielo que decía: Tú eres mi Hijo amado, estoy muy complacido contigo. (Ev. Lucas 3:21-22). El bautismo señaló el principio del ministerio público de Cristo. Para tener una visión más amplia del hecho deberíamos leer también el mismo relato en los evangelios de Mateo y Marcos, en donde hay leves diferencias enriquecedoras con Lucas que es más escueto:

1) la expresión cuando todos acudían, es una exageración para mostrar que había un gran número;

2) Jesús oraba (frase omitida por los otros evangelistas) y fue entonces cuando se abrieron los cielos;

3) en Lucas y Marcos, la voz del cielo se dirige a Jesús –tú eres mi Hijo amado-, mientras que en Mateo se dirige a todos los presentes –este es mi Hijo amado-.

4) El Espíritu descendió sobre Jesús en forma corporal. Este término, exclusivo en Lucas, no significa que el Espíritu vino disfrazado de paloma, sino que quiere resaltar que fue un acontecimiento real y no una visión. Ningún evangelista dice que vino en forma de paloma, sino como paloma, un símil para mostrar que su vuelo y su posado sobre Jesús fueron similares a los de las palomas. En este acto el Padre da testimonio público y reconocimiento visible de quién era Jesús y cuál era su misión. Además, están presentes las tres personas de la Trinidad.

b) Le llevó al desierto para ser tentado. Jesús lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán y fue llevado por el Espíritu al desierto. Allí estuvo cuarenta días y fue tentado por el diablo (Ev. Lucas 4:1-2). Tanto la plenitud como la dirección del Espíritu son anteriores a las tentaciones en el desierto, siendo estas las primeras, pero también las más especiales, pues el Señor Jesús seguiría siendo tentado por el diablo durante su ministerio y necesitaría la ayuda del Espíritu Santo en todas las tentaciones. En relación con este tema, el énfasis recae en el papel del Espíritu en las tentaciones:

1) Se enfrentó a Satanás lleno del Espíritu Santo.

2) Fue llevado por el Espíritu al desierto donde sería tentado;

3) volvió del desierto después de vencer las tentaciones en el poder del Espíritu (Ev. Lucas 4:14).

c) Manifestándose en la sinagoga de Nazaret. El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para anunciar buenas nuevas a los pobres (Ev. Lucas 4:16). Un sábado, en el culto de la sinagoga de su pueblo, Jesús se levantó a leer el libro del profeta Isaías (61:1-2), un texto que en primer lugar se refería al regreso del cautiverio de Judá, pero el profeta apunta a un futuro más lejano, al Mesías que debía restaurar a su pueblo de una manera plena. Jesús se declara como el Mesías (ungido) sobre el que está el Espíritu del Señor, habiéndole ungido para el ministerio que debía realizar: predicar el evangelio, sanar, pregonar libertad, dar vista a los ciegos y anunciar el jubileo, un año de gracia que todavía no ha terminado. Para realizar su ministerio, Jesús contó con la unción, plenitud y capacitación del Espíritu Santo.

d) Dándole poder en los exorcismos. En cambio, si yo expulso a los demonios por medio del Espíritu de Dios, eso significa que el reino de Dios ha llegado a vosotros (Ev. Mateo 12:28). Según los fariseos, Jesús echaba fuera los demonios por Belzebú, nombre de incierto origen, pero que Jesús identifica con Satanás, cuando en realidad deja claro que lo hace por el Espíritu de Dios y este hecho es una prueba de la llegada del reino de Dios. Negarlo es blasfemar contra el Espíritu Santo, un pecado imperdonable.

La obra del Espíritu Santo en la muerte y resurrección de Jesús ¿En qué sentido actuó el Espíritu Santo en los hechos centrales de la obra de Cristo?

a) En su muerte. Si esto es así, ¡cuánto más la sangre de Cristo, quien por medio del Espíritu eterno se ofreció sin mancha a Dios, purificará vuestra conciencia de las obras que conducen a la muerte, a fin de que sirvamos al Dios viviente! (Hebreos 9:14) Este es el único texto explícito que relaciona al Espíritu Santo con la muerte del Señor Jesucristo en la cruz. Se podría tomar la palabra Espíritu como una referencia al espíritu humano de Cristo, sin embargo, tal cosa no es posible por cuanto se le da el calificativo de eterno. La eternidad es un atributo divino, algo que difícilmente se podría decir del espíritu humano. Las implicaciones que tiene en relación con la cruz son muy profundas: en ella vemos a Cristo ofreciéndose a sí mismo voluntariamente por medio del Espíritu a Dios el Padre. En la cruz está implicada la Trinidad, con lo que le confiere al sacrificio de Jesús un valor eterno. De otra manera su efectividad no podría alcanzar a todos los seres humanos que a lo largo de la historia han confiado en él para salvación.

b) En su resurrección. Y si el Espíritu de aquel que levantó a Jesús de entre los muertos vive en vosotros, el mismo que levantó a Cristo de entre los muertos también dará vida a vuestros cuerpos mortales por medio de su Espíritu, que vive en vosotros. (Romanos (8:11). Por este texto podemos ver como se relaciona el poder del Espíritu con la resurrección de Jesús, en la culminación de todo el proceso a lo largo de toda la vida y el ministerio de Cristo. Por otra parte, si leemos este versículo de manera rápida no nos damos cuenta que explícitamente no dice que el Espíritu Santo levantó a Jesús de entre los muertos, sino el Espíritu de aquel, pues aquel se refiere a Dios el Padre, ya que el Espíritu Santo es una persona distinta al Padre, mientras que su Espíritu forma parte de su esencia divina. Igualmente, él obrará nuestra resurrección. Lo que destaca es que hay una estrecha relación entre el Padre y su Espíritu en la resurrección de Jesús, con lo que nuevamente encontramos la implicación de la Trinidad, tanto en lo relativo a la resurrección de Cristo como a nuestra futura resurrección, lo que la garantiza totalmente.

Conclusión Por los pasajes de la Biblia que hemos expuesto, comprobamos cómo enseñan claramente la participación del Espíritu Santo en la vida terrenal del Señor Jesucristo, desde su concepción hasta su resurrección, pasando por su obra redentora en la cruz del Calvario que es la fuente de nuestra salvación. No podemos pasar por alto que todos somos pecadores y estamos condenados eternamente, pero gracias a la obra del Dios trino que ha preparado los medios para obtener nuestra salvación con la exigencia del arrepentimiento para con Dios y la fe en nuestro Señor Jesucristo.

Pedro Puigvert