Església Evangèlica
Església Evangèlica
av. Mistral, nº 85-87
08015-Barcelona
Email:
tel.: 93 372 1632

El boletín de la iglesia

Estudios

Selección de sermones

Conferencias

Boletín Evangelístico

Boletín Verdad Viva

Palabras de vida

Salva pantalles

Clic aqui
Para descargar este salvapantallas gratuito con un verso bíblico en cada paisaje.

Se hizo semejante a los humanos. Y asumida la condición humana, se rebajó a sí mismo hasta morir por obediencia, y morir en una cruz
(Filipenses 2:7-8)

La frase que encabeza este texto nos servirá de guía para exponer tres episodios de las Escrituras en que observaremos de manera fehaciente que Cristo, no es solamente Dios verdadero, sino Hombre verdadero, es decir, con plena humanidad en aspectos que necesitamos profundizar en la magnitud de su obra salvadora. Dicha frase, traza magistralmente la condición humana de Cristo, su humillación y su muerte cruel. En el lenguaje llano "condición" significa el carácter de las personas o sea lo que las caracteriza y en este sentido se puede decir de Cristo que la característica que contemplaron los que le vieron era la de un ser humano. Los hombres vieron en Cristo un proceder, un comportamiento, un lenguaje, una acción y una forma de vida humanos, de manera que en todo, el modo de su apariencia se dio a conocer como hombre y como tal era observado. Una versión ha traducido "al manifestarse como hombre". Otra cuestión que se escucha mucho en estos días es la de confundir la humildad con la humillación. La humildad es una virtud en que reconocemos nuestra pequeñez, mientras que la humillación es una acción. Cristo vino al mundo en humildad, pero el hacerse hombre no fue una humillación, porque el hombre está hecho a imagen de Dios. La humillación vino cuando de motu propio -por sí mismo- se hizo obediente hasta la muerte y muerte de cruz. Veremos tres episodios que resaltan su humanidad entre otros:

Su nacimiento en un pesebre
María dio a luz a su primogénito; lo envolvió en pañales y lo puso en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón (Evangelio de Lucas 2:7). Cristo no vino al mundo precedido por grandes y espectaculares manifestaciones como los reyes que volvían de sus conquistas, ni bajó directamente del cielo en una nave espacial. Nació en este mundo como cualquier ser humano, siendo alumbrado por una mujer que lo envolvió en pañales en el cumplimiento del tiempo en el reloj de Dios (Gálatas 4:4). Tuvo una madre, imprescindible para disponer de una naturaleza humana. La diferencia no se halla en su nacimiento, sino en su concepción, al no haber intervenido varón. No solo tuvo una madre, sino también unos hermanastros, aunque estos sí fueron engendrados humanamente. Todo esto implica que pertenecía a una familia como cualquiera de nosotros. Además, nació en un momento histórico, siendo emperador César Augusto, el cual ordenó un empadronamiento para cobrar impuestos y en cumplimiento de la profecía no nació donde vivían sus padres, sino en Belén, de donde procedía la familia (Miqueas 5:2).

Su crisis en Getsemaní
…se puso de rodillas y oró: Padre, si quieres, líbrame de esta copa de amargura; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya (Evangelio de Lucas 22:41-42). Este texto lo podemos situar en el ámbito de las emociones humanas. Jesús se regocijaba en la presencia del Padre, manifestó la ira y la indignación en más de una ocasión, se conmovió y se entristeció profundamente ante la tumba de un amigo. Sin embargo, la tristeza estuvo presente especialmente en el huerto de Getsemaní, donde como dijo Calvino, Cristo "permite que la carne sienta lo que le corresponde y, por consiguiente, al ser un hombre verdadero, tiembla ante la muerte".

1) Fue una crisis intensa. Todo el relato manifiesta el tormento y la angustia más agudos. Esto se ve en el hecho de tomar a Pedro, Santiago y Juan para que le acompañasen, no solo para hacerle compañía sino también para que velasen y orasen con él. Para Jesús, para el universo y para la humanidad, era imprescindible que no fracasara en la obra que debía realizar y las tentaciones que le acosaron en vísperas de su agonía eran una amenaza real para la consecución de su obediencia. Las fuerzas diabólicas harían todo lo que estaba en su mano para apartarle de cumplir la voluntad del Padre en la que se había comprometido. De ahí la urgencia suprema de velar y orar, así como la necesidad de que otros orasen. En esto vemos también otro aspecto de su humanidad: tenía necesidad, porque se sentía débil, ante el sacrificio que debía realizar, y recurrió a frágiles hombres para que orasen con él en aquellos momentos tan críticos. Pero sus discípulos le fallaron y tuvo que velar y orar solo. Si la salvación del mundo hubiera dependido de los discípulos e incluso lograr que se mantuvieran despiertos, no se habría logrado jamás.

2) Fue un temor mortal. Es asombroso que después de comunicar a sus discípulos que su alma estaba llena de un temor mortal se apartase de ellos y volviera su rostro a Dios Padre. No había otro sitio donde ir, pues su alma estaba agotada. Se postró de rodillas y oró. Era tan intensa su oración que un ángel tuvo que fortalecerle. Cuando retoma su oración, lo hace en agonía, con una intensidad tal que su sudor era como grandes gotas de sangre. El autor de la carta a los Hebreos dice que Jesús ofreció oraciones y súplicas con fuerte clamor y lágrimas al que podía salvarlo de la muerte. De la comparación de los relatos de Getsemaní, queda claro que la experiencia de Jesús de agitación y angustia, fue tan real como profunda. Su tristeza era tan grande como la que podía soportar un ser humano. Su temor, convulsivo. Estuvo a punto de claudicar, al enfrentarse a la voluntad santa del Padre, en su forma más aguda y esto le aterrorizó. En el bautismo había asumido su responsabilidad mesiánica, en las tentaciones en el desierto se había enfrentado al enemigo y le había vencido. En Getsemaní había llegado la hora de la verdad. Es un texto que nos ayuda a ver la diferencia entre el Señor que sufre con nosotros y el Señor que sufre por nosotros.

Su crisis en el Gólgota
Jesús gritó con fuerza: Elí, Elí, ¿lemá sabaqtani?, es decir: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" (Evangelio de Mateo 27:46). Pero donde existe todavía una mayor profundidad emocional y por ende, humana, más allá de Getsemaní, es en la cruz. ¿Por qué?

Por el abandono de Dios. Detrás de las palabras ¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado? Dejan ver un estado mental. La propia inmolación tuvo lugar en la hora tercera (Evangelio de Marcos 15:25). Entre esta y la hora sexta sucedió la conversación con el ladrón arrepentido (Evangelio de Lucas 23:40 y ss.) en el transcurso de la cual Jesús sustenta la esperanza. De la hora sexta a la novena, hubo tinieblas sobre toda la tierra (Evangelio de Marcos 15:33). Poco después, Jesús clama a Dios y seguidamente expiró. Según Lucas tras haber recobrado la consciencia como Hijo (23:46). De acuerdo con esto Jesús no estuvo abandonado todo el tiempo en la cruz. El abandono fue solo un momento, que va desde su clamor a su expiración. Su oración no obtuvo respuesta. Jesús en aquel momento sufrió pérdida de su consciencia filial. En Getsemaní todavía decía "¡Abba!" (Padre), en la cruz, Dios mío, hasta que expiró. Además de la pérdida del sentido de Hijo, sufrió el verdadero abandono del Padre. Siempre habían estado juntos desde Belén al Calvario, como Abraham e Isaac. Pero en el momento de máxima necesidad, Dios no está allí. Dios solo estaba presente como alguien indignado a causa del pecado. Fue maldito (Gálatas 3:13), pero no tenía pecado. Era el Hijo de Dios, pero en el Gólgota era el Hijo del Hombre que cargaba el pecado de la humanidad.

Conclusión
La condición humana de Cristo y la obra que vino a realizar, ponen de relieve la existencia de una realidad que motivó que Dios el Hijo, segunda persona de la Deidad, tuviera que asumir una naturaleza semejante a la nuestra, pero sin pecado, a causa de la condición pecadora de cada ser humano. Por este motivo, todos estamos perdidos y condenados a la muerte eterna. Sin embargo, para poder cambiar esto, tuvo que venir Cristo a este mundo haciéndose hombre y como Dios-Hombre, sufrir hasta morir en la cruz para darnos vida eterna. Dios nos obsequia esta vida en virtud de la obra de Cristo, pero nos exige arrepentimiento de nuestros pecados y fe para tomar su ofrecimiento gratuitamente. Te invitamos a recibir esta gracia para ser salvo, ahora mismo en el lugar donde estás.

Pedro Puigvert