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Entonces Jesús comenzó a advertir a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y sufrir muchas cosas a manos de los ancianos y de los jefes de los sacerdotes y de los maestros de la ley, y que era necesario que lo mataran y que al tercer día resucitara.
(Evangelio de Mateo 16:21)

Dentro de pocas semanas empezaremos a escuchar a través de los medios de comunicación que se acercan las primeras vacaciones del año durante cuatro apretados días. En su origen fue un tiempo para que los cristianos reflexionaran sobre el acontecimiento básico de su fe, pero desde hace más de medio siglo ha tomado un cariz diferente. Incluso aquellas manifestaciones religiosas propias del folclore regional español, con su gran carga emocional, ahora forman parte del ámbito turístico. No es que la Biblia respalde la celebración de una semana dedicada a recordar los sufrimientos, la muerte y resurrección de Jesús, pues para eso tenemos el domingo. Pero cuando se constituyó tenía un objetivo noble que a lo largo de los siglos ha degenerado en espectáculo y en general en una manifestación idolátrica de religiosidad popular.

La necesidad de la muerte de Cristo
En palabras del mismo Jesús, era necesario, tenía que sufrir y morir. La importancia del papel redentor que la fe cristiana otorga a los sufrimientos y a la muerte de Jesucristo está fuera de toda duda. Jesús es llamado el cordero de Dios que quita los pecados del mundo (Ev. Juan 1:29). El cordero que fue sacrificado desde la creación del mundo (Apocalipsis 13:8), pero manifestado en estos últimos tiempos (1 Pedro 1:20), se ha presentado una sola vez y para siempre a fin de acabar con el pecado mediante el sacrificio de sí mismo (Hebreos 9:26). Él es nuestro cordero pascual que ya ha sido sacrificado por nosotros (1ª Corintios 5:7), al que Dios ha ofrecido como sacrificio de expiación que se recibe por la fe en su sangre para demostrar así su justicia (Romanos 3:25). En todas estas referencias hay unanimidad en declarar que la muerte de Cristo es un sacrificio redentor por el pecado del hombre, en que Jesucristo es a la vez víctima y sacerdote. Esta manera de concebir la muerte de Jesucristo, está plenamente adherida al cristianismo primitivo y ha quedado en su conjunto a través de su desarrollo histórico. Puede ser calificada como una de las características específicas del cristianismo bíblico. Al mismo tiempo, debemos reconocer que su carácter es absolutamente único y singular, sin equivalente alguno en la historia de las religiones. La concepción cristiana reúne estas tres cosas:
a) la persona del fundador histórico de la fe cristiana es un sacerdote/víctima;
b) el acto supremo de Jesús es un sacrificio;
c) este sacrificio es un acto redentor; y esta concepción no tiene equivalente en ninguna otra religión. Tiene un carácter único y original del cristianismo.

Pruebas del carácter único del cristianismo
Moisés
, el legislador y caudillo de Israel, no fue sacerdote ni víctima, No se ofreció para eliminar el pecado mediante su muerte, pero él legisló para combatir el pecado por la ley. Más adelante, los sacerdotes ofrecieron sacrificios de animales, pero no se ofrecieron ellos mismos en sacrificio, en tanto que representantes de la religión. (Las víctimas humanas de los sacrificios expiatorios en los cultos paganos no son al mismo tiempo sacerdotes, mucho menos los fundadores de la religión a los que son inmolados).

Confucio, fundador o presunto fundador de la religión china, fue un sabio cuya autoridad descansa en su sabiduría y su poder para revelar los secretos de la vida dichosa. Pero la muerte, ya sea la suya o la de los demás, es un gran misterio para ser entendido. El sabio se resigna, no lo interpreta.

Mahoma, fundador del Islam, fue un profeta. Anunció el infierno para los infieles y el paraíso a los fieles; ni el sufrimiento ni la muerte formaron parte de su ministerio religioso. Ellas no jugaron ningún papel en la fe que inspiró y en la religión que fundó.

Buda es el que parece acercarse más a Jesús. Como él inaugura la gran y suprema reconciliación y abandona un derecho y un poder real por la pobreza y la humillación. Hace de este sacrificio y del sacrificio de sí mismo en general, el eje y el pivote de su moral. Sin embargo, el parecido con Jesús es solo superficial, mientras que la diferencia es radical: Buda es un pesimista que no ama la vida, porque vivir es sufrir; para escapar del sufrimiento, hace falta escapar de la vida. Como sea necesario sacrificará su vida con la esperanza de escapar del sufrimiento. En cambio, Jesús es profundamente optimista. Su pasión, incluso de acuerdo con los documentos más antiguos, es la prueba, ya que es solo un medio para hacer la vida más feliz, placentera y deseable purgándola de un mal que es el pecado. Buda es solo un iniciador, da un ejemplo a imitar, enseña una conducta a seguir. Sus discípulos deben, en sus pasos, hacer todo lo que él ha hecho, pero por sí mismos, a fin de obtener el Nirvana.

Por el contrario, lo que Jesús ha hecho, todos sin duda deben hacerlo, pero nadie lo puede hacer como él y en su lugar. Su sacrificio no es un ejemplo solamente, tiene un valor propio y permanente. No solo es el camino, sino el medio para entrar en este camino. Al margen de su sacrificio, el camino es inaccesible y cerrado. Buda era un asceta. La salvación para él consistía en secar las fuentes del sufrimiento de la vida, tanto individuales como colectivas. Que la vida acabe, que la humanidad desaparezca renunciando a vivir, y la redención será consumada. Para Jesús, viceversa, la vida en toda su plenitud, la vida eterna es ya ahora el objetivo. El primero quiere dejar de vivir para cesar de sufrir, pero el segundo acepta sufrir a fin de vivir mejor y sobre todo para hacer vivir de manera más excelente a sus hermanos.

Jesús sufre, no para poner fin a la vida, sino para restaurarla. El sufrimiento es curativo, no destructivo; su muerte no es una frustración, sino el medio y el camino de una resurrección. Esta es redentora de la verdadera vida.

Hemos probado, pues, el carácter único, original, sin paralelo y sin equivalente en ninguna religión.

Los resultados de la muerte de Cristo
Los personajes mencionados en el epígrafe anterior murieron y fueron sepultados y allí siguen sus huesos. Sus tumbas se han convertido en un lugar de peregrinación de sus seguidores, solamente el sepulcro donde fue depositado el cuerpo de Jesús está vacío, porque él resucitó y ascendió a los cielos. La muerte de todos los fundadores de religiones fue en el mejor de los casos la muerte de un sabio. Lo que hace de la muerte de Cristo algo único no es su forma, la cruz, sino su significado redentor. En ningún texto de esas religiones se pretende que sus fundadores resucitaran, solo la Biblia afirma que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras, que fue sepultado, que resucitó al tercer día según las Escrituras (1 Corintios 15:3) y que apareció a muchos para testimonio del gran acontecimiento de su resurrección.

Cristo nos libró del pecado y de la culpa mediante sus padecimientos y muerte por cuanto satisfizo plenamente las demandas de la ley y triunfó sobre la muerte. Asimismo, él restaura la relación del hombre con Dios y con todas las criaturas por medio de la justificación, juntamente con el perdón de los pecados, la adopción de hijos, la paz con Dios y la libertad gloriosa. Por su muerte y resurrección renueva al hombre a la imagen de Dios por medio de la regeneración o nuevo nacimiento, la conversión, la renovación y la santificación. Preserva al hombre para su herencia eterna, mediante la perseverancia y la glorificación.

Conclusión
Todas estas bendiciones le son concedidas al hombre a través de la iluminación y regeneración del Espíritu Santo, que debemos aceptar por el arrepentimiento y la fe en la obra de Cristo por el que recibimos el perdón de nuestros pecados y la vida eterna. Y todo esto sin que nosotros tengamos que añadir nada, pues Cristo, a diferencia de los fundadores de las grandes religiones, lo ha hecho todo por nosotros a través de su sufrimiento y muerte.

Pedro Puigvert