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Dios, que muchas veces y de varias maneras habló a nuestros antepasados en otras épocas por medio de los profetas, en estos días finales nos ha hablado por medio de su Hijo.
(Epístola a los Hebreos 1:1-2a)

El que Dios haya hablado es una afirmación de su existencia. Dios es Espíritu y un ser espiritual no tiene órganos físicos para poder expresarse. Entonces, tenemos que preguntarnos…

¿Cómo ha hablado Dios?
Para dar a conocer su persona y su obra ha empleado diversos medios: en primer lugar Dios ha hablado por los profetas y la señal del habla divina es la frase profética así dice el Señor, porque ella es la que produce la palabra de Dios. El habla es la modalidad de la revelación, el profeta es el instrumento y el producto es la palabra de Dios: el Espíritu del Señor ha hablado por mí, y su palabra ha estado en mi lengua, dijo el rey David (2 Samuel 23:2). Sin embargo, debemos tener en cuenta que el profeta no era un ser pasivo, ni un robot programado. Su personalidad no quedaba anulada, sino que preparada y santificada expresaba con sus propias palabras el mensaje que había recibido de Dios. El profeta había sido llamado por Dios y se había puesto al servicio de la revelación divina. La frase que encabeza este texto nos enseña que la palabra de Dios vino en las palabras de los profetas, y en segundo lugar Dios ha hablado por medio de su Hijo, el Señor Jesucristo. Esta manera de hablar de Dios tiene lugar en la encarnación, cuando el Verbo o Palabra se hizo carne (Evangelio de Juan 1:14). Es el Señor del cielo que toma la forma de siervo. Siendo rico se hace pobre para enriquecernos a nosotros. La segunda persona de la trinidad viene de un lugar glorioso y entra en nuestro mundo, en nuestra humanidad. El acto de Dios de darse a conocer a sus criaturas, o sea, revelarse, es un movimiento de su condescendencia y si el habla divina es la más excelsa modalidad de los beneplácitos divinos, entonces la forma más extraordinaria del habla de Dios es cuando nos llega por medio de su Hijo el Señor Jesucristo. El Hijo, a su vez, habla a través de los apóstoles y de ahí que el Nuevo Testamento pueda considerarse como el habla de Dios en su Hijo. Por tanto, nuestra convicción de la palabra divina hablada por Jesucristo surge de la certidumbre de la relación entre el Padre y el Hijo. A diferencia de los fundadores de religiones, Cristo es el Verbo en plena posesión de la verdad. Es la luz que alumbra este mundo, el profeta que pronuncia la palabra de Dios y el maestro que enseña la verdad.

¿Cuándo y a quién ha hablado Dios?
En el texto de referencia, el autor hace una afirmación que nos lleva al ámbito de la historia y del tiempo, señalando al pasado –en otras épocas- y al presente, -en estos días finales- un tiempo que abarca desde la venida de Cristo al mundo hasta su regreso en gloria. En relación al Antiguo Testamento, su revelación se ha producido en muchas ocasiones y la forma de comunicar su palabra se ha efectuado de muchas maneras, como por ejemplo, en una zarza ardiendo, por milagros, sueños, manifestaciones veladas de Dios, el Urim y el Tumim y los ángeles. En cuanto al quién, vemos que…

a) Dios ha hablado a nuestros antepasados. Se refiere a los patriarcas hasta la venida de Cristo. Empezando con Adán de manera directa, siguiendo por Noé, Abraham, Isaac, Jacob, Moisés y el pueblo de Israel. Esta parte de la revelación ha quedado registrada en las páginas del Antiguo Testamento.

b) Dios nos habla a nosotros. Esto sucede por medio de su palabra escrita, la Biblia. Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento constituyen el mensaje de Dios que no cambia, porque después del último apóstol la revelación ha terminado. Los días finales es la última etapa de la historia, en la que vivimos y tenemos el privilegio de disponer de la revelación completa de Dios y la responsabilidad de darla a conocer.

¿Qué ha hablado Dios?
En relación con el mensaje que Dios nos ha comunicado debemos considerar ahora que Dios nos ha hablado, no solo en el Hijo, sino de su Hijo. Son siete las características que se encuentran en estas palabras: a este lo designó heredero de todo, y por medio de él hizo el universo. El Hijo es el resplandor de la gloria de Dios, la fiel imagen de lo que él es, y el que sostiene todas las cosas con su palabra poderosa. Después de llevar a cabo la purificación de los pecados, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas (epístola a los Hebreos 1:2-3).

a) El Hijo es el heredero de todo. La constitución de Cristo como heredero ha sucedido después de su obra salvadora, es decir, de su muerte, resurrección, ascensión al cielo y glorificación. Por un lado, como heredero implica una dependencia del Padre que le ha dado la herencia, y por otro, su soberanía, pues es Señor sobre todas las cosas que le pertenecen como legítimo dueño.

b) El Hijo es el creador del universo. Él es, tanto el mediador de la creación como de la salvación, pues ambas obras han sido realizadas por Cristo. Esto viene corroborado por estas palabras: porque por medio de él fueron creadas todas las cosas en el cielo y en la tierra, visibles e invisibles, sean tronos, poderes, principados o autoridades; todo ha sido creado por medio de él y para él. (epístola a los Colosenses 1:16).

c) El Hijo es el resplandor de la gloria de Dios. Bajo esta figura tenemos la descripción de la relación entre el Padre y el Hijo. Dios es luz (1ª epístola de Juan 1:5) y esa luz que irradia la podemos ver en Jesucristo, tanto en sus palabras como en sus hechos. A través de él logramos contemplar la gloria de Dios, es decir, el resplandor de sus perfecciones y de su majestad (Evangelio de Juan 1:14). No obstante, no es una emanación, pues como persona divina es igual al Padre confirmado por la siguiente característica.

d) El Hijo es la imagen de Dios. El término imagen significa marca de un sello que reproduce las particularidades del sello mismo. Así Cristo tiene todos los rasgos propios de la naturaleza del Padre, la forma de Dios (cf. epístola a los Filipenses (2:6). Como dijo Jesús, el que me ha visto a mí ha visto al Padre (Evangelio de Juan 14:9).

e) El Hijo es la sustancia de Dios. Es decir, de lo que él es, una referencia a la esencia divina, lo que pertenece a Dios por naturaleza. El Hijo es una persona divina con una naturaleza divina que tomó una naturaleza humana cuando se hizo Hombre en Cristo Jesús.

f) El Hijo es el sustentador del universo. Después de la creación, hacía falta la conservación de todo lo creado y el mantenimiento del orden de todas las cosas, una obra que hace el Hijo con su palabra poderosa.

g) El Hijo es el Salvador. Ha llevado a cabo la purificación de nuestros pecados. Para su realización fue necesario que muriera en la cruz del Calvario en sacrificio vivo a nuestro favor, a fin de que los que han creído en él tengan salvación y perdón de sus pecados. Esto nos recuerda nuestra condición de pecadores y el único medio para alcanzar la limpieza y el perdón es por la obra de Cristo realizada una vez para siempre. Ofrecido el sacrificio de sí mismo, resucitó de los muertos y ascendió a los cielos donde fue entronizado y se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas.

Conclusión
Dios ha hablado y sus palabras han quedado fijadas en Sagrada Escritura, la Biblia. Por medio de ella Dios nos sigue hablando cada vez que la leemos o la escuchamos cuando es anunciada por medios diversos. El mensaje de la Biblia es claro, porque siendo divino nos llega en lenguaje humano de manera que lo podamos entender y responder a sus exigencias. Descubrimos nuestra condición de pecadores que vivimos lejos de Dios y sin posibilidad de borrar nuestros pecados por nosotros mismos. Pero Dios, en un acto de amor condescendiente ha enviado a su Hijo al mundo para que con un solo sacrificio nos purificara de nuestros pecados y nos diera la salvación. Sin embargo, exige de nosotros que confesemos que estamos perdidos, nos arrepintamos de nuestros pecados y abracemos la obra de Cristo por medio de la fe en su nombre para ser salvos.

Pedro Puigvert