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Ciertamente os aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, se queda solo. Pero si muere produce mucho fruto.
(Evangelio de Juan 12:24)

El principio de un nuevo año propicia una reflexión sobre la vida y la muerte. Los avances de la medicina han propiciado que la vida de los seres humanos en el mundo occidental, haya experimentado una notable longevidad. Que una persona alcanzase los cien años, era un acontecimiento no hace todavía mucho tiempo, algo que solo estaba al alcance de unos pocos. Pero en la actualidad, en nuestro país, hay varios miles de personas centenarias. Sin embargo, Jesús formuló un principio en la respuesta que dio a unos griegos que pidieron verle. Toda vida terrestre, en el reino animal y en el vegetal, está sometida a este principio, que es paradójico e infinitamente extraño y misterioso. Pero al mismo tiempo, es una ley incontestable y universal, al menos en esta parte del universo en que habitamos. El grano de trigo es ineficaz e improductivo mientras se conserve, pero cuando se entierra como en una tumba, lleva fruto.

La muerte precede a la resurrección
Hace falta insistir particularmente sobre una comparación de gran alcance entre el dominio de la naturaleza y el de la Revelación: La ley de la vida nace de la muerte. Pero esta ley no regula a los seres celestiales. Los ángeles, no procrean ni mueren: a aquellos que negaban la resurrección, Jesús les dijo que en cuanto a los que sean dignos de tomar parte en el mundo venidero por la resurrección, ésos no se casarán (…) ni tampoco podrán morir, pues serán como los ángeles (Lucas 20:35-36). Por esta palabra, Jesús muestra la conexión entre el hecho de la reproducción y el de la muerte. ¡No hay vida sin muerte! Debemos tomar con seriedad esta analogía entre la ley primordial de la naturaleza y el principio fundamental del Evangelio. Asimismo, debemos admitir que este principio precede a la aparición del hombre sobre la tierra. Desde el tercer día de la creación, dijo Dios: ¡Qué haya vegetación sobre la tierra; que esta produzca hierbas que den semilla, y árboles que den su fruto con semilla, todos según su especie!” En el quinto día, dijo Dios: “¡Que rebosen de seres vivientes las aguas, y que vuelen las aves sobre la terra a lo largo del firmamento!” Y creó Dios los grandes animales marinos, y todos los seres vivientes que se mueven y pululan en las aguas y todas las aves, según su especie. El sexto día, fueron creados los animales superiores, y aparte, el hombre y la mujer. A todos estos seres, se les dio la misma orden: sed fructíferos y multiplicaos. El principio de la muerte y de la vida es, pues, anterior a la tierra, y está claro que precedió a la caída de la humanidad. Pero todo estaba previsto por el Creador, pues este principio estaba destinado a hacer posible la redención, la cual se cumpliría por la muerte voluntaria del Señor Jesucristo y su resurrección de entre los muertos, dando lugar a una nueva humanidad. La creación, contiene pues, la semilla de la expiación.

El principio de la muerte y de la vida es universal
Desde el alba de la historia humana, encontramos el altar del sacrificio. Abel ofrece a Dios lo mejor de su majada, los primeros nacidos de su rebaño y Dios miró con agrado su ofrenda (Gn. 4:4). Pero ¿cómo vino al corazón de Abel, la idea de un acto tan doloroso de cumplir, tan punzante para el buen pastor, como lo ha sido sin duda, tan cruel para los corderos, que él actuó así? Imposible de no ver en este rito extraño, un acto de obediencia a una voluntad divina previamente expresada. El sacrificio ofrecido por Abel no fue, sin duda, el primero ofrendado después de la caída en el pecado de Adán y Eva. La Escritura nos dice: Dios el Señor hizo ropa de pieles para el hombre y su mujer, y los vistió (Gn. 3:21). La desnudez de nuestros primeros padres no podía ser velada por vestiduras de hojas, ellos debían vivir, por así decirlo, bajo el signo de la muerte y asimismo por la muerte sangrante. ¡Qué admirable unidad la de la Escritura y cómo aparece claramente que la naturaleza y la Biblia tienen el mismo autor! Este principio reina en todo el AT. El culto patriarcal estaba esencialmente basado sobre el sacrificio sangrante. Noé, Abraham, los patriarcas, no construyeron un templo, pero en todas partes y siempre destacan los altares. No había todavía sacerdocio, sino que lo ejercía el padre de familia; tampoco existían formularios religiosos, ni ninguna costumbre especial para el servicio divino, pero en todas partes estaba el altar, para la inmolación de las víctimas, el holocausto. Y esta práctica no sucedía solamente en el pueblo hebreo, sino en todos los países y en todos los pueblos. Ella está en el fondo de todas las religiones, ha existido siempre. ¿Cómo explicar este hecho, sino es por una orden primitiva dada por Dios al hombre, para perpetuar la profecía de una redención futura y dejar entrever, por lo menos, la naturaleza trágica de la redención? Los monumentos megalíticos, estas piedras que se colocan en tantos lugares, como en la isla de Menorca, ¿no son altares erigidos al aire libre, por los primeros pobladores de Europa, que no han dejado otras huellas de su existencia? La forma de algunas de estas piedras confirma esta hipótesis. En todo caso, se puede afirmar que el altar de los sacrificios sangrantes ha estado siempre en el centro de la religión.

El principio de la muerte que produce la vida se halla en la regeneración
El nuevo nacimiento o regeneración, es el paso del estado de muerte en que nos encontramos por naturaleza a causa del pecado, al estado de vida en Cristo, en virtud de su muerte expiatoria y por la eficacia de su resurrección: en otro tiempo vosotros estabais muertos en vuestras transgresiones y pecados, en los cuales andabais conforme a los poderes de este mundo. Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor por nosotros, nos dio vida con Cristo, aun cuando estábamos muertos en pecados. ¡Por gracia habéis sido salvados! (Efesios 2:1-2, 4-5). El Cristo crucificado, es el germen por el que el hombre nuevo es formado en nosotros. Este misterio es grande, como todos los misterios. A quien nos pida hacer aceptable a la razón el hecho del nuevo nacimiento, le pediremos que nos explique el acontecimiento del nacimiento. Veamos: no se puede probar más que por nuestra misma existencia, en el dominio de la naturaleza como en el de la gracia cuando se trata del nuevo nacimiento.

Conclusión
Así, tanto en la naturaleza, como en la revelación, en la encarnación, en la regeneración, vemos como Dios actúa de la misma manera, obrando a través de los mismos principios, en conformidad con las mismas leyes. No se puede negar la Biblia sin negar a Jesucristo y no se puede negar al Dios de Jesucristo sin negar el Dios de la creación. Hace falta resolver, lógicamente, ser cristiano… o ser ateo. ¡Y la lógica más demostrable no es la segunda parte de esta alternativa! Jesús vino a los judíos y al mundo con una nueva visión de la vida. El mundo concibe la gloria como una conquista, un poder, con el derecho de mandar. Jesús la contempla como una cruz. Él ha enseñado a la humanidad que la vida solo viene mediante la muerte, que solo cuando la entregamos a favor de los demás, es cuando la conservamos, ya que la verdadera grandeza está en el servicio. Y cuando lo pensamos detenidamente, la paradoja de Cristo es, en el fondo, la realidad de la verdad del sentido común.

Pedro Puigvert