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(Hechos de los Apóstoles 3:19)

Con estos términos en modo imperativo, el apóstol Pedro invitaba a los que se habían reunido y escuchaban la predicación del evangelio en el pórtico de Salomón. Era la condición para que sus pecados fueran borrados. El arrepentimiento es un requisito imprescindible, juntamente con la fe en la obra de Cristo a fin de que cada uno se convierta de su maldad. La mejor ilustración del arrepentimiento es verdaderamente la historia del hijo pródigo, una parábola que contó Jesús a sus contemporáneos. En ella se describe, por una parte, la conducta del que no ha conocido lo que es el arrepentimiento, y por otra, nos muestra la realidad que se encuentra detrás de esta palabra.

¿Cuál es la conducta del ser humano que no conoce el arrepentimiento?
Siguiendo con la parábola del hijo pródigo, vemos que el menor de dos hermanos dijo a su padre: “Padre, dame la parte de los bienes que me corresponde”. Una vez hubo obtenido los recursos y salido del hogar paterno se fue lejos y allí desperdició sus bienes viviendo perdidamente. El hijo menor quiere vivir su vida de una manera independiente de su padre, para marcharse lejos. Ha pedido su herencia para poderla disipar y así satisfacer sus deseos y su codicia. Ni su padre ni su hermano cuentan en su manera de pensar, el “yo” ocupa su lugar totalmente. Observamos de todos modos que el hermano mayor ilustra de otra manera la misma actitud: he aquí tantos años te sirvo, no habiéndote desobedecido jamás, y nunca me has dado ni un cabrito para gozarme con mis amigos. Esta es la actitud totalmente opuesta al arrepentimiento. Es la persona que se cree justa y se apoya en sus propios méritos de cara a Dios y reivindica sus derechos. Dios es la parte contratante y yo siempre le he servido y nunca he fallado en mis obligaciones, pero él no me ha dado nada. En resumidas cuentas,

Dios viene a ser el desleal. El hijo mayor no estaba menos perdido que el menor, pues su actitud le delata. Así ocurre con muchas personas que piensan que por ser muy religiosas y por sus méritos, tienen el derecho de recibir de Dios la recompensa de la vida eterna.

¿En qué consiste el arrepentimiento?
El cambio de actitud del hijo menor de la parábola, después de su decepcionante experiencia, ilustra diferentes aspectos del arrepentimiento. Nos muestra que afecta a la totalidad del ser humano: el pensamiento, los sentimientos y la voluntad, los cuales se combinan y conducen a un acto concreto y preciso.

a) El pensamiento entra en acción. El hijo menor, volviendo en sí, dijo. Hasta aquellos momentos, vivía como al margen de sí mismo, sus pensamientos estaban dispersos en mil cosas diferentes a su alrededor. Ahora, orienta su reflexión en sentido contrario, hacia su interior, para examinar su vida. Prosigue su introspección y aprecia una serie valores: se había marchado de su casa y ahora desea regresar; había buscado un país lejano y ahora quiere huir de él. El arrepentimiento es, en primer lugar, un cambio en la escala de valores.

b) Surgen sentimientos de aflicción. Recuerda que en la casa de su padre los jornaleros tienen para comer y él pasaba hambre. Las excusas y las lágrimas pueden formar parte del arrepentimiento, como por ejemplo, la mujer pecadora que regó con lágrimas los pies de Jesús (Lucas 7:38) o cuando Pedro después de negar a Jesús, y cantó el gallo, se acordó de las palabras del Señor y lloró amargamente (Mateo 26:75). Ser pecador y estar desesperado es una sola cosa, porque el pecador vive en contradicción consigo mismo y con Dios.

c) La voluntad entra en acción. El joven perdido reflexiona: me levantaré e iré a mi padre y le diré. El arrepentimiento comporta la decisión de renunciar a la conducta anterior y alejarse del pecado, como le dijo Jesús al paralítico: “Mira has sido sanado; no peques más, para que no te venga alguna cosa peor” (Juan 5:14). Asimismo, es un abandono de la maldad, como le exigió Pedro a Simón el mago: arrepiéntete, pues, de esta tu maldad, y ruega a Dios, si quizás te sea perdonado el pensamiento de tu corazón (Hechos de los Apóstoles 8:22).

d) El espíritu es convencido de pecado. El pensamiento, el sentimiento y la voluntad no pueden conducir a un resultado espiritual sin que el espíritu del ser humano sea tocado por el Espíritu Santo. Como dijo Jesús, y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio (Juan 16:8). El hijo pródigo, reflexionaba de esta manera: diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, ya no soy digno de ser llamado tu hijo. Por primera vez, piensa en su padre. El padre es bueno y grande, pero él es indigno y vil. La toma de conciencia de la propia indignidad con relación a Dios es un elemento esencial del arrepentimiento. Aquel joven volvió a su padre y confesó su pecado. La confesión de pecado a Dios es un signo del verdadero arrepentimiento. Cuando Juan el Bautista predicaba el arrepentimiento, la gente salía y era bautizada en el Jordán, confesando sus pecados (Mt. 3:6); el rey David lo expresa así: Confesaré mis transgresiones a Yahweh; y tú perdonaste la maldad de mi pecado (Salmo 32:5).

Las consecuencias del arrepentimiento.
Los resultados del arrepentimiento son, en primer lugar, una nueva vida de la que surgen unos frutos que muestran la realidad del cambio producido. El hijo pródigo se quedó en la casa de su padre, en comunión con él y sirviéndole voluntariamente. El arrepentimiento es, pues, un acto que compromete a la totalidad del ser humano: el espíritu, por la convicción de pecado, la oración y el regreso a Dios, el alma, por la participación del pensamiento, los sentimientos y la voluntad y el cuerpo, por los actos, los frutos del arrepentimiento. La tristeza que proviene de Dios, produce el arrepentimiento que lleva a la salvación (2ª epístola a los Corintios 7:10). Como la metamorfosis es el cambio total de la forma, el arrepentimiento es el cambio total del espíritu, el pensamiento, los sentimientos y toda la actitud interior. Arrepentirse es volverse del viejo mundo para dirigirse al nuevo, es volver la espalda al pasado y comprometerse con el futuro, pasar de un mundo cerrado a unos cielos abiertos. El arrepentimiento no es solamente una etapa de la conversión, es la realidad misma, interior y profunda de la conversión.

Conclusión
Para recibir el perdón de pecados y la vida eterna, los seres humanos tenemos que arrepentirnos, no solo de lo que hemos hecho, sino de lo que somos, pecadores destituidos de la gloria de Dios. De cara al futuro, lo que se crea en nosotros no es una buena conducta, sino una nueva vida en que se manifiesten los frutos del arrepentimiento. Tampoco podemos creer en cualquier cosa, sino en Cristo y en su muerte en la cruz para salvarnos, lo que conocemos como su obra de salvación. El fruto que muestra un verdadero arrepentimiento es la santificación, en su noción más amplia y la más adecuada del nuevo nacimiento.

Pedro Puigvert