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El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras jamás pasarán.

Evangelio de Mateo 24:35

La actualidad de la Biblia está en principio en el mensaje esencial de la salvación del ser humano, hasta el fin de los siglos. Cristo será siempre el único Salvador, pues de hecho en ningún otro hay salvación, porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres mediante el cual podamos ser salvos (Hechos de los apóstoles 4:12). Se puede contemplar la actualidad de la Biblia bajo otro ángulo, el de los descubrimientos arqueológicos en los últimos sesenta años. En efecto, la arqueología ha colocado la Biblia en un alto nivel de actualidad, no solamente haciendo revivir por los medios de comunicación y por las obras literarias profanas su texto y contexto histórico, sino también captando la atención del público y de los sabios sobre la extraordinaria calidad de sus relaciones históricas. Pero la Biblia no es solamente un libro de historia: historia de la creación, de la caída en el pecado, historia del pueblo de Dios, historia de Cristo, el drama del Calvario y los acontecimientos que relata, como la cruz de Cristo, y que son en sí mismos terminados, tienen sin embargo, un sentido y un alcance siempre actual. Afectan directamente al hombre de todos los tiempos. Y entre estos episodios, muchos están todavía por venir, pues la Biblia es la historia siempre en gestación del plan de Dios para la redención del mundo, porque dijo Jesús os aseguro que mientras existan el cielo y la tierra, ni una letra ni una tilde de la ley desaparecerán hasta que todo se haya cumplido (Evangelio de Mateo 5:18). Lo que hace que la Biblia sea un libro siempre actual, de un interés constantemente nuevo para nuestro espíritu y nuestra fe, es que su carácter es esencialmente profético, en el sentido que Dios nos anuncia su Palabra.

La Biblia es profética por su origen
La Biblia es la Palabra de Dios, la obra del Espíritu Santo. Es lo que dice el apóstol Pablo cuando escribe a Timoteo: Toda la Escritura es inspirada por Dios (2ª epístola a Timoteo 3:16). La Biblia es profética porque ella es la voz misma de Dios, en todas sus partes, porque la profecía no ha tenido su origen en la voluntad humana, sino que los profetas hablaron de parte de Dios, impulsados por el Espíritu Santo (2ª epístola de Pedro 1:21). Estos hombres que han hablado o han escrito, desde Moisés, el más grande de los profetas hasta el apóstol Juan, el vidente de Patmos, a través de todos los escritos del Antiguo como del Nuevo Testamento, fueron todos, cada uno a su manera, los profetas. Es así que la Biblia es profética. ¿Qué fueron estos profetas, escritores, predicadores? ¿Fueron hombres que tradujeron el mensaje recibido de Dios y lo interpretaron antes de anunciarlo o escribirlo? Ciertamente no, pues de ser así, la Biblia no sería profética en su sentido inicial de Palabra de Dios. El hombre jugó, sin duda, un papel importante, pero no el esencial, pues dice el apóstol Pedro: ante todo, tened muy presente que ninguna profecía de la Escritura surge de la interpretación particular de nadie (2ª epístola de Pedro 1:20).

La Biblia es profética por sus emisores
La Biblia es profética porque los hombres fueron los instrumentos para la transmisión de la Palabra de Dios, impulsados por el Espíritu Santo y hablaron de parte de Dios en nombre de Dios. Esta es la definición misma de la palabra profeta. Para los profetas es Dios quien habla. Como Aarón sirvió de boca a Moisés delante del pueblo de Israel, los escritores sagrados han sido la boca de Dios, han hablado por Dios y han escrito por Dios (Éxodo 4:15-16). El profeta Jeremías declara que Dios le ha dicho: he puesto en tu boca mis palabras (Jeremías 1:9). Pablo afirma que el Evangelio que ha anunciado no es invención humana, no lo recibí ni lo aprendí de ningún ser humano, sino que me llegó por revelación de Jesucristo (Epístola a los Gálatas 1:11-12). La buena nueva que el apóstol de los gentiles proclama y ha escrito, la había recibido de Cristo o dicho de otra manera del Espíritu Santo y da gracias a Dios que los hermanos de la iglesia de Tesalónica la han comprendido y han recibido sus mensajes como lo que realmente es, palabra de Dios (1ª Tesalonicenses 2:13). Además añade que el que rechaza estas instrucciones no rechaza a un hombre sino a Dios, quien os da su Espíritu Santo (1ª Tesalonicenses 4:8). La Biblia es profética porque nos ha sido dada por Dios mismo a través de los profetas y de su Hijo Jesucristo. Dios se refiere a Jesucristo cuando habla a Moisés y le dice: por eso levantaré entre sus hermanos un profeta como tú, pondré mis palabras en su boca y él les dirá todo lo que yo le mande (Deuteronomio 18:18). Esto es lo que significa según el autor de la carta a los Hebreos cuando declara: Dios, que muchas veces y de muchas maneras habló a nuestros antepasados en otras épocas por medio de los profetas, en estos días finales nos ha hablado por medio de su Hijo (Epístola a los Hebreos 1:1-2).

La Biblia es profética por su mensaje del Reino de Dios
Debemos reconocer el lugar fundamental que ocupa en la Biblia la enseñanza sobre el Reino de Dios. El AT está lleno del conocimiento del Reino. El último de los profetas, Juan el Bautista, proclamó: arrepentíos porque el reino de los cielos está cerca (Evangelio de Mateo 3:2). Al principio de su ministerio, Jesús anunció la proximidad del reino como había hecho su precursor Juan (Evangelio de Marcos 1:14). Jesús reunió a sus apóstoles y los envió a predicar el reino de Dios (Evangelio de Lucas 9:2). La mayoría de las parábolas que contó Jesús, tratan sobre el reino de Dios (Evangelio de Mateo 13). Después de su resurrección y antes de ascender a los cielos, Jesús reunió a los apóstoles y durante cuarenta días se les apareció y les habló acerca del reino de Dios (Hechos de los apóstoles 1:3). Es verdad que el reino de Dios puede ser concebido como una realidad interior y actual, puesto que a todos los que hemos creído en Cristo, Dios nos trasladó al reino de su amado Hijo(Epístola a los Colosenses 1:13).El reino de Dios tiene una dimensión presente y una futura. Asimismo, el reino de Dios será una realidad celestial y también una realidad terrenal, pues según su promesa, esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva, en los que habite la justicia (2ª Epístola de Pedro 3:13). En el reino celestial, no hay nada contaminado, ningún poder diabólico ha entrado en él. La carne y la sangre están excluidas. Solo formarán parte de él los que llevan la imagen del hombre celestial (1ª Epístola a los Corintios 15:49, 53-54), los resucitados que se hayan revestido de incorruptibilidad e inmortalidad. Todas las cosas serán hechas nuevas. Pero también será una realidad terrenal, ya que la nueva tierra, no implica su destrucción o la desaparición y su sustitución por otra tierra. A la luz del texto de la segunda epístola de Pedro (3:11-12), solo puede aludir a la disolución y la fusión de los poderes diabólicos de la tierra, pues de otro modo no podríamos entender lo que dice el profeta Isaías: porque rebosará la tierra con el conocimiento del Señor, como rebosa el mar con las aguas (11:9). Todas las cosas serán hechas nuevas sobre esta tierra cuando venga Cristo para establecer su reino: la creación aguarda con ansiedad la revelación de los hijos de Dios, porque fue sometida a la frustración. Esto no sucedió por su propia voluntad, sino por la que así lo dispuso. Pero queda la firme esperanza de que la creación misma ha de ser liberada de la corrupción que la esclaviza, para alcanzar así la gloriosa libertad de los hijos de Dios(Epístola a los Romanos 8:19- 21).

Conclusión
Dichosos los que consideran la Biblia, no bajo el ángulo puramente histórico de un pasado acabado, sino bajo su aspecto verdadero, es decir, en su perspectiva profética viva, entusiasmada con la acción constante de Dios desde la creación hasta los días del reino presente y futuro. La actualidad de la Biblia se inscribe en el carácter profético de su mensaje; particularidad que hace de este mensaje una historia que no cesa, siempre en desarrollo, un acontecimiento que el pueblo de Dios ha vivido en su largo pasado y que es verificado en nuestra generación que vive nuevamente de manera espiritual en el corazón de los que han recibido a Cristo como su Salvador y Señor. No cesará de cumplirse hasta la Segunda Venida de Cristo en gloria para establecer definitivamente su reino. La actualidad de la Biblia se asienta en el hecho que este libro no es una suma de fórmulas o de palabras salidas del cerebro de algunos grandes pensadores desaparecidos, sino que es la Palabra misma del Dios vivo, una palabra de consuelo y de esperanza, palabra de salvación para el individuo y para el mundo, la palabra del Espíritu Santo. (Traducción y adaptación por Pedro Puigvert de un artículo del Dr. A. Lamorte publicado por la revista Certitudes

Pedro Puigvert