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Del Señor es la tierra y todo cuanto hay en ella, el mundo y cuantos lo habitan.

Salmo 24:1

Durante dos semanas del mes de diciembre se ha celebrado en París una conferencia internacional sobre el cambio climático, en que casi doscientos países han acordado invertir bastante dinero para evitar el calentamiento de nuestro planeta. Es obvio que se había llegado a un extremo de deterioro tal, que de seguir así amenazaba la vida de nuestro mundo. La tierra no solo es importante porque vivimos en ella, sino que sobre todo es de gran valor porque pertenece a Dios.

Nuestra responsabilidad con la tierra
Un video en YouTube muestra la isla de Midway que se encuentra en pleno océano Pacífico a tres mil kilómetros de cualquier otra tierra. En dicha isla no viven personas, solamente pájaros. Se observa como los nidos están llenos de objetos de plástico que los pájaros han recogido. Asimismo, cuando se examina una de estas aves muerta, su estómago contiene también muchos objetos de plástico que han sido la causa de su muerte. Es solo un ejemplo de lo que hemos hecho los hombres con la creación de Dios. En la frase que precede este escrito, las Escrituras nos enseñan que la tierra pertenece a Dios y que nosotros somos usufructuarios de ella. De ahí que los seres humanos tenemos una responsabilidad en el cuidado de la naturaleza. El problema es que influidos por el concepto griego de la maldad de la materia y la bondad del espíritu, nos hemos despreocupado de esta responsabilidad pensando que a nosotros no nos compete este asunto ya que tenemos que ocuparnos solamente de lo espiritual. Al abdicar de esta responsabilidad, la hemos dejado en manos de personas que no están movidas por el amor a Dios y a su creación, sino por filosofías y reminiscencias paganas. Dios puso al hombre en el Edén para que lo labrara y lo guardase (Génesis 2:15). Cuando el pecado entró en el mundo, afectó también a la naturaleza, por lo que el trabajo sería más duro (Génesis 3:17), pero el mandato de la creación de cuidar la tierra seguía estando vigente. En la actualidad, la creación gime a una, y a una está con dolores de parto, porque está aguardando la manifestación gloriosa de los hijos de Dios (Romanos 8:19-22). Al mismo tiempo, Dios está trabajando por una creación renovada a partir de una nueva humanidad y una tierra nueva.

La tierra como creación de Dios
Toda la creación pertenece a Dios y, por tanto, es un privilegio y un deber de los seres humanos y especialmente de los cristianos, reconocer su soberanía y someterse gratamente a sus leyes.

a) Una creación buena en gran manera. Al final de cada día de la creación encontramos la frase: Y vio Dios que era bueno y cuando hubo completado su creación y dado el mandato creacional al hombre, (Génesis 1:28) dice que era bueno en gran manera (Génesis 1:31). Dios declaró que su creación era buena antes de la aparición del hombre y después de la creación de este. Y esto nos enseña que para él toda la creación tiene un valor muy elevado, independientemente de lo que pueda parecernos a nosotros. Dios consideró al hombre formando parte de su creación a pesar de que este se desvió del propósito original divino y cayó en el pecado.

b) Dios es el sustentador de la creación. Dice la Biblia sobre el Creador: tú haces que los manantiales viertan las aguas en las cañadas, y que fluyan entre las montañas. De ellas beben todas las bestias del campo; allí los asnos monteses calman su sed. Las aves del cielo anidan junto a las aguas y cantan entre el follaje. Desde tus altos aposentos riegas las montañas; la tierra se sacia del fruto de tu trabajo (Salmo 104:10- 13). De manera poética estas frases expresan que Dios sostiene activamente la creación y ha dotado a la tierra de una capacidad de renovarse, equilibrarse y adaptarse. La tierra no es un sistema de vida que se mantiene por sí mismo, como dicen los ecologistas ateos que hablan de la madre tierra o la diosa naturaleza. Dios es el Creador y él está por encima de su creación sin confundirse con ella, como hacen las religiones panteístas. Yahweh es el único Dios, el Creador y Soberano, y la Biblia condena la idolatría en que cayeron los pueblos antiguos, al adorar a la creación en vez del Creador (Romanos 1:24). Todas las formas de culto a la naturaleza como el politeísmo, el animismo, la astrología y el totemismo son idolátricos, pues solo el Creador es digno de adoración.

c) El destino futuro de la creación. La bondad de la creación mira al futuro. No es perfecta aún, debido a los efectos de la caída del hombre, pero será liberada un día como consecuencia de la obra redentora de Cristo. Esto debe motivarnos a tener un mayor interés por ella porque al fin y al cabo cuando esta tierra sea renovada será el lugar donde pasaremos la eternidad con Cristo. Es erróneo el pensamiento que supone que como la tierra va a ser destruida, no hace falta que nos preocupemos por ella y que podemos explotarla indefinidamente. Y lo que hacemos es destruirla perjudicándonos a nosotros mismos, amén de que pesa la condenación sobre sus destructores en el juicio final, pues ha llegado tu castigo (…) y de destruir a los que destruyen la tierra (Apocalipsis 11:18).

El cuidado responsable de la creación
El ser humano forma parte de la creación y de ahí que tenga las mismas necesidades que el resto de seres creados y esto se ilustra por la institución del día de reposo que ha de aplicarse por igual al hombre, a los animales y al campo. Este principio fue recogido en la legislación de Israel, pues además del sábado, tenían que descansar un año de cada siete y otro cada cincuenta, en el jubileo (Levítico 25:23), pero Israel nunca lo llevó a cabo plenamente. Este cuidado es por mandato divino (Génesis 1:28, 2:15). Dios nos creó a su imagen para gobernar en su nombre al resto de la creación. Pero esto se ha entendido mal, porque en vez de actuar a semejanza de Dios, en justicia, sabiduría, misericordia, amor y con responsabilidad, lo hemos hecho buscando nuestros intereses egoístas y eso nos está pasando factura. Llenar la tierra, sojuzgarla, señorear sobre los animales, cultivarla y cuidarla no es un permiso, ni una carta blanca para explotar los recursos naturales sin medida, destruir bosques, contaminar ríos y ensuciar el mar.

Conclusión
De lo que se trata es de administrar los recursos de manera inteligente manteniendo la armonía de la creación, tal como había salido de las manos de Dios. Pero el pecado estropeó esta armonía. En Cristo y su obra redentora se vislumbra una transformación en el futuro, tanto para nosotros, como para la tierra. En la actualidad, Dios sigue llamando a cada uno a que vuelva a Cristo, nuestro redentor y por él corregir la manera de pensar y actuar, lo que la Biblia llama arrepentimiento. Cristo vino para reconciliarnos con Dios, al hombre con el hombre y con la naturaleza. Por eso Cristo murió en la cruz del Calvario, resucitando de los muertos e inaugurando un nuevo orden de cosas que se consumará con su advenimiento en gloria. En este nuevo año tu vida puede cambiar si recibes con fe a Cristo como tu Señor y Salvador y en consecuencia le sirves honrándole en el cuidado de nuestro hábitat.

Pedro Puigvert