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Justificados mediante la fe, tenemos paz con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo.

Carta del apóstol Pablo a los romanos 5:1

Dentro de dos años, Dios mediante, el día 31 de octubre, vamos a conmemorar el V Centenario del nacimiento de la Reforma protestante, cuando el monje agustino alemán Martín Lutero, clavó 95 tesis en la puerta de la iglesia del castillo de Wittenberg, contra el vergonzoso comercio de las indulgencias, para originar una discusión académica. Pero aquel acto dio origen a una revolución espiritual y social que se extendió por toda Europa. Uno de los postulados de la Reforma es el anuncio de la justificación del pecador ante Dios por medio de la fe en Cristo, una enseñanza bíblica que se remonta a la época de Abraham, el cual creyó a Dios y le fue contado para justicia.

Significado de justificación por la fe
Este término en la Biblia no tiene el sentido que le damos de manera corriente en el lenguaje popular. Cuando alguien pretende probar alguna cosa dando razones sobre su modo de actuar, presentando testigos o documentos, decimos que se está justificando. Pero en las Escrituras se trata de una obra divina para con su pueblo, que se manifiesta no ejerciendo su ira ante el pecado del ser humano, sino que a pesar de la actitud rebelde de este, Dios hace prevalecer su salvación y soberanía en un acto judicial. En este acto declara justo al pecador arrepentido, sobre la base de la obra de Cristo en la cruz como pago de la condena que merece el pecador asumida por Jesús y que se aplica al que cree en él. El equivalente moderno de la justificación, podría ser la amnistía cuando la otorga alguien que tiene autoridad para hacerlo y perdona a un reo condenado. No obstante, este ejemplo adolece de la falta de un sacrificio, aspecto este que sí se da en la justicia divina, pues sin sacrificio no puede haber remisión de pecados.

Necesidad de ser justificados por la fe
Todos los seres humanos, en tanto que pecadores, están –estamos- privados de la gloria de Dios, es decir, de las perfecciones divinas que debían reflejarse en el hombre creado a su imagen y semejanza. Está privado de esta gloria por la caída y por su propio pecado. Además, todos somos inculpados por la ley: al reconocer que nadie es justificado por las obras que demanda la ley sino por la fe en Jesucristo, también nosotros hemos puesto nuestra fe en Cristo Jesús, para ser justificados por la fe en él y no por las obras de la ley; porque por estas nadie será justificado (Gálatas 2:16). Las obras de la ley son las acciones prescritas por la ley que, aún en el supuesto que alguien pudiera cumplirlas no puede ser declarado justo por Dios, pues delante de él nadie puede alegar inocencia (Salmo 143:2). Estas obras no son reprobables en sí mismas, ya que la ley de Dios es santa, y que el mandamiento es santo, justo y bueno (Romanos 7:12). Lo que resulta reprobable es su ejecución en un espíritu legalista, en el sentido de que su cumplimiento logrará la aprobación divina. Cuando el apóstol Pablo usa la frase las obras de la ley, esa expresión significa el esfuerzo supremo de la religión y la moralidad humanas para llegar a Dios. Si alguien conocía bien este asunto era Pablo, pues su pasado precristiano había sido una actividad constante en querer justificarse ante Dios por las obras de la ley, pero había descubierto que esto era imposible, ya que el único camino de salvación era ser declarado justo por Dios sin merecerlo, por la fe en Cristo. Entonces, ¿cuál es la función de la ley? Cuando se trata de la ley de Dios, esta tiene la función de señalar nuestra imposibilidad de cumplirla y, por tanto, nos condena. Actúa de tal manera que nos empuja hacia la cruz de Cristo, para que cuando vemos nuestra impotencia tengamos necesidad de acogernos a la gracia de Dios manifestada en su obra redentora, y por la fe que nos es dada, ser justificados y recibir la salvación.

Consecuencias de la justificación por la fe
Todos los que hemos puesto nuestra fe en Cristo estamos estrechamente unidos a él, tanto que su experiencia se convierte en la nuestra; compartimos la muerte a la ley y su resurrección a la nueva vida. De hecho esta nueva vida en Cristo no es otra cosa que Cristo resucitado viviendo en el que ha creído. Entonces se produce una tensión en la vida del cuerpo con la vida en Cristo, debido a que esta ya es el comienzo de la vida venidera, cuando la vida mortal todavía no ha terminado. Hay dos aspectos a tener en cuenta en relación con la obra de Cristo en la cruz. En primer lugar debemos tener presente lo que Cristo ha hecho por nosotros fuera de nosotros, es decir, su ofrenda en el Calvario, pues al que no conoció pecado alguno, por nosotros Dios lo trató como pecador, para que en él recibiéramos la justicia de Dios (2 Corintios 5:21). En segundo lugar, la manera en que actúa en nosotros dentro de nosotros como resultado del anterior y que realiza por medio del Espíritu Santo: y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de Cristo (Romanos 8:9). Por el primer aspecto queremos expresar el vivir y el morir de Cristo que es la parte objetiva de la obra redentora del Señor. Por el segundo estamos afirmando la obra del Espíritu Santo en el corazón del que ha creído que es la parte subjetiva y en consecuencia se produce un cambio radical de vida.

Conclusión
Hemos querido enfatizar que el acto redentor llevado a cabo por Cristo en la cruz es una obra divina a favor del pecador y el único medio aceptado por Dios para justificar al que arrepentido cree en dicha obra. Se trata de un acto de gracia a favor del reo condenado a causa de sus transgresiones. La resurrección de Cristo es el sello del triunfo de su obra sobre el pecado y la muerte. Mediante la fe el pecador se apropia de la obra de Cristo y es justificado sin que sean necesarias las buenas obras, las cuales son el producto lógico de la fe, como un árbol se conoce por sus frutos y no por sus raíces.

Pedro Puigvert