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Ciertamente, la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los seres humanos, que con su maldad obstruyen la verdad. Carta del apóstol Pablo a los Romanos 1:18

La miserable acción llevada a cabo por el copiloto Andreas Lubitz con un avión de la compañía alemana Germanwings, al estrellarlo expresamente contra una ladera de los Alpes franceses y causar la muerte a 149 personas más la suya propia, no solo ha conmocionado a la sociedad europea y mundial, sino que ha generado un encendido debate sobre la condición humana. Unos opinan que debido a diversos factores, este hombre sufrió un trastorno mental que le llevó a realizar su macabra maniobra; estos son los que creen en la bondad intrínseca del ser humano y que son las circunstancias de índole distinta las que inducen a obrar de manera injusta y mala. Sin embargo, otros opinan que al ser un acto premeditado ha puesto al descubierto que el hombre es capaz de realizar las acciones más horribles contra su prójimo, como por ejemplo, los crímenes cometidos contra millones de personas en los campos de exterminio nazis. ¿Qué dice la Biblia sobre la condición del ser humano?

La maldad humana a causa del pecado
La situación del hombre está claramente expresada en la Palabra de Dios de varias maneras, como ejemplo, que en su interior solo hay corrupción (Salmo 5:9) y que bajo su lengua esconde maldad y violencia (Salmo 10:7), pues son los que urden en su corazón planes malvados (Salmo 140:3). ¡Qué lejos está lo que Dios dice de lo que opina nuestra sociedad sobre los hombres! Desde hace más de dos siglos el concepto del hombre que tiene nuestro mundo es la del ”buen salvaje de Rousseau”, el enciclopedista francés que propugnaba la idea de la bondad esencial del hombre. Esta idea suprime la frontera moral, al pensar que el ser humano es bueno por naturaleza, cuando los mismos hechos que vemos continuamente a nuestro alrededor lo desmienten.

El lugar de la ley de Dios
Conocemos nuestra condición pecadora por medio de la ley de Dios, como dice el apóstol Pablo: si no fuera por la ley, no me habría dado cuenta de lo que es el pecado (Romanos 7:7), porque la ley lejos de justificar al pecador, le da el conocimiento de pecado, acusándole y condenándole como transgresor de ella. Como la ley de Dios pide amor a Dios y al prójimo, pero el ser humano es incapaz de cumplir perfectamente sus demandas, pone al descubierto su miseria moral y espiritual.

La miseria del ser humano
La imposibilidad del cumplimiento de las exigencias de la ley de Dios, nos conduce a contemplar la miseria total del hombre y que en vista de su carácter infeccioso, la corrupción heredada de nuestros primeros padres se conoce como “depravación total”, una frase que ha sido mal entendida, incluso por algunos cristianos, pues la comprenden como que en este supuesto no tendríamos ninguna responsabilidad delante de Dios. Sin embargo, fue acuñada para explicar el grado de maldad humana y lo pecaminoso que es el pecado, pues su significado no implica que cada hombre esté tan depravado como pudiera llegar a serlo, ni que el pecador no pueda tener un conocimiento innato de la voluntad de Dios, ni una conciencia que discierna entre el bien y el mal. Tampoco implica que el hombre pecador no admire con frecuencia el carácter y las acciones virtuosas de otros, o que sea incapaz de afectos y hechos desinteresados en sus relaciones con sus semejantes. Incluso que la voluntad no regenerada de cada hombre, en virtud de su propia pecaminosidad, tolere toda forma de pecado. Por el lado positivo, significa que la corrupción propia del ser humano, lo que es incuestionable, se extiende a todas partes de su naturaleza, a todas sus facultades y poderes tanto del alma como del cuerpo. En segundo lugar expresa que no hay en el pecador ningún bien espiritual absoluto, es decir, algún bien en relación con Dios, sino únicamente perversión, como testifica el apóstol Pablo: yo sé que en mí, es decir, en mi naturaleza pecaminosa, nada bueno habita. Aunque deseo hacer lo bueno, no soy capaz de hacerlo (Romanos 7:18). A todo esto debemos añadir que cuando nos referimos a la corrupción del hombre que le incapacita para alcanzar la salvación por sí mismo manifestamos dos cosas:

a) Que el pecador no regenerado no puede hacer ningún acto, por insignificante que sea, que logre la aprobación de Dios y responda a las demandas de la santa ley de Dios.

b) Que no puede el pecador cambiar por sí mismo su preferencia hacia el pecado y su yo, en amor para Dios, es decir, es incapaz de hacer ningún bien espiritual, como dijo Jesús: ciertamente os aseguro que todo el que peca es esclavo del pecado. (Evangelio de San Juan 8.34).

La necesidad de un Salvador
Por todo lo expuesto hasta aquí, nos damos cuenta que el ser humano necesita de un Salvador que pueda hacer por él lo que en su condición no puede hacer por sí mismo, al estar dominado por el pecado. Como está viviendo en tinieblas tiene que ser iluminado espiritualmente; al estar condenado precisa de la gracia de Dios; al comportarse injustamente tiene que ser declarado justo; como cautivo del pecado tiene que ser liberado; al tener el corazón inclinado de continuo al mal, exige que sea regenerado. Este Salvador, que la situación pecadora del ser humano demanda, ha sido provisto por Dios de manera única y exclusiva, pues en ningún otro hay salvación porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres mediante el cual podamos ser salvos. Se refiere al nombre de Jesús, el cual significa Salvador y reunía las condiciones de Dios y Hombre perfectamente justo, quien murió en la cruz en sacrificio por los hombres a los que vino a salvar.

Conclusión
Hemos contemplado como la Biblia y los mismos hechos corroboran, el ser humano viene a este mundo con una naturaleza inclinada al mal a causa del pecado que mora en él. No somos pecadores porque cometemos pecados, sino que el ser pecadores efectuamos pecados, como el árbol da sus frutos según su naturaleza: por medio de un solo hombre el pecado entró en el mundo, y por medio del pecado entró la muerte; fue así como la muerte pasó a toda la humanidad, porque todos pecaron (Romanos 5:12). Sin embargo, Dios en su gracia y por amor a los hombres envió a su Hijo al mundo para que expiara el pecado y los seres humanos pudieran reconciliarse con Dios y ser salvos de la condenación eterna. La salvación no es por obras, sino por gracia por medio de la fe y en arrepentimiento, para recibir el perdón de los pecados y la vida eterna.

Pedro Puigvert