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“Arrepentíos, y creed en el evangelio”
(Evangelio de Marcos 1:15)

El Señor Jesucristo empezó su ministerio anunciando un mandamiento doble: arrepentimiento y fe. La fe que es para salvación es una fe arrepentida y el arrepentimiento que es para vida es un arrepentimiento que cree. La interdependencia de fe y arrepentimiento puede verse en seguida cuando pensamos que la fe, es fe en Cristo para salvación de pecados. Pero si se dirige la fe hacia la salvación del pecado, tiene que haber aborrecimiento y el deseo de ser salvo de él. Este aborrecimiento del pecado implica arrepentimiento, que esencialmente consiste en volvernos del pecado hacia Dios.

El significado del arrepentimiento
La Biblia, de principio a fin enseña sobre el arrepentimiento. Empezando por los patriarcas, leemos estas palabras de Job: por tanto me retracto de lo que he dicho y me arrepiento en polvo y ceniza. Había visto a Dios con los ojos de la fe y eso era suficiente para él. El polvo y la ceniza eran los signos externos del arrepentimiento. El gran rey David había pecado grandemente y este hecho le llevó a escribir estas sentidas palabras: me dije “voy a confesar mis transgresiones al Señor” y tú perdonaste mi maldad y mi pecado. La confesión de pecados a Dios debe ir acompañada de arrepentimiento para recibir su perdón. En otra ocasión David lo expresa así: contra ti he pecado, solo contra ti, y he hecho lo que es malo ante tus ojos; por eso tu sentencia es justa y tu juicio irreprochable. El profeta Jonás pronunció un mensaje muy corto: “dentro de cuarenta días Nínive será destruida”. El resultado fue que los ninivitas creyeron a Dios (… ) y se vistieron de luto en señal de arrepentimiento. Juan el Bautista, el precursor de Jesús proclamaba este mensaje al pueblo: arrepentíos porque el reino de los cielos se ha acercado. El mismo Señor Jesucristo antes de su ascensión a los cielos mandó que en su nombre se predicara el arrepentimiento y el perdón de pecados a todas las naciones. Y los apóstoles enseñaron la misma doctrina, pues Pablo decía que había estado testificando solemnemente tanto a judíos como a griegos el arrepentimiento para con Dios y la fe en el Señor Jesucristo.

La naturaleza del arrepentimiento
Fundamentalmente, el arrepentimiento consiste en un cambio en el corazón, en la mente y en la voluntad. Y esto se refiere a cuatro cosas: a) un cambio en la mente respecto a Dios; b) un cambio de modo de pensar sobre nosotros mismos; c) un cambio de discurrir con relación al pecado; d) un cambio de razonar acerca de la justicia. Sin la regeneración, nuestro pensamiento acerca de Dios, de nosotros mismos, del pecado y de la justicia, se halla totalmente corrompido. La regeneración cambia nuestro corazón y nuestra mente, renovándolos totalmente. Por lo tanto se produce un cambio radical en nuestros pensamientos y sentimientos. Las cosas viejas pasaron y todas son hechas nuevas. Es importante señalar que la fe que es para salvación va siempre acompañada por un cambio en el modo de pensar y de actuar. Nadie que se haya arrepentido verdaderamente de sus pecados y creído en Cristo sigue pensando lo mismo de Dios, de él mismo, del pecado y de la justicia. En su vida se habrá producido un cambio que afectará a todas las esferas de su existencia. Sus actos ya no serán los mismos de antes, como tampoco sus actitudes. Este cambio en la manera de pensar, no es solo con relación al pecado en general, sino con respecto a los pecados en la particularidad e individualidad que tienen nuestros pecados. Resulta fácil ver y hablar acerca de los pecados de los demás y a la vez no estar arrepentidos de nuestros propios pecados. El arrepentimiento en el caso de los tesalonicenses, se manifestó por el hecho de apartarse de los ídolos para servir al Dios vivo y verdadero. Ahí se observa claramente el cambio que se produjo en su modo de pensar y en sus vidas. La idolatría caracterizaba la realidad de su enemistad con Dios y por medio del arrepentimiento se puso en evidencia la autenticidad de su fe y esperanza.

El mandamiento del arrepentimiento y la fe
Cuando nos referimos al arrepentimiento, entendemos que se trata de arrepentirnos del pecado y de los pecados. Es decir, cada uno de nosotros es pecador por naturaleza, como tal pecamos y estamos muertos espiritualmente. Pero en el mandato de Jesús el arrepentimiento está vinculado a la fe. Por tanto, el arrepentimiento que ordenó el Señor debe ser consecuente con la fe en Cristo. El arrepentimiento que desecha el pecado que mora en nosotros y la fe que da entrada a Cristo como único Señor y Salvador en nuestros corazones, limpia nuestras almas de obras muertas y la fe las llena de obras vivas. Ambas cosas unidas componen la obra de la gracia interior por medio de la cual somos salvos. La fe es la confianza plena en Cristo. Y la salvación es solamente por la fe en Cristo sin el añadido de las obras de la ley. Pero no podemos pasar por alto que la simple confianza en Cristo como medio de salvación debe recordar al pecador que únicamente es auténtica si está ligada con el arrepentimiento de pecados del pasado. Ningún arrepentimiento es auténtico si no está comprometido con la fe; ninguna fe es verdadera si no está relacionada con el arrepentimiento de corazón de nuestros pecados.

Conclusión
El Señor Jesucristo, ilustrando la condición del perdido por medio de la parábola de la oveja extraviada que es hallada por el pastor, añade que hay gozo delante de los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente. En el cielo hay gozo por el arrepentimiento de un pecador porque muestra que la obra de Cristo en la cruz, de donde surgen las riquezas de su gracia, ha alcanzado a un pecador salvándole de la condenación eterna. Y tú querido lector, ¿te has arrepentido ya y creído en Cristo? Ahora que empezamos un nuevo año y que tantos propósitos nos hacemos, ninguno más importante que arreglar tus cuentas con Dios, reconociendo que eres pecador y que te acoges a la obra salvadora de Cristo por medio de la fe. Solo de esta manera podrás tener vida eterna. No dejes pasar un día más, vuélvete a él con arrepentimiento y fe.

Pedro Puigvert