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“Un hombre tenía dos hijos. El menor le dijo a su padre: ‘Papá,
dame lo que me toca de la herencia.’ Así que el padre repartió su herencia
entre los dos.”
(Evangelio de Lucas 15:11-12)

Seguramente, habrás oído contar alguna vez la parábola de Jesús que se conoce como del hijo pródigo, cuando en realidad se trata de dos hijos perdidos, porque aunque el menor vivó perdidamente, el mayor estaba tan perdido como su hermano.

El hijo menor
Este quiere que el padre le dé lo que supone que le toca por derecho de herencia, pero no quiere a su padre. Rechaza a su progenitor, pero al mismo tiempo no tiene empacho en aceptar y vivir de lo que su padre le ha dado. El joven deja el hogar paterno y se marcha a un país lejano, en el que empieza a malgastar el dinero de que dispone entregándose a la vida licenciosa. Sin embargo, esto no va a durar siempre. Lo peor de todo no es que el joven gastase a manos llenas la herencia, sino que estaba malgastando su vida entregado a aquello que era contrario al deseo paterno ahora que no estaba bajo su autoridad. Mientras tenía dinero, tuvo amigos, algo muy habitual, pero al acabarse el dinero, perdió los amigos. Las cosas van siempre por este orden. Para complicar más su vida, hubo una gran escasez en aquella tierra. La recesión económica hizo su aparición y llegó la depresión. En una situación de crisis, semejante a la que estamos viviendo, podemos pensar que era lo peor que podía pasarle a aquel muchacho amante de la juerga y el botellón. No tenía que comer ni vestir y acabó viviendo como un pordiosero, cuando en la casa de su padre no le había faltado nada desde su infancia. ¿Era eso malo o bueno para él? Aunque los tiempos de crisis económica pueden parecer nocivos, hay algo bueno en ellos cuando remueven conciencias y muestran que podemos prescindir de cosas superfluas y podemos vivir sin despilfarrar el dinero. El conocido escritor cristiano C.S. Lewis lo expresó de esta manera: “En medio del placer Dios susurra su palabra, cuando estamos conscientes Dios nos habla, pero en medio del dolor habla a gritos. El dolor es el vocero de Dios para despertar a un mundo sordo”. En el caso del joven de la parábola, el dolor producido por la escasez económica fue el vocero que Dios usó para despertarlo. Tuvo que trabajar cuidando cerdos, algo denigrante para un judío. Cayó tan bajo que tuvo que aceptar este trabajo y fue en este punto cuando volvió en sí. Los ojos le fueron abiertos y en ese momento todo cambió. La forma de pensar en su padre ya no es la misma que al principio; entonces dijo: “padre dame lo que me pertenece, me marcho de aquí, quiero vivir mi vida”. Al final dice: “padre he pecado contra el cielo y contra ti”. Este es un cuadro magnífico de lo que significa la conversión.

El Padre
Lo primero que destaca es que no forzó al hijo a quedarse, ni trató de persuadirlo. A pesar de conocerlo, no dudó en darle la herencia y que se fuese. Aquel joven tenía que vivir su vida y experimentar lo que es vivir lejos de la casa del padre y que finalmente le llevaría arrepentirse y confesar su pecado, tanto a Dios como a su padre. En cuanto el hijo volvió a casa, el padre lo recibió sin hacerle preguntas ni humillarle más de lo que ya estaba. Aceptó su vuelta a casa, extendió sus brazos, lo abrazó y lo besó. Era un padre comprensivo que aguardaba con esperanza el regreso de su hijo. Por la forma en que vio al hijo venir de lejos, deducimos que hacía mucho tiempo que estaba a la expectativa. No solamente le dio un gran recibimiento, sino que lo vistió de ropas espléndidas y le hizo una gran fiesta para celebrar su vuelta al hogar. Era un hijo que estaba muerto moral y espiritualmente y había vuelto a la vida; era un hijo perdido que había sido hallado. En estas palabras encontramos nuevamente un cuadro sin igual sobre el alcance de la conversión.

El hijo mayor
Se trata de un personaje singular quien a pesar de todas sus virtudes, estaba tan perdido como su hermano. Él mismo pone relieve que había destacado por el servicio y la obediencia a su padre durante muchos años. ¿Hay algo que reprocharle de esta actitud? Sin duda no. Sin embargo, a continuación le sigue una recriminación a su padre: ni un cabrito me has dado para celebrar una fiesta con mis amigos. El hombre estaba indignado y vierte todo su enojo sobre su hermano al que reprueba su inmoralidad sin darse cuenta que su actitud era también merecedora de censura: ahora llega ese hijo tuyo, que ha despilfarrado tu fortuna con prostitutas, y tú mandas matar en su honor el ternero más gordo. Ni siquiera es considerado con su hermano que ha regresado arrepentido, porque le llama despectivamente ese hijo tuyo. El padre de la parábola no dejó afuera al hermano mayor, sino que con el mismo amor que tenía por el hijo menor actuó para salvar el enfrentamiento entre ellos diciéndole que el que había vuelto no era solo su hijo sino también el hermano del mayor.

Conclusión
Querido lector, ¿con cuál de los dos hermanos te sientes más identificado? A lo mejor tú has vivido también perdidamente después de haber abandonado la casa del Padre, tu Creador y piensas que todo lo malo que has hecho no puede ser borrado para reconciliarte con Dios. Es verdad que por ti mismo no puedes limpiarte de tus pecados, pero vino Cristo a este mundo para pagar en tu lugar la deuda que has contraído con Dios. Cristo murió en la cruz para darte vida ya que estás muerto, como el joven de la parábola, y Cristo es el único que puede cambiar tu vida si vuelves en sí y como aquel joven, le dices a Dios: “Padre he pecado contra ti, perdóname y aplícame la obra del Señor Jesucristo para ser salvo”. Quizás, eres como el hermano mayor que piensas que siempre has actuado correctamente, que eres una buena persona y tienes una religión con la que cumples adecuadamente, pero al justificarte a ti mismo no te das cuenta que eres igualmente pecador como el que ha vivido perdidamente y necesitas también acogerte al amor de Dios porque él dice que todos somos pecadores y estamos destituidos de su gloria y el único que puede darte vida es Cristo Jesús.

Pedro Puigvert