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En las últimas semanas del mes de diciembre se ha vivido, a nivel mundial, en un estado de excitación ante la divulgación, o así se ha interpretado, del fin del mundo según un calendario de los mayas. Si una parte de la humanidad ha creído la noticia a pie juntillas, de tal manera que algunos han construido bunkers para librarse de la destrucción, otro un artefacto esférico para resguardarse, los más espabilados la han aprovechado para hacer negocio, porque según parece había algunas partes del planeta que no se verían afectadas por este supuesto cataclismo o lo que fuera que vendría.

Una vez más se pone de relieve la credulidad de aquellos que luego no quieren creer en las palabras del Señor del Jesucristo y que en vez de buscar la salvación en él son capaces de hacer lo indecible para librarse de los efectos de una noticia que la prensa mundial ha difundido con un propósito lucrativo. Los humoristas autóctonos se han burlado, diciendo que el fin del mundo nunca podía ser el día 21 de diciembre porque el día 22 era el sorteo de la lotería de Navidad y antes debían saber si les había tocado “el gordo”.

¿Tiene algo que decir la Biblia a todo esto? En primer lugar el único que tiene el destino de la humanidad en sus manos es el Señor Jesucristo: “el León de la tribu de Judá, la raíz de David, ha vencido para abrir el libro y desatar sus siete sellos” (Apocalipsis 5:5).

Jesucristo es el único que conoce los secretos divinos
En el capítulo quinto del libro de Apocalipsis, Juan ha estado llorando porque no hay nadie a quien Dios pueda revelar sus secretos y propósitos. De aquí se desprende que ningún agorero de este mundo, sean los mayas, Nostradamus o la pléyade que pulula por el espacio cibernético, hayan acertado en sus pronósticos de fechas anunciando catástrofes, llegada de extraterrestres y todo lo que la imaginación da de sí en algunos iluminados, como por ejemplo, el anuncio del fin del mundo. Incluso, en el ámbito religioso cristiano podemos añadir las interpretaciones fantasiosas que algunos hacen de la Biblia o las revelaciones marianas que también tienen su lugar en todo este totum revolotum. Entonces, viene a Juan uno de los ancianos que actúa como mensajero de Cristo y le dice: “deja de llorar”, porque hay uno que ha ganado la victoria, que puede considerarse digno de abrir el libro y romper los sellos: Jesucristo.

¿Qué significa decir que Jesucristo puede abrir el libro y romper los sellos?

En primer lugar, quiere decir que a causa de su victoria sobre la muerte y sobre todos los poderes del mal, y a raíz de su obediencia y fidelidad al Padre, es capaz de conocer los secretos divinos y de revelar estos secretos. Él sentado sobre su trono preside el desarrollo de los acontecimientos que han de producirse y controla el acaecer de todas las cosas futuras.

En segundo lugar, Jesucristo es el Señor de la historia y de ahí que se le pueda llamar el León de la tribu de Judá y la raíz de David. El título “León de Judá” se remonta a la bendición final de Jacob a sus hijos, antes de su muerte. En esa bendición llama a Judá “cachorro de león” (Génesis 49:9). El descendiente más grande de su familia es el “León de Judá”, un título mesiánico que lo convierte en un símbolo apropiado para representar al Mesías omnipotente. En cuanto a la “raíz de David”, es un título que procede de Isaías 11:1 que dice: “Del tronco de Isaí brotará un retoño; un vástago nacerá de sus raíces”. Isaí era el padre de David y eso significa que Jesucristo era el Hijo de David, el Mesías prometido. Estos títulos afirman que Jesucristo ejecutó de manera victoriosa el oficio de Mesías y que por lo tanto es digno de conocer y revelar los secretos de Dios y presidir la ejecución de sus propósitos en la historia. Por ende, no debemos dejarnos impresionar por estos falsos anuncios y atender exclusivamente a la Revelación de Jesucristo.

Jesucristo anunció el fin del mundo para cuando regrese
Saliendo Jesús del templo, los apóstoles le preguntaron: “¿Cuál será la señal de tu venida y del fin del mundo?” Y el Señor les respondió: “La señal del Hijo del Hombre aparecerá en el cielo (...) verán al Hijo del Hombre venir sobre las nubes del cielo en poder y gran gloria (...) pero en cuanto al día y la hora nadie lo sabe” (Mateo 24:30,36). Muchos se pasan la vida buscando señales que anticipen el acontecimiento del regreso de Jesucristo y el fin del mundo. Se han escrito miles de libros, y se siguen escribiendo, que son todo un monumento al fracaso humano de querer saber el día y la hora de la segunda venida de Cristo y el fin del mundo.

Se supone que algún día acertarán, pero el propósito de las palabras de Jesús no son para satisfacer la malsana curiosidad humana, sino para que los hijos de Dios estemos preparados en vigilia continua, en oración y acción, proclamando las buenas noticias del Evangelio. La señal del Hijo del Hombre no tiene carácter anticipativo, de aviso, puesto que aparece en el mismo instante en que “todas las tribus de la tierra” verán al Hijo del Hombre viniendo sobre las nubes del cielo, en poder y gran gloria. No hay pues señal en el sentido de advertencia que pueda servir para conocer el tiempo de su venida. Esto es así, porque el regreso de Jesucristo en los propósitos de Dios “vendrá como ladrón en la noche”, es decir, inesperadamente (Mateo 24:43).

¿Estás preparado para presentarte ante Jesucristo?
Entre los acontecimientos que formarán parte del regreso de Jesucristo está el de tener que presentarse ante él en su tribunal para ser juzgado. Para los que han creído en él y se han acogido a su obra redentora de la cruz, no tienen nada que temer porque “ya no hay ninguna condenación para los que están unidos a Cristo Jesús” (Romanos 8:1).

Sin embargo, los que han rehusado creer en el Hijo del Hombre les espera un juicio severísimo y el infierno eterno. El mismo Señor Jesucristo lo explica en la parábola de la mala hierba y dice: “así como se recoge la mala hierba y se quema en el fuego, ocurrirá también en el fin del mundo. El Hijo del Hombre enviará a sus ángeles, y arrancarán de su reino a todos los que pecan y hacen pecar. Los arrojarán al horno encendido, donde habrá llanto y rechinar de dientes” (Mateo 13:40-42).

La Biblia enseña claramente que todos somos pecadores y, por tanto, la expectativa de condenación es para todos. Sin embargo, Dios ha provisto un medio para escapar de la condenación eterna. Envió a su Hijo como víctima propiciatoria para expiar nuestros pecados, el cual sufrió nuestra condena en la cruz. A partir de ahí, todos los que se acogen a su obra, se arrepienten y creen en él, son salvados de la condenación y tienen vida eterna.

Conclusión
Si hay una noticia que realmente debe preocuparte no es la del fin del mundo, sino la de qué pasa con el que no ha creído en Cristo, porque delante de él solo se abre un fin terrible: la muerte eterna. Pero Dios en su gracia te ofrece hoy la salvación porque no quiere que ninguno perezca sino que todos sean salvos (1 Timoteo 2:4). “El Señor no retarda su promesa (…) porque es paciente, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento” (2 Pedro 3:9).

Pedro Puigvert