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Esta frase la hemos extraído de un texto de la carta que el apóstol Pablo escribió a los cristianos efesios y que dice de manera completa: “Porque por gracia habéis sido salvados mediante la fe; esto no procede de vosotros, sino que es el regalo de Dios, no por obras para que nadie se jacte” (Efesios 2:8-9). Sin lugar a dudas se trata de uno de los textos que mejor describe el gran amor de Dios hacia el ser humano perdido para señalarle el camino de la salvación.

La gracia de Dios
Antes de considerar lo que es la gracia de Dios, debemos partir de lo que dice Pablo cuando inicia su argumento al principio de la porción de donde procede la frase citada más arriba. Empieza por describir de manera incontestable la condición del ser humano que vive al margen de Dios. No se refiere a ningún hombre o mujer en particular, sino a toda la raza humana. No está describiendo a ningún grupo humano diferenciado rechazado por la sociedad por su corrupción, ni tampoco a pueblos paganos que viven inmersos en la inmoralidad adorando a sus dioses. Lo que hace es mostrarnos lo que la Biblia enseña acerca del ser humano caído. Dice textualmente: “estáis muertos en vuestras maldades y pecados” (Efesios 1:1-2).
Aquí la muerte no es una figura simbólica, sino la condición real espiritual de todos los que están sin Cristo. Esto es debido a sus maldades y pecados. Quizás estás pensando que estas palabras no tienen que ver contigo, porque tú eres una buena persona que no haces mal a nadie. Sin embargo, si vives ajeno a la vida de Dios estás muerto espiritualmente, como las viudas de las que dice Pablo: “la que se entrega a los placeres, viviendo está muerta” (1ª Timoteo 5:6). Una vez hemos contemplado la triste condición del ser humano, estamos en situación de contrastar este cuadro con la gracia de Dios. Él ha tomado la iniciativa porque un muerto no puede hacer nada para salir de su estado. En primer lugar, con su gran amor con que nos amó, sin merecerlo ningún ser humano, tuvo misericordia de nosotros. Esta acción divina corresponde a lo que entendemos por gracia o favor gratuito de Dios hacia el pecador.

Aunque los que recibimos el favor o gracia divina no hemos de pagar nada, el coste ha sido altísimo para Dios, pues tuvo que entregar a su amado Hijo en sacrificio por nuestros pecados y maldades. Jesús tuvo que morir en una cruz, dar su vida por nosotros, de modo que en Cristo “tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados, según las riquezas de su gracia” (Efesios 1:7). Pero hay más: estábamos muertos y los muertos no resucitan, pero Dios nos resucitó con Cristo. Éramos esclavos del pecado y de la carne y del mundo, pero Dios nos ha dado libertad en Cristo y nos ha sentado en lugares celestiales con él. Hay dos partes diferenciadas, lo que éramos antes de creer en Cristo y lo que somos ahora por su gracia. ¿Crees esto?

La salvación de Dios
Dice el texto de cabecera que por gracia somos salvos. ¿Cuál es el significado de la salvación que Dios da como gracia? Por una parte debemos considerar lo que Dios ha hecho y por otra los motivos que ha tenido para hacerlo. Cuando leemos el pasaje en su totalidad, nos damos cuenta que la salvación se expresa por medio de tres verbos que muestran lo que Dios ha hecho en Cristo a nuestro favor. En primer lugar nos da dado vida juntamente con Cristo (Ef. 2:5). Luego juntamente con él nos resucitó (Ef. 2:6a) y en tercer lugar nos hizo sentar en lugares celestiales con Cristo (Ef. 2:6b). Estos verbos manifiestan tres acontecimientos históricos sucesivos en la vida de Jesús. Después de muerto y sepultado, resucitó; a los 40 días ascendió a los cielos y por último, fue entronizado en ellos. Pero Pablo no se refiere a Cristo en estas frases, sino a los que hemos creído en él. El destino de los que han sido salvados por Cristo está estrechamente vinculado a su persona. Porque estábamos muertos y nos ha dado vida, éramos esclavos del pecado y nos ha liberado quitando las ligaduras de la muerte y para Dios ya estamos sentados en los cielos, y aunque este tercer aspecto, la glorificación, todavía no haya sucedido, él ya lo contempla como una realidad.

Estos aspectos no pertenecen a un cierto tipo de misticismo ajeno por completo a la vida de este mundo, sino a la realidad de la experiencia con Cristo, o sea, la nueva vida que nos ha dado, en que somos conscientes que ya no podemos vivir como antes, sino andar en plena comunión con Dios por medio de Cristo. Nos preguntamos, ¿Por que Dios ha hecho todo esto por unos seres que no quieren amarle y pecan contra él? La respuesta la tenemos en cuatro términos de la misma porción. En primer lugar, porque es rico en misericordia (Ef. 2:4a). En segundo lugar, por el gran amor con que nos amó (Ef. 2:4b). En tercer lugar, por su gracia (Ef. 2:5,8). En cuarto lugar, por su bondad para con nosotros (Ef. 2:7). Todos estos aspectos corresponden a la iniciativa tomada por Dios para salvar a los que están muertos en sus delitos y maldades.

La fe en Dios
Al llegar aquí, seguramente te preguntarás qué debes hacer para ser salvo o para recibir la salvación. Hemos leído en el primer párrafo que somos salvados mediante la fe. Por tanto, la fe es el requisito imprescindible para hacer nuestra la salvación, pero la fe no es algo con lo que nosotros contribuimos a nuestra salvación, sino que al igual que la gracia es un don de Dios. Pero se trata de un don que nosotros debemos ejercer para que sea efectivo. La mejor ilustración de fe salvífica, es la mano extendida dispuesta a recibir un regalo sin tener que dar nada a cambio. El texto sigue diciendo: “no por obras”, es decir, por méritos propios que nos hagan acreedores de recibir el regalo de la salvación que Dios nos da. Se trata de confiar plenamente en Dios que por los méritos de Cristo nos otorga la salvación gratuitamente. ¿Quieres recibirla?

Conclusión
Cuando recibas la salvación, tu vida experimentará un cambio radical: en vez de andar en delitos y maldades, andarás en novedad de vida haciendo buenas obras que Dios ha preparado de antemano. El contraste es completo. “Si confesares con tu boca que Jesús es el Señor y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo” (Romanos 10:9).

Pedro Puigvert