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LA CRISIS DE JESÚS EN GETSEMANÍ

Dentro de pocas semanas, la cristiandad volverá a colocar en el centro de la celebración religiosa, el recuerdo de un acontecimiento que marcó el comienzo de una nueva era. Como los hechos ocurrieron durante una semana, empezando por la entrada clamorosa de Jesús en Jerusalén y terminando el domingo siguiente con su victoria sobre la muerte saliendo triunfante de la tumba donde había sido depositado, se llama Semana Santa. En la actualidad, se trata de una semana festiva, pero para la mayoría, incluidos muchos cristianos, es dudoso que sea santa, es decir, apartada para Dios. En esta ocasión queremos referirnos a una situación, que puede resultar insólita para incontables, un trance crítico que tuvo lugar en un huerto llamado Getsemaní y que protagonizó Jesús.

Los acontecimientos previos a aquella noche de crisis
Después de la cena pascual, Jesús y sus once apóstoles cantaron el himno con que se ponía fin a la misma. Seguramente se trataba de la segunda parte de la Hallel (Salmos 115 a 118). Jesús estaba preparado para salir de la ciudad hacia el monte de los Olivos y allí entrar en un pequeño huerto, en el sentido oriental, en el que había un lugar tranquilo para poder orar.
La pálida luz de la luna caería sobre el grupo al cruzar el torrente de Cedrón. Mientras se dirigían al huerto, recuerda a los suyos que pronto iban a cumplirse las palabras del profeta Zacarías que se levantaría la espada contra el pastor con estos términos: “Heriré al pastor y las ovejas del rebaño serán dispersadas”. Estas palabras estaban en su pensamiento por cuanto como Cordero de Dios se dirigía al sacrificio.

Una vez llegaron al huerto, ocho de los apóstoles no podían seguir más adelante, debían quedarse allí y orar para no entrar en tentación. Los otros tres, Pedro, Santiago y Juan, que estuvieron con Jesús en el monte de la Transfiguración, se los llevó más lejos y fue sintiendo tristeza, desolación y gran angustia. Les habló de la aflicción de su alma y les mandó que se quedaran allí y velaran con él, mientras marchaba más adelante para entrar en la lucha con oración. Ellos vieron sólo los primeros momentos de la lucha, escucharon únicamente las primeras palabras de aquella hora de agonía. Un sueño irresistible se apoderó de ellos. Jesús tenía que soportar solo en comunión con el Padre el peso de la presión de aquella hora.

El lugar de la crisis de Jesús
Getsemaní es una palabra aramea que significa “prensa de aceite”. Era un huerto situado al este de Jerusalén, más allá del valle del Cedrón y cerca del monte de los Olivos. Era un lugar solitario, favorito de Cristo y de sus discípulos, que fue el escenario de la agonía, la traición de Judas y el arresto de Jesús. Mientras en el huerto del Edén, Adán transgredió el mandamiento de Dios por medio de la desobediencia, en el huerto de Getsemaní el segundo Adán, Cristo Jesús, obedeció la voluntad del Padre, superando una agónica crisis como nadie en el mundo ha tenido que sufrir.

La crisis agónica de Jesús
Solo, como en el primer conflicto con Satanás en la tentación en el desierto, Jesús tiene que entrar en la lucha final. Con una agonía casi indescriptible tomó sobre sí mismo la responsabilidad de cargar con los pecados del mundo, los tuyos y los míos, querido lector y que dentro de unas horas iba a expiar muriendo en una cruz. “Ofreciendo ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que podía librarle de la muerte, fue oído a causa de su temor reverente, y aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia” (Carta a los Hebreos 5:7). Ahora, de rodillas, postrado en el suelo sobre su rostro, empezó su agonía. Sus palabras dan testimonio de ello: “Mi alma está muy triste hasta la muerte (….). Padre mío, si es posible pase de mí esta copa, pero no sea como yo quiero sino como tú”. El tema de la oración era que la copa, el trance de la muerte, debía pasar, pero siempre con la limitación de que debía hacerse la voluntad del Padre, no la suya propia.

La petición de Jesús, pues, se sometía no sólo a la voluntad del Padre, sino a su propia voluntad ya que la que debía prevalecer era la del Padre. Era el Hombre no caído el que había de morir, aquel que no tenía experiencia de ella había de gustar la muerte, y eso no por sí mismo, sino por todos los hombres, apurando los residuos más amargos de la copa. Era el Cristo sufriendo la muerte por el hombre y para el hombre; el Dios encarnado, el Dios Hombre, sometiéndose de manera sustitutiva a la humillación más profunda y pagando la máxima pena: la muerte. Nadie más podía gustar aquella amargura, sólo él tenía que ser sacrificado.

El que se enfrentara con la muerte fue su conflicto final con Satanás a favor del hombre, de ti y de mí. Al someterse a ella le arrancó su poder. Más allá de eso está el misterio de Cristo llevando la pena debido a nuestro pecado, muriendo nuestra muerte, el castigo de la ley quebrantada, la culpa acumulada de la humanidad y la ira del Juez justo sobre ella.

Conclusión
Ante este misterio se cierran nuestros ojos porque no podemos ver y ser incapaces de comprender su profundidad. La intensidad de su agonía era tal que su sudor era como de grandes gotas de sangre que caían al suelo. Tuvo que venir un ángel del cielo para fortalecerle. Pero aquella crisis fue superada con creces. Después de las tres tentaciones en el desierto, el diablo le había dejado.

Después del triple conflicto, las tres veces que oró en el huerto, Satanás estaba derrotado y Cristo salió triunfante. Es cierto que murió en la cruz, pero al tercer día salió victorioso de la tumba para garantizar que su obra de salvación se había consumado y todos los que nos acogemos a ella con arrepentimiento y fe tenemos el perdón de pecados y la vida eterna.

Pedro Puigvert