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¿QUIERES SER VERDADERAMENTE RICO?

En el fondo del corazón del ser humano hay un deseo irrefrenable por obtener riquezas sin esfuerzo que le permitan vivir sin problemas. De ahí el éxito que tienen las innumerables loterías y juegos de azar que han surgido desde hace unos cuantos años. Pero a veces los que han recibido un suculento premio o una generosa herencia, se han dado cuenta que no son tan felices como se habían imaginado y su vida ha terminado en un desastre. Todo esto es debido a que el corazón humano está corrompido y la avaricia ha hecho presa de él.

¿Qué hay detrás del deseo de enriquecerse?
Con relación a esto, el Señor Jesús se encontró en una ocasión con una persona anónima que surgió entre la multitud y dirigiéndose a él le hizo una extraña petición: “Maestro, di a mi hermano que parta conmigo la herencia” (Lucas 12:13). Aquel hombre veía en Jesús a un Maestro que tenía autoridad para resolver un conflicto familiar. Desconocemos el entresijo de la pregunta, pero podemos intuir que su petición tenía que ver con la búsqueda de justicia porque se sentía defraudado por la negativa de su hermano de compartir lo que a su criterio le correspondía.

La respuesta de Jesús pone de relieve que él estaba realizando un ministerio espiritual que no quería comprometer con contiendas de este tipo. Para eso ya estaban los jueces. Pero aquel hecho le sirvió para dar una lección espiritual y moral sobre lo que subyacía en la pregunta de aquel individuo, la avaricia, con una sentencia contundente: “La vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee” (Lucas 12:15). De ahí se desprende que hay otro tipo de riqueza no material que es superior a las posesiones que los seres humanos ambicionan y que puede ser su perdición.

El hombre que sólo pensaba en enriquecerse
La avaricia que Jesús percibió en su interlocutor y que había expresado lo nociva que era para el ser humano, por sus consecuencias en su vida, le dio pie para contar una historia que ponía de relieve este pecado que anida en el corazón. Jesús ilustraba sus enseñanzas con historias que se conocen como parábolas. Una parábola es una historia real o ficticia, pero que entra en el terreno de lo posible. Entraña una lección o moraleja y a la vez sirve para ilustrar una verdad. Jesús, en su ministerio usó este método de enseñanza muchas veces. En la ocasión a la que nos referimos, para ilustrar lo maligna que es la avaricia, hizo una semblanza de un hombre rico que tenía una heredad que había producido mucho.

Pero este hecho, en lugar de ser motivo de alegría, lo era de preocupación, porque no sabía que hacer con la abundancia de los frutos que había recolectado. Buscando una solución a este problema, se le ocurrió que lo mejor que podía hacer era derribar los graneros que poseía y edificar otros mayores para guardar sus frutos y sus bienes. Esta solución no era solamente para solventar un problema puntual, sino para comprobar físicamente su poderío económico. Porque una vez construidos los graneros, lo que quería era regodearse en sus posesiones, darse al banqueteo y no preocuparse de nada más. No pensó en los necesitados a quienes ayudar, ni tan solo en sí mismo en cuanto a su futuro. Pero he aquí que Dios la mostró la estupidez de su actitud.

Era un necio que no pensaba que todo lo conseguido era temporal y no podría llevarse nada cuando le llegara la muerte que estaba a las puertas. ¿Para qué se había afanado tanto? ¿De quién sería todo aquello? Cuando muriera, ¿dónde pasaría la eternidad? Se había afanado mucho en lo material y era muy rico, pero en realidad era un pobre desventurado que había olvidado lo principal.

¿Cómo conseguir la verdadera riqueza?
Como dijo Jesús, la vida humana no se encuentra en las posesiones materiales, cuyo motor es la avaricia, es decir, el deseo incontrolado de obtener riquezas, sino en la confianza en Dios que nos proveerá de lo necesario. Además la avaricia es idolatría (Colosenses 3:5), o sea cuando ponemos el deseo de tener cosas sustituyendo a Dios y les rendimos adoración. Por eso la idolatría es pecado al hacer de la avaricia un ídolo.

Todo pecado es una ofensa a Dios y está castigado con la condenación eterna con esta sentencia: “por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23). Sin embargo, Dios que es rico en misericordia, con el amor con que nos amó, quiso darnos las riquezas de su gracia en Cristo Jesús cuando lo envió a este mundo para dar su vida por nosotros y librarnos de la condenación eterna. Dice la Biblia: “Ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que aunque era rico, por causa de vosotros se hizo pobre, para que mediante su pobreza vosotros llegarais a ser ricos” (2ª Corintios 8:9).

Estas impresionantes palabras se explican por cuanto Cristo, el Hijo de Dios, desde toda la eternidad estaba con Dios y era Dios (Juan 1:1). Su excelencia era proclamada por los ángeles que le adoraban (Hebreos 1:6), ya que compartía con el Padre la soberanía y el máximo honor, ensalzado en el trono de la suprema majestad (Hebreos 1:8). Sin embargo, renunció a ostentar tal grandeza y se rebajó voluntariamente tomando la forma de siervo haciéndose semejante a los seres humanos, con idénticas necesidades y expuesto a toda clase de sufrimientos, hasta que finalmente fue crucificado a favor nuestro. Gracias a esto, tú y yo podemos ser enriquecidos con los tesoros de su gracia, el perdón de los pecados y la reconciliación con Dios.

Conclusión
Si quieres ser rico de verdad, debes reconocer tu miseria como pecador y acudir a Cristo pidiéndole que te dé de las riquezas de su gracia obtenidas por su sacrificio en la cruz, el perdón de tus pecados y la vida eterna. Nada es comparable a esta riqueza, porque las de este mundo se pasan y no tienen ningún valor una vez hemos muerto. Pero la riqueza de la nueva vida que nos da Cristo trasciende la vida aquí y nos abre la puerta a toda una eternidad con él. ¿Quieres ser verdaderamente rico? Arrepiéntete y cree en él. Pedro Puigvert