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EL QUE INVOQUE EL NOMBRE DEL
SEÑOR SERÁ SALVO
Hechos 2::211

Es necesario empezar con una aclaración: "invocar" en la frase del título no es meramente llamar para pedir ayuda para uno mismo. Podría dar la impresión que para alcanzar la salvación basta con una simple llamada al Señor semejante a quien marca un número de teléfono y exclama "Jesús", como el que oye estornudar a otra persona. El significado es mucho más profundo y no podemos trivializarlo. Esta frase la pronunció el apóstol Pedro el día de Pentecostés. Su mensaje se fundamentó en la profecía escrita por el profeta Joel que anunció con anticipación de siglos el derramamiento del Espíritu Santo en una época futura y que se cumplió después que Jesús ascendiera a los cielos una vez muerto y resucitado.

El marco del discurso de Pedro
Pedro respondió a la acusación de embriaguez hecha por algunos al escuchar a los apóstoles que hablaban en otras lenguas y cada uno lo oía en su propio dialecto. Lo hace sobre este comentario, de que los que habían sido llenos del Espíritu no estaban ebrios, diciendo que eran solamente las nueve de la mañana. La razón estaba en otra parte, en el escrito de un profeta que había proclamado que en los últimos tiempos, la última era de la historia humana, se iba a producir una manifestación extraordinaria del Espíritu Santo para inaugurar el reino de Dios que había venido con Jesús. No importa cuán largos sean estos postreros días, no nos toca a nosotros conocer la hora y el momento determinados por la autoridad misma del Padre, como dijo Jesús. Cuando cualquier institución humana quiere empezar su andadura en medio de la sociedad, organiza una gran fiesta para dar a conocer a quienes la forman, lo que ofrecen y lo que pretenden conseguir. La Iglesia tuvo también un gran acto inaugural en la esfera del reino de Dios que se había acercado a los hombres en Cristo Jesús. Este acto inaugural ocurrió durante una fiesta judía, Pentecostés, que desde entonces ha cobrado una nueva dimensión. No es la celebración por los primeros frutos de la cosecha, sino del derramamiento del Espíritu Santo con gran poder, que hizo de unos apocados apóstoles unos hombres con coraje que predicaban el evangelio a todos los que se habían reunido al oír y ver aquella manifestación extraordinaria que les dejó perplejos. Pero fue también el día en que hubo la primera cosecha de personas que pasaron a engrosar el granero del reino de Dios, cuando tres mil de ellas se convirtieron al Señor y fueron salvas.

El contenido del discurso de Pedro
Para poder invocar correctamente el nombre del Señor y ser salvo es necesario conocer la historia de Jesús. El apóstol señala que el hombre que ellos conocían como Jesús de Nazaret, había sido acreditado por Dios, es decir, había mostrado las credenciales de Dios a través de sus obras que se describen como maravillas, prodigios y señales. Inmediatamente coloca en el centro de su mensaje la muerte de Cristo en la cruz, la cual no había sido un mero accidente histórico. Se trataba del cumplimiento de un plan divino urdido desde la eternidad en el seno del consejo eterno. Aunque pueda definirse como un propósito eterno en las entrañas de las personas divinas, no se descarta la responsabilidad de los seres humanos en la muerte de Jesús. Sin embargo, Jesús no se quedó en la tumba después de muerto, sino que fue resucitado por Dios el Padre librándolo de las angustias de la muerte. Ésta es concebida como "dolores de parto" y la resurrección como liberación de dichos dolores. Mientras para el hombre es imposible librarse de estos dolores de la muerte, para Cristo era imposible que fuese retenido por ella. La metáfora es muy clarificadora: la muerte es presentada como una mujer que se halla a punto de dar a luz y tiene los dolores propios del alumbramiento, y así como en todo parto normal nace un ser vivo, Cristo viene a la vida. Su resurrección es la victoria sobre la muerte y el pecado.

La respuesta de la multitud al discurso de Pedro
Cuando se mostró a los oyentes lo que habían hecho al crucificar a Jesús, y de alguna manera todos somos culpables de eso, al haber muerto él por nuestros pecados, sus corazones se quebrantaron o se compungieron en el corazón. Las palabras de Pedro les habían penetrado de forma tal que ahora sentían una gran carga. En el proceso de la conversión los sentimientos tienen su lugar, pero la voluntad también entra en acción y preguntaron: "¿qué haremos?". La respuesta de Pedro fue "arrepentíos", es decir, cambiad de manera de pensar y de actuar para que sean borrados vuestros pecados. El arrepentimiento se puede definir como un sincero cambio de mentalidad seguido de un cambio se conducta. El arrepentimiento que comporta salvación implica un cambio de mentalidad acerca de Cristo, de forma que cualquiera que sea la opinión que antes se haya tenido de él se llega a la convicción sobrenatural de que Jesús de Nazaret es el Cristo, el Ungido de Dios como único mediador entre Dios y los hombres, el Redentor de la humanidad pecadora y, por ello, se confía y se cree en él como único Salvador personal.

Conclusión
La invocación del nombre del Señor se trata, pues, de un reconocimiento a alguien, en este caso a Cristo como Señor y adorarle con todo lo que el nombre implica: autoridad, carácter, majestad, poder y excelencia. Ciertamente la salvación es por gracia, pero tiene grandes demandas para el que ha sido salvado. ¿Qué vas a hacer con Jesús llamado el Cristo? Te está esperando para reconciliarte con Dios y darte la vida eterna.