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UNA SEMANA ¿SANTA?

Estamos acostumbrados, al comienzo de la primavera, hacer una semana de fiesta que en su origen tenía como objetivo conmemorar de una manera especial la pasión, muerte y resurrección de Cristo. En una época tan temprana como el siglo II de nuestra era se empezó a rememorar este acontecimiento central del cristianismo. Pero surgieron dos maneras de entender cuando debía celebrarse: las iglesias de oriente optaron por tomar como referencia la pascua judía (14 de Nisán), una fecha variable porque se calculaba de acuerdo con el calendario lunar. Por tanto, en esta fecha se recordaba su muerte en la cruz independientemente del día de la semana que cayera.

En cambio, en la iglesia occidental se tomó como referencia toda la semana a partir del domingo que conmemora la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén.

Cada año se celebra en los mismos días de la semana. Aquellos que tuvieron el loable criterio de honrar unos días especiales, indiferentemente que cada primer día de la semana se celebre el partimiento del pan en recuerdo de la pasión de Cristo, ordenado por el mismo Señor, no contaron con que con el devenir de los siglos los cristianos se irían apartando de su objetivo primario.

La celebración hoy

En la actualidad, lo que eran unos días apartados para meditar en el gran misterio de la historia humana, se han convertido, por una parte, en unas vacaciones de primavera donde los viajes se suceden con vértigo desenfrenado y su secuela de víctimas.
Por otro lado, el recuerdo que nos llevaba a leer y meditar la Palabra de Dios para profundizar en el acontecimiento que está más allá de la comprensión humana, como que Dios el Hijo se hiciera Hombre, siendo y viviendo sin pecado en este mundo, para morir a favor de los pecadores, se fue mezclando con costumbres locales y tradiciones paganas.

De esta manera, de la sencillez del relato de los evangelios, hemos pasado al folklore pseudocristiano de las procesiones, llevando imágenes en volandas y todo ello convertido en un espectáculo turístico. ¿Superstición o fe? La emotividad con que se manifiesta la religiosidad popular de masas nos obliga pensar que hay más de lo primero que de lo segundo.

Es notorio que una sociedad que vive alejada de la piedad bíblica, en cambio participe de una religiosidad ajena por completo a la verdad revelada de Dios. Como dijo Chesterton: "cuando no se cree en Dios, no es que no crea en nada, sino que se puede creer en cualquier cosa".

La santidad del Evangelio

Por santidad entendemos la separación de todo lo corrupto para vivir de manera consagrada a Dios. No hay nada más santo que el evangelio de nuestro Señor Jesucristo, el cual nos narra el objetivo de lo que iba a ser aquella semana para Jesús: "Pero yo, cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos a mí mismo. Con esto daba Jesús a entender de qué manera iba a morir" (Evangelio de san Juan 12:32-33).

Estas palabras, en contra de lo que puede parecer superficialmente, no se refieren a su resurrección, sino a la cruz, como se matiza seguidamente sobre la manera que iba morir. La reacción de los oyentes, si seguimos leyendo el texto, es de incredulidad. ¿Cómo creer que el Cristo que tiene que permanecer para siempre puede morir en una cruz? Los judíos relacionaban al Hijo del Hombre con el reino eterno y Jesús que se presenta como el Hijo del Hombre, dice que será levantado en una cruz. ¿Quién era ese Hijo del Hombre cuyo reino iba a terminar antes de empezar? Jesús tenía razón porque en la cruz se manifestó de manera poderosa el amor de Dios.

Los imperios basados en la fuerza de sus ejércitos se han desvanecido y siguen desvaneciéndose. La historia es el mejor testigo de esto. ¿Dónde están los grandes imperios de la antigüedad? ¿Dónde está el imperio de la URSS que en pocos días cayó de manera estrepitosa?
Pero el imperio de Cristo, basado en el amor redentor que se manifestó en la cruz, cada día extiende más sus fronteras. El Mesías político de los judíos es el sueño nacionalista de un pueblo, pero el Príncipe de paz y amor en la cruz es el Rey que llega a todos los corazones de los seres humanos para reinar en ellos para siempre. Así "el evangelio es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree" (Epístola a los Romanos 1:16).

Conclusión

La conmemoración de la pasión, muerte, resurrección y ascensión a los cielos de Jesucristo no es un hecho para dedicarle unos días al año, sino un acontecimiento que debemos revivir a la luz de la Biblia cuando somos llamados a ello. No importa si eres muy religioso o no, si sigues las procesiones con emoción en medio de las masas o si prefieres dedicar tu tiempo libre al turismo.

Lo importante es que la cruz de Cristo pone al descubierto la necesidad que tienes de un Salvador porque eres pecador y Jesús murió por ti para darte vida. En la cruz se manifestó el amor de Dios hacia el hombre pecador, tal como lo expresa el apóstol Juan: "En esto consiste el amor; no que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y envió a su Hijo para que fuera ofrecido como sacrificio por el perdón de nuestros pecados." (1ª Epístola de Juan 4:10). Si reconoces que como pecador sólo Cristo te puede salvar y te acercas con fe a él arrepentido de tus pecados, recibirás la vida eterna.

Entonces, habrá empezado para ti una semana sin fin, verdaderamente santa.

Pedro Puigvert