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Más tarde, Jesús los llevó fuera de la ciudad, hasta las cercanías de Betania. Allí, levantando las manos los bendijo. Y, mientras los bendecía se separó de ellos y fue llevado al cielo.
(Evangelio de Lucas 24:50-51))

El evangelista Lucas relata la ascensión de Cristo en ambas partes de su obra. En el evangelio, pese a la brevedad del texto, se nos dice que Jesús estaba bendiciendo a los discípulos cuando se separó de ellos y después de adorarle termina con la indicación de que volvieron a Jerusalén con gran gozo. En Hechos, el énfasis recae más bien en lo que sucedió después de la ascensión, cuando dos varones con vestiduras blancas aparecen junto a los discípulos mientras estos estaban mirando al cielo para preguntarles por qué estaban haciéndolo. Estos dos varones nos recuerdan a los dos ángeles que en la tumba de Jesús también preguntan en el mismo tono a las mujeres ¿por qué buscaban entre los muertos al que vive? En ambos casos, los seres celestiales quieren cambiar la dirección de la mirada, primero a las mujeres que contemplaban la tumba vacía y luego a los discípulos que miraban al cielo.

La mirada, tanto de ellos como la nuestra debe ir dirigida al Cristo vivo y a su retorno. Quisiera llamar la atención sobre la tentación que nos acecha a nosotros también: la de quedarnos mirando el cielo cuando Jesús, después de dar a sus discípulos la promesa del Espíritu, les dice que tienen que ponerse en movimiento siendo testigos suyos o lo que es lo mismo predicar el evangelio. Quedarse mirando al cielo puede ser muy reconfortante como escapismo de la realidad que nos envuelve, pero nuestra misión es mirar los campos donde debemos desarrollar nuestra actividad y ponernos a trabajar.

Para eso contamos con los recursos que Jesús nos brinda como resultado de su ascensión a los cielos.

Su intercesión en el cielo
Ahora bien, si alguno peca, tenemos un intercesor ante el Padre: Jesucristo el justo (1ª carta de Juan 2:1). Dentro de la función intercesora que Cristo ejerce en los cielos está su papel de abogado de los creyentes. Él no es un abogado frente al Padre como si el Padre fuese nuestro acusador, sino con el Padre en el sentido de dirigirse a él a favor nuestro para hablar bien de nosotros contra Satanás que es el gran acusador permanente de los hermanos. ¡Cristo Jesús es quien murió, más aún, resucitó y está junto a Dios, en el lugar de honor, intercediendo por nosotros! (Carta a los Romanos 8:34). Este texto nos dice que Cristo ejecuta su intercesión sentado a la diestra de Dios, una expresión esta que aparece frecuentemente en el NT para indicar que el Cristo glorificado participa del poder y la autoridad del Padre. Estar sentado a la diestra de un rey, a veces significa solamente un honor, pero en el caso de Cristo se trata de participar de la gloria y del poder del Padre, como lo atestigua la profecía (Salmo 110:1). Por otro lado, no cabe ninguna duda que se trata de una expresión antropomórfica (en forma humana), y eso por dos razones:

1ª) porque Dios es Espíritu y, por tanto, no tiene mano derecha, como no tiene ninguna parte de un cuerpo material;
2ª) “sentado” es también un término simbólico, pues el mismo que aparece sentado como expresión de poder y autoridad, aparece también “en pie” en el ejercicio del poder ejecutivo simbolizando su condición de resucitado tras haber muerto.

De ahí se desprende que Cristo realiza su función intercesora como sumo sacerdote que ha entrado en el Lugar Santísimo de la presencia de Dios. Si creemos realmente esto, es para nosotros una garantía, no solo de nuestra salvación, sino también en nuestra vida cristiana, porque sabemos que nuestras oraciones serán recibidas por el Padre a través de Cristo y contestadas conforme a su voluntad. Por tanto, descansamos en esta confianza al saber que en los cielos tenemos a nuestro Salvador y Señor que se preocupa por nosotros.

Su gobierno desde los cielos
Todo lo ha puesto Dios bajo el dominio de Cristo (carta a los Efesios 1:22). Si Cristo está en los cielos como nuestra cabeza es una confirmación que nos asegura que nos atraerá a sí mismo como miembros suyos que constituimos su cuerpo. Pablo, primero menciona que Jesús ha resucitado de los muertos y su entronización sobre todo. Luego continúa relatando el significado de este triunfo doble para la iglesia, una verdad que expone mediante dos expresiones: la primera que Dios el Padre dio a Cristo por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia, la cual es su cuerpo y la segunda es la frase la plenitud de aquel que todo lo llena en todo. Pero vayamos por partes:

a) Cristo nuestra cabeza. Esto lo ubica con un poderío que se extiende sobre todas las cosas que en este contexto incluye no solo el universo material, sino también todos los seres inteligentes, buenos y malos, angélicos y demoníacos, que lo pueblan. Se trata, pues, del gobierno de Cristo, ya que todas las cosas han sido puestas bajo sus pies por Dios el Padre. Pero Pablo va más allá de esto, ya que dice que no solo Cristo es cabeza sobre todas las cosas, sino que lo dio a la iglesia, la cual es su cuerpo. Tanto la iglesia como el universo tienen a Cristo por cabeza o jefe. Esta figura es admirable y fácil de comprender.

b) Cristo la plenitud que todo lo llena. Se trata de una frase enigmática que ha recibido muchas interpretaciones diferentes. Sin embargo, nos lleva a considerar la relación íntima, viva y real que hay entre Cristo y la iglesia. Si entendemos que todo depende de la cabeza, el resto que es el cuerpo no es nada sin ella. Esta iglesia es llamada plenitud de aquel que todo lo llena, es decir, la plenitud de Cristo mismo. La iglesia es la plenitud de Cristo en un sentido pasivo porque no es ella la que llena o completa a Cristo, sino al contrario es Cristo el que la llena de su presencia, de su gloria y de sus gracias a los ojos del universo entero. ¡Qué privilegio y honor tener a Cristo como Señor de la iglesia en los cielos!

Su envío del Espíritu desde los cielos (Jn. 14:16-17, 16:7, Hch. 2:33)
Yo, por mi parte, rogaré al Padre para que os envíe otro Abogado que esté siempre con vosotros: el Espíritu de la verdad a quien los que son del mundo no pueden recibir porque no lo ven ni lo conocen (Evangelio de Juan 14:16-17). Jesús instruyó a sus discípulos sobre varios asuntos antes de volver al Padre y en estos versículos subraya con fuerza la presencia del Espíritu Santo después de señalar la conveniencia de su partida para que el paráclito pueda continuar la obra que él había empezado.

a) El Espíritu enviado por el Padre y el Hijo. Estamos ante una descripción de la Trinidad en que a la tercera persona de la deidad se la designa como Espíritu de verdad porque él es el que imparte la verdad de Dios a través de su palabra que ha inspirado. El Espíritu no puede ser recibido por el mundo, porque no sabe discernirlo en sus manifestaciones, ni le conoce, ya que hace falta una experiencia íntima. Por el contrario, los discípulos sí le conocen y mora con ellos, porque han vivido con Jesús que tiene el Espíritu sin medida, y han estado expuestos a su influencia. Pero va más lejos porque anticipa el día de Pentecostés, cuando será derramado sobre ellos y estará en ellos. A todo esto debemos añadir que el Espíritu es el otro Cristo que vendrá a ocupar su lugar.

b) El Espíritu derramado por Cristo. Pedro, el día de Pentecostés reitera la mención de que Dios ha resucitado a Cristo. De este hecho pueden dar fe todos los apóstoles por ser testigos presenciales de que estaba vivo y llega al clímax con la indicación de su exaltación y entronización en los cielos seguida por el derramamiento del Espíritu, acciones todas ellas estrechamente relacionadas. Con el derramamiento del Espíritu se inauguraron los postreros días y nosotros estamos viviendo en ellos hasta el momento que Dios les ponga fin en la consumación de todas las cosas. El Espíritu es pues, las primicias de un nuevo orden en que los que hemos creído en Cristo lo hemos recibido también en nosotros y mora con nosotros. Todo eso ha sido posible porque Cristo una vez realizada la obra de nuestra salvación la confirmó con su ascensión y su entronización en los cielos enviando el Espíritu Santo para ocupar su lugar.

Conclusión
A veces no reparamos suficientemente en la importancia de la ascensión de Cristo para la iglesia. Porque todo lo que hemos tratado es posible por haber ascendido el Señor a los cielos para realizar su triple oficio de profeta, sacerdote y rey. Entronizado como Señor gobierna a la iglesia por su palabra y su Espíritu; como profeta nos sigue hablando por su palabra y como sacerdote intercede por nosotros como el único mediador entre Dios y los hombres.

Pedro Puigvert