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También había algunas mujeres (…) quienes, cuando él estaba en Galilea, le seguían y le servían; y otras muchas que habían subido con él a Jerusalén.
(Evangelio de Marcos 15:40-41)

Nos acercamos a la semana del año que se denomina santa en que se recuerda, más bien de manera tradicional y folclórico-turística que verdadera, la pasión, muerte y resurrección de Cristo. Por eso, nosotros queremos acercarnos al evangelio y contemplar desde un ángulo que no siempre se tiene en cuenta, el de las mujeres, la pasión, muerte y resurrección de Cristo.

Este evangelio dedica diez capítulos a narrar el ministerio de Jesús durante algo más de tres años y otros seis capítulos, casi la misma cantidad de texto, a su pasión, muerte y resurrección durante su última semana en este mundo, para subrayar la importancia de la obra del Salvador. Y en dicha semana final, destaca un hecho que no siempre ha sido valorado: el comportamiento de unas mujeres que siguieron al Señor durante su ministerio. Ellas estuvieron firmes en las horas de la prueba y vivieron muy de cerca los terribles momentos de su pasión y muerte, así como el glorioso hecho de la resurrección de Jesús. Su comportamiento fue el de unas seguidoras fieles, mientras que entre los discípulos varones de Jesús, solo Pedro y Juan estuvieron cerca de él en casa de Anás y aún el primero le negó allí mismo, pero el segundo estuvo junto a la cruz. Sin embargo, Marcos solo narra la cercanía de las mujeres, de Pedro y su negación, y la valentía de José de Arimatea cuando pidió a Pilato el cuerpo de Jesús.

Jesús ungido por una mujer (Marcos 14:3-9)
Este relato es el pórtico de la pasión. Por el contexto sabemos que tuvo lugar dos días antes de la pascua (14:1) cuando los principales sacerdotes y los escribas buscaban la manera de prender a Jesús para matarle, es decir, el miércoles de aquella semana. Una mujer desconocida realiza un gesto singular ante un grupo de comensales en casa de Simón el leproso.

En este texto no se dice nada sobre la identidad de aquella mujer, ni el lugar de donde procedía o vivía. No sabemos su nombre, aunque el evangelista Juan nos dice que se llamaba María y era de Betania. Tampoco sabemos si habló con Jesús. Solamente se destaca su gesto, su obra de amor. Derramó sobre la cabeza de Jesús un vaso de alabastro de perfume de nardo puro de mucho precio. No echó unas gotas, sino que lo rompió y lo vertió por completo. No dijo ni una palabra, solo actuó porque había entendido que aquella ocasión era única. Con su iniciativa estaba proclamando sin palabras que Jesús era el Ungido de Dios, el Cristo o Mesías. Era un acto de fe en Jesús y en su obra que haría dentro de pocas horas. La fe debe mostrarse por las obras y no en palabras. Ella era una verdadera discípula del Señor. Mediante la unción, anticipó la sepultura de Jesús y manifestó la comunión íntima que tenía con él.

Los comensales no comprendieron el gesto de María. No solo no lo entendieron, sino que encima se enojaron en su interior desaprobando aquella acción. Solo Jesús entiende el alcance de la obra que había hecho y sale en su defensa. El resto de los comensales, todavía hacen algo peor, les desagrada lo que ha hecho y lanzan contra ella una crítica perversa murmurando. Así es el ser humano, siempre dispuesto a despellejar al prójimo y en eso también caemos los creyentes, por lo que debemos estar al tanto para no incurrir en el mismo pecado de murmuración contra el prójimo. Parece que fue Judas el que estimó que era un derroche de dinero que no servía de nada. Ella había ungido a Jesús con un perfume que le había costado los ingresos de aproximadamente un año de trabajo. Lo que los comensales rechazaban, recibe la aprobación de Jesús y explica el alcance de aquella obra. Primeramente, desacredita a los críticos, los cuales no deben impedir que se acerque a él y aprueba el proceder de ella. La mujer había hecho una buena obra, o de manera más precisa “una bella obra”. La palabra en el original acentúa el aspecto estético, la hermosura, y como se trata de una acción, destaca su nobleza y ser digna de alabanza, que es lo que hizo Jesús. El recurso a los pobres era improcedente en aquel caso, y Jesús señala la verdadera dimensión de la obra de ella. Se había adelantado a ungir el cuerpo de Jesús para la sepultura. Horas más tarde, el Señor instituirá el partimiento del pan en recuerdo de él y se referirá a su cuerpo. Tras su muerte dará paso a la resurrección de su cuerpo. Tres acontecimientos con relación a su cuerpo que merecen ser recordados con olor fragante. Jesús, no solo aprueba lo sucedido, sino que anuncia proféticamente que aquella acción formará parte de la proclamación del evangelio. La actuación femenina no debe ser motivo de escándalo, sino un ejemplo para todos de fe y comunión con el Señor. Y se ha cumplido.

Jesús seguido de lejos por mujeres (Marcos 15:40,41)
De la anticipación pasamos al momento culminante de la obra de Cristo en la cruz y como era seguido por algunas mujeres. Se mencionan dos tipos de mujeres que fueron testigos de la muerte de Jesús. Tres de ellas eran discípulas, porque le seguían y le servían. De las otras no se menciona el tipo de relación que mantenían con el Señor.

Las mujeres miraban desde lejos la muerte de Jesús (v.40). Eran las tres mujeres discípulas y las muchas anónimas, las cuales contemplan la escena a distancia, aunque Juan menciona a una de ellas al pie mismo de la cruz. Las tres mujeres, vienen a ser la contrapartida de los tres discípulos destacados, Pedro Santiago y Juan. En tres salmos mesiánicos ya se anuncia este hecho (38:11, 69:8 y 88:8). Ellas presenciaron su muerte, los discípulos no estaban. Marcos lo constata, no critica que miraran de lejos la escena.

¿Quiénes eran aquellas tres mujeres? (v.40). En primer lugar, María Magdalena, la cual es señalada siempre la primera en todas las listas femeninas. Era natural de una pequeña población de la parte occidental del lago de Genesaret. Según Mateo y Lucas, Jesús expulsó de ella siete demonios, es decir, estaba esclavizada por el mal y fue liberada convirtiéndose en su discípula durante su ministerio. En segundo lugar, María, madre de Jacobo el menor y de José. Esta María, se conoce también como “la otra María” y esposa de Cleofas, que según Hegesipo era el hermano de José el esposo de María. En tercer lugar se menciona a Salomé la esposa de Zebedeo y hermana de la madre de Jesús. Así, Santiago y Juan eran primos de Jesús. O sea, que al pie de la cruz estaban mayormente los familiares femeninos del Señor.

Las mujeres descubren la resurrección de Jesús (Marcos 15:47-16:8)
Las tres discípulas no solo miraron la crucifixión, sino también el lugar donde José depositó el cadáver de Jesús. Cuando el primer día de la semana empezó a clarear, ellas regresaron al sepulcro para ungir el cuerpo de Jesús. Mientras iban pensaban quien les quitaría la piedra de la entrada y al llegar descubren que estaba corrida. Cuando entran en el sepulcro detectan a un mensajero con la gran noticia: Jesús ha resucitado. Tienen que comunicarlo y callan por temor.

Las mujeres fueron testigos presenciales de los acontecimientos de la obra salvadora de Dios. No solo de su muerte, sino también de su resurrección. Ellas callaron, por miedo, después que un ángel les anunciara que Jesús había resucitado. Pero la buena noticia de la Pascua no se puede silenciar y debe ser anunciada siempre en todo lugar. Sin embargo, una de ellas, María Magdalena, a la que se apareció Jesús el primer día de la semana y que según el evangelio de Juan confundió primero con el hortelano, fue corriendo a donde estaban reunidos los discípulos para comunicarles la gran noticia.

Conclusión
El evangelio es una buena noticia de Dios a los hombres que contiene como hito fundamental la obra de Cristo que consiste básicamente en su muerte y resurrección. Él tuvo que pasar por este sufrimiento ya que es el único medio preparado por Dios el Padre para darnos la salvación eterna. ¿Crees que Cristo dio su vida por ti? La condición para apropiarte de esta obra a tu favor es, en primer lugar el arrepentimiento y seguidamente recibir la salvación por la fe. El que cree en Cristo tiene vida eterna. Hemos visto también que ser discípulo de Cristo no es solo cosa de varones, sino también de mujeres y que estas deben ejercer una importante labor en el seguimiento y servicio de Jesús. Es la Iglesia entera la que debe proclamar la victoria de Cristo.

Pedro Puigvert