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Jesús dijo:Venid a mí todos vosotros que estáis cansados y agobiados, yo os daré descanso. Cargad con mi yugo y aprended de mí, pues yo soy apacible y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestra alma.
(Evangelio de Mateo 11:28-29)

Después de despedir un año con sus luces y sus sombras, que quizás han traído cansancio y desasosiego a nuestras vidas, la mejor manera de empezar el nuevo año es buscando el consuelo en todo momento y circunstancia en la fuente del autor de la vida y para quien la muerte no es el fin de todo, sino el principio del cumplimiento de una esperanza que se completará con el glorioso regreso de aquel que destruyó la muerte y sacó a luz la vida incorruptible mediante el evangelio.

¿Cuál es el único consuelo tanto en la vida como en la muerte? El descanso que encontramos en Cristo.

Lo que debemos saber para gozar de la consolación
El texto que nos sirve de punto de partida es una preciosa invitación de gracia universal del Señor ofrecida a los que están trabajados o fatigados y cargados. El primer aspecto supone el trabajo que un hombre hace en vano para satisfacer las exigencias de su conciencia y de la ley que le acusa. El segundo es la pesada carga de miseria moral y de penas amargas del que vive sin Dios. Lo que Jesús ofrece es descanso o paz como fruto del perdón y la liberación. No obstante, debemos tener en cuenta:

1. Que somos pecadores. El punto de partida para gozar luego de la consolación del Señor es reconocernos pecadores y no hacer como los incrédulos fariseos que permanecían en las tinieblas del pecado aunque consideraban que estaban en la luz, cuando después de la curación de un ciego de nacimiento preguntaron a Jesús: ¿Acaso también nosotros somos ciegos? Ellos no estaban dispuestos a reconocer su pecado creyéndose limpios en un alarde de orgullo espiritual. Sin embargo, el que había sido ciego creyó y adoró al Señor. Un fanático religioso es como la pupila del ojo; cuanta más luz recibe, más se contrae para resistir su acción. Es mejor confesar nuestra ceguera para recibir la luz del Señor sin jactarnos de ver las cosas claramente y quedar en tinieblas. Este es el primer paso en la vida cristiana, porque sabemos que no hay justo ni aún uno.

2. Que Cristo nos ha liberado. Sería penoso quedarnos con que somos pecadores sin solución alguna, pero hay una vida eterna preparada para los elegidos. ¡Qué consolación! Jesús oró al Padre: y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo a quien tú has enviado. Conocer no es un mero acto intelectual, sino una relación de íntima comunión con una persona, en este caso con el único Dios verdadero y Jesucristo su enviado. La salvación se encuentra en Cristo de manera exclusiva y fuera de él no hay posibilidad, porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres mediante el cual podamos ser salvos (Hechos de los apóstoles 4:12).

3. Que debemos gratitud a Dios ¿Para qué hemos sido liberados de nuestro pecado? Para ofrecerle al Señor un culto de alabanza. Teniendo el sacrificio perfecto para la expiación y el perdón de nuestros pecados, debemos ofrecer sacrificios verdaderamente espirituales, sacrificios de alabanza y confesión del nombre de Dios, que es el fruto de labios. Todo esto pertenece al ámbito del culto que encuentra su mejor expresión en estas palabras: os ruego que cada uno de vosotros, en adoración espiritual, ofrezca su cuerpo como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios, en cuanto a la vida ofrecida en el altar cultual cada día.

¿Cuál es nuestro único consuelo?
Siguiendo el recorrido de nuestra fe cristiana que abarca tanto la vida como la muerte podemos ver algunas cosas consoladoras:

1. Que pertenecemos a Cristo. Dice el apóstol Pablo: Fuisteis comprados por un precio. Por tanto, honrad con vuestro cuerpo a Dios. Hay dos cosas que caracterizan un templo:

a) Su carácter sagrado como morada de Dios, por lo que no puede ser profanado impunemente;

b) No es propiedad del hombre, sino de Dios.

Ambos aspectos se pueden aplicar al cuerpo del creyente: somos templo porque el Espíritu Santo mora en nosotros y no nos pertenecemos a nosotros mismos, sino a Dios. Como el Espíritu mora en nosotros nuestro cuerpo no puede ser profanado si no queremos incurrir en gran culpabilidad, y por pertenecer a Dios no está a nuestra disposición, sino para ser usado para los propósitos que él lo destinó. Nuestro deber es cuidar nuestro cuerpo y glorificar a Dios con él.

2. Que hemos sido comprados con la sangre de Cristo. Como lo expresa el apóstol Pedro: el precio de vuestro rescate no se pagó con cosas perecederas como el oro o la plata, sino con la preciosa sangre de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin defecto. Uno de los hechos que todo ser humano debe tener en cuenta en esta vida es el inmenso precio en que hemos sido redimidos. La cruz de Cristo, que pone de manifiesto nuestro pecado y la justicia de Dios es la más poderosa motivación de santificación y la fuente de la paz y el consuelo. No hemos sido rescatados con los más preciados metales, como el oro o la plata, sino con la sangre de Cristo como un cordero sin mácula. Desde el momento en que creemos en el evangelio y nos convertimos al Señor ya no podemos vivir como antes porque hemos pasado a ser de aquél que nos compró. La magnitud de la obra de Cristo cobra aquí un relieve especial.

3. Que somos guardados por Cristo.
A todo lo dicho anteriormente viene a sumarse la seguridad de nuestra salvación que confirma la imposibilidad de que Jesús rechace a los que van a él, puesto que ha descendido del cielo para hacer en todas las cosas la voluntad del que le envió: el Padre. Esta voluntad está llena de misericordia y amor y tiene como objetivo que el Hijo no deje que se pierda ninguno de los que le son dados, sino que los salve, impartiéndoles una vida imperecedera que tendrá su plena culminación en la resurrección del día postrero. Entonces la salvación estará completa. Como dijo Bengel: “es el límite, más allá del cual ya no hay peligro”. ¿Cómo dicen algunos que no podemos tener seguridad de salvación y ser consolados en esta vida con ella?

4. Tenemos la seguridad de la vida eterna. ¿Queremos mayor seguridad que esta? Si Dios en Cristo es el garante infalible de su verdad, lo es por partida doble por su obra en nosotros, en todo verdadero creyente, pues es él quien nos confirma en Cristo, uniéndonos a él como los miembros a la cabeza, haciéndonos partícipes de su naturaleza por medio de la unción del Espíritu que Cristo recibió. Además, por el mismo Espíritu nos selló, como se confirma y autentica un documento por medio de un sello oficial. Lo ha dado como arras de todo lo prometido. Por eso podemos decir que tenemos la vida y no solo que la tendremos.

Conclusión
A la pregunta de cuál es nuestro consuelo en la vida y en la muerte, podemos contestar que aunque somos pecadores, nuestro consuelo se halla en Dios que nos ha redimido por medio de su Hijo y nos ha dado la vida eterna, garantizada por la sangre de su cruz y por la obra del Espíritu Santo sin que nosotros tengamos que hacer otra cosa que arrepentirnos de nuestros pecados y creer en él que consiste en seguirle en obediencia.

Pedro Puigvert