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Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron.
(Evangelio de Juan 1:11-13)

¿Qué es el pecado y cómo entró en el mundo? Todavía es un misterio, el más apasionante de todos. El mal existe, nadie lo puede negar. El mal, es decir, el desorden físico y moral, nos oprime y amenaza desde el nacimiento y lo sufrimos a lo largo de toda nuestra vida. La muerte física, su última manifestación aquí en la tierra, no es todavía el fin, pues según las Escrituras, el mal y la desdicha siguen hasta la eternidad para todos los seres humanos que no han sido salvados por Jesús.

La caída de la primera pareja humana
Tenemos que remontarnos al libro del Génesis en donde se narra con detalle la caída de Adán y Eva en pecado. Aunque para algunos este relato sea una leyenda, su realidad histórica está confirmada por Jesús y por los escritores del Nuevo Testamento. Dijo Jesús: “¿No habéis leído que en el principio el Creador los hizo hombre y mujer. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su esposa y los dos llegarán a ser un solo cuerpo?” (Evangelio de Mateo 19:4-5). Para Jesús, Adán y Eva son personajes históricos que fueron creados por Dios. Asimismo, el apóstol Pablo escribió: “Pero me temo que, así como la serpiente con su astucia engañó a Eva” (2ª epístola a los Corintios 11:3). También para el apóstol, Eva es un personaje histórico. El libro de Génesis, no dice nada de la forma y de la naturaleza del árbol del conocimiento del bien y del mal. Tampoco del árbol de la vida. El fruto del primero es descrito como que era bueno para comer y que tenía buen aspecto y era deseable para adquirir sabiduría. El primer hombre fue puesto en guardia con la prohibición divina contra los efectos mortales del fruto prohibido. Adán desconocía lo que era el mal, pero no ignoraba la existencia del mal. Advertido por Dios mismo, sabía que había enemigos temibles.

¿Por qué Dios expone a Adán a la tentación?
El estado de inocencia, no es de perfección. Para que la humanidad pudiera alcanzar un día la perfección divina, hacía falta que fuera puesta a prueba. La santidad solo puede realizarse por el ejercicio de la voluntad humana, aceptando plenamente la voluntad de Dios. La inocencia sin la libertad no tiene ningún valor moral. No hay nada bueno en la criatura que sea capaz de resistir el mal. La aparición de la serpiente en el jardín del Edén, prueba que el pecado estaba ya en el mundo, en la tierra, cuando esta era un paraíso. La Biblia menciona la caída de los ángeles, cuando dice que Dios no perdonó a los ángeles que pecaron, sino que los arrojó al abismo, metiéndolos en tenebrosas cavernas y reservándolos para el juicio (2ª epístola de Pedro 2:4 y Judas 6). No sabemos en qué momento esta caída se produce, solamente que ella precedió a la de nuestros primeros padres. Satanás, escogió a la serpiente, el más astuto de los animales como instrumento para llevar a cabo la maléfica tentación de Eva, en primer lugar, y que esta incitara a Adán a quebrantar el mandamiento de Yahweh, es decir, pecando ambos. El pecado es la voluntad de la criatura afirmándose contra la voluntad del Creador. La mujer prestó atención a las palabras de la serpiente y el hombre se dejó seducir por la palabra y el ejemplo de la mujer. Ellos cayeron en el pecado por lo que describiría el apóstol Juan más tarde: los malos deseos del cuerpo, la codicia de los ojos y la arrogancia de la vida (1ª epístola de Juan 2:16). El pecado consiste en la desobediencia. Obrando sin consultar de antemano con Adán, Eva rompió la estrecha solidaridad que le unía a su marido. Y al ser provocado a la desobediencia sin recurrir en primer lugar a Dios, quien, sin embargo, le había mostrado tanta solicitud, los dos rompieron deliberadamente su unión con su Creador. Así, la separación entre el hombre y la mujer y la ruptura de los primeros seres humanos y su posteridad con Dios, produce la muerte espiritual y luego la muerte física.

Las consecuencias de la caída
Estas fueron inmediatas. El mal hizo su entrada en la constitución física y moral del hombre y la mujer. Obedeciendo a Satanás en vez de a Dios, cambiaron su naturaleza espiritual y vinieron a ser hijos del diablo. Las pasiones, los nuevos apetitos, se manifestaron en ellos. Nació la lujuria. El instinto más noble de su ser, el amor, se volvió en pasión sexual. La aparición del pudor es el signo más característico de esta transformación: tuve miedo porque estoy desnudo (Génesis 3:10). Desde el punto de vista moral, el cambio no fue menos radical. En la creación de Eva, Adán había expresado con gran gozo: “¡Esta es hueso de mis huesos, carne de mi carne!” (Génesis 2:23). Después de la caída, Adán se refiere a Eva con disgusto y reprocha a Dios de haberla creado: “la mujer que me diste por compañera me dio de ese fruto y yo lo comí” (Génesis 3:12). El egoísmo se había apoderado de él. Una maldición les seguirá a lo largo de su vida; para el hombre el duro trabajo, la hostilidad del mundo material; para la mujer, su dependencia del hombre, su maternidad dolorosa y para los dos la muerte física, al estar privados de los frutos milagrosos del árbol de la vida y separados de Dios. Ya no se trata solamente de un paraíso perdido, de haber malogrado algo importante, sino que ellos mismos se habían extraviado.

Por otro lado, las consecuencias de la caída son hereditarias. El pecado, habiendo tomado posesión de nuestros primeros padres, ha venido a formar parte esencial de nuestro ser. De aquí en adelante, las provisiones viciosas que están en la carne se transmitirán a sus hijos nacidos de su carne. Sin embargo, cada uno de ellos es responsable de sus actos. De la descendencia inmediata de Adán, viene Caín, un hombre egoísta, mentiroso, celoso y asesino. Pero también, Abel, una persona consciente de su impotencia moral para vencer la nefasta herencia, y ofrece a Dios, en expiación simbólica, el holocausto, manifestando así su fe en la promesa de salvación hecha por Dios después de la caída: pondré enemistad entre tú y la mujer, y entre tu simiente y la de ella; su simiente te aplastará la cabeza, pero tú le morderás el talón (Génesis 3:15). Los dos hermanos obran libremente, pero escogen caminos opuestos.

El amor de Dios hacia el hombre pecador
Dios no tiene al culpable por inocente ni al inocente por culpable, cada uno es responsable por su pecado. En virtud de la gracia salvadora por el sacrificio voluntario de Cristo ofrecido en el Calvario, puede hacer que esta naturaleza vuelva a su pureza primitiva. Aunque la humanidad haya caído en el pecado, Dios no la ha abandonado ni dejado sin testimonio, sino que le ha abierto una puerta a la salvación. Dios ha hablado por medio de la naturaleza: desde la creación del mundo las cualidades invisibles de Dios, es decir, su eterno poder y su naturaleza divina, se perciben claramente a través de lo que él creó, de modo que nadie tiene excusa (Epístola a los Romanos 1:20). Dios también ha hablado por medio de los profetas y como culminación de su revelación lo ha hecho por su Hijo Jesucristo. Este, por el sacrificio de sí mismo en la cruz, ha traído la salvación al mundo, pero solamente se benefician de ella los que la reciben por la fe. El que cree en Cristo como su salvador y Señor, es justificado para con Dios y tiene paz con él, habiéndose reconciliado con su Creador. Entonces se produce lo que se conoce como conversión, es decir, volverse a Dios. Solo una conversión radical, un cambio de naturaleza, puede habilitar para gozar de la presencia y de la comunión con Dios, que es la dicha suprema.

Conclusión
Estas verdades solemnes, esenciales, que hemos expuesto, tienen el respaldo riguroso de la Palabra de Dios, la Biblia. Son las que siempre ha profesado la Iglesia fiel. Asimismo nos estimulan a ser testigos de Cristo en el mundo en que vivimos. Arrebatar a los pecadores de las garras de Satán y del infierno eterno para dirigirlas a Dios es nuestra misión sublime. Por otro lado, Jesús y sus apóstoles han enseñado claramente, que los pecadores impenitentes están abocados a una perdición eterna, a la separación total y definitiva de Dios. Por eso, hay una urgencia en divulgar el evangelio, pero hace falta sentir la llama quemar en uno mismo, para poder cumplir eficazmente esta misión.

Pedro Puigvert