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Ahora bien, la fe es la garantía de lo que se espera, la certeza de lo que no se ve.
(Epístola de los Hebreos 11:1)

El término fe, significa confianza, fidelidad, aquiescencia. Es una facultad natural del hombre. Nada se haría en el mundo si no hubiera una confianza recíproca entre los hombres. Al pedir nuestra fe, Dios no demanda nada que no sea conforme a la naturaleza original del ser humano y a su razón. Fe, según la Escritura, es en principio la adhesión de la persona a los hechos debidamente certificados y a las doctrinas que se derivan de ellos. Pero esta adhesión, por ella sola, es insuficiente para constituir la fe verdadera. Hay personas que creen en Jesús y que, sin embargo, lo abandonan: desde entonces muchos de sus discípulos le volvieron la espalda y ya no andaban con él (Evangelio de Juan 6:66). Simón el mago creyó y fue bautizado, pero su fe no era la fe que salva. Tampoco la del rey Agripa que, sin embargo, creía en los profetas como lo testifica el apóstol Pablo: Rey Agripa, ¿crees en los profetas? ¡A mí me consta que sí! (Hechos de los apóstoles 26:26). Pero por lo que sigue vemos que su fe no era auténtica.

La fe como medio para apropiarse la gracia de Dios
La fe es la aceptación por el corazón, como también por la inteligencia, de las verdades, incluso misteriosas, y los hechos invisibles o aún por venir, que nos testifica el Espíritu Santo, en las Escrituras, como vemos en la frase que encabeza este escrito. Ella comporta la obediencia a las doctrinas y a los mandamientos que se derivan de estos hechos y de estas verdades. La fe salvífica es la del alma sincera que acepta y se apropia la gracia de Dios y sus promesas. No obstante, la verdadera fe salvífica es en principio un don de Dios y el requisito imprescindible para recibir la salvación gratuitamente como un regalo de Dios: Por gracia habéis sido salvados mediante la fe, pero esto no procede de vosotros sino que es el regalo de Dios (Epístola a los efesios 2:8). Como dos amigos se dan mutuamente su fe, es decir, su confianza, así el alma del creyente se da a Dios, quien se entregó a ella en Cristo Jesús.

La fe en el Antiguo Testamento
En la Antigua Alianza, la fe tenía por objeto una bendición temporal, para el creyente o su posteridad. Sin embargo, los creyentes de esta dispensación tenían presentes también las gracias espirituales, más o menos unidas a las gracias temporales, pero ellos no tenían una visión muy clara del más allá que nos ha sido revelada en el evangelio. La intensidad de su fe compensaba lo que faltaba a su objeto. Este mismo género de fe se encuentra en los evangelios. Muchos se acercaban a Jesús para ser simplemente sanados de sus enfermedades, otros y sus discípulos mismos creyeron en él en principio, sobre todo porque pensaban que Cristo sería el que devolvería a Israel la gloria de su independencia política. Es de admirar su fe, que era sincera, bien que ella no tenía la medida y la espiritualidad que debía adquirir después de la resurrección de Cristo y el derramamiento del Espíritu Santo. Ellos no creían en lo falso, pero no veían la salvación en toda su dimensión. En el Antiguo Testamento, la fe es rudimentaria, se apoya sobre los signos de los milagros, sobre todo en el período que precede y acompaña la revelación dada a Moisés.

La fe en el Nuevo Testamento
En los Evangelios, sin embargo, como en los Hechos de los apóstoles y las Epístolas, el objeto supremo de la fe de los discípulos a menudo se presenta y acepta como la obra redentora del Salvador, el perdón de los pecados, la vida eterna, puestos en un primer plano, por ejemplo, en la historia de la pecadora arrepentida, de la samaritana, de Zaqueo, del ladrón moribundo y también de otros. En los evangelios, el elemento milagroso subsiste, pero Jesús no le da un lugar preponderante. El milagro sobre el que se apoya esencialmente la fe cristiana, es la resurrección de Cristo. Este milagro es el más importante, porque es el que Satanás no ha podido impedir ni contradecir. Los milagros, no son siempre, según la Escritura, pruebas de la verdad. Pueden también ser el resultado de la intervención de otros factores sobrenaturales y malvados que buscan engañar a las personas. Como por ejemplo, Simón el hechicero (Hechos de los apóstoles 8:9-11), el cual se jactaba de ser alguien importante y la gente le llamaba “El Gran Poder de Dios”. Así, Judas, fue uno de los doce a quien Jesús dio temporalmente poderes milagrosos (Evangelio de Mateo 10:1-4). Los falsos cristos y los falsos profetas harán grandes señales y milagros para engañar, a ser posible, aun a los elegidos (Evangelio de Mateo 24:24). En las epístolas, los objetivos temporales a los que se estaba uniendo la fe de los antiguos israelitas no se consideran despreciables. Habla del restablecimiento de Israel, del reino de Cristo sobre la tierra, de la transformación del mundo visible en el regreso de Cristo. Pero estos objetivos no están colocados en un primer plano: antes de tomar las promesas que conciernen a estos hechos, le fe debe atrapar las que pertenecen al perdón, la salvación y la vida eterna. Es en la medida donde la fe se une a estas realidades invisibles, y donde ella se nutre, que puede comprender y asir todas las demás promesas.

La superstición no es fe
La superstición es la aceptación de hechos y de doctrinas inventados por los hombres, o transmitidos por una tradición más o menos dudosa, que golpean la imaginación, seducen el pensamiento y satisfacen su necesidad de milagros que existe en toda alma humana, pero son contrarias a la enseñanza de las Sagradas Escrituras. Es una aberración mental, una desviación del instinto religioso, que se usa sobre los objetos, de los ídolos o de los hombres, de tal manera que el alma no sabe discernir entre el error y la verdad y los acepta en pie de igualdad y muy a menudo colocando el error por encima de la verdad. Ahí están, por ejemplo, los frascos que venden algunos que se llaman cristianos y son engañadores, que sirven supuestamente para luchar contra los malos espíritus y que rinden pingües beneficios a sus productores.

Conclusión
La fe es también un don especial, aparte de la fe salvífica. Es un don concedido por el Espíritu Santo a algunos miembros de la Iglesia de Cristo, que ya han creído para ser salvos, pero que han recibido además una virtud especial, por la que obtienen algunas respuestas a sus oraciones: a otros fe, por medio del mismo Espíritu (1 Co. 12:9). Por otro lado, el apóstol Pablo dice más adelante: si tengo una fe que logra trasladar montañas, pero me falta el amor, no soy nada (1 Co. 13:2). Hacer milagros en nombre de Cristo, si no hemos pasado por el arrepentimiento y por la fe personal y de corazón, parece que esto es posible. Pero esta facultad no salva al que la posee, por el contrario aumenta su responsabilidad.

Pedro Puigvert