Església Evangèlica
Església Evangèlica
av. Mistral, nº 85-87
08015-Barcelona
Email:
tel.: 93 372 1632

El boletín de la iglesia

Estudios

Selección de sermones

Conferencias

Boletín Evangelístico

Boletín Verdad Viva

Palabras de vida

Salva pantalles

Clic aqui
Para descargar este salvapantallas gratuito con un verso bíblico en cada paisaje.

Aconteció que murió el mendigo, y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham; y murió también el rico, y fue sepultado. Y en el Hades alzó sus ojos, estando en tormentos, y vio de lejos a Abraham y a Lázaro en su seno.
(Evangelio de Lucas 16:22-23)

La mayoría de comentaristas bíblicos se refieren a este pasaje de las Escrituras como la parábola del hombre rico y Lázaro. El hecho de que se mencionen los nombres propios de dos personajes, Lázaro y Abraham, la hacen una parábola muy particular. Las parábolas cuentan historias de la vida de todos los días: un sembrador que sale a sembrar el campo, una oveja que se ha perdido y el pastor va buscarla, una mujer que pierde una moneda y barre toda la casa hasta encontrarla. Entonces, este relato de cosas que pasan después de la muerte, puede ser recibido como una descripción exacta de lo que ocurre realmente cuando morimos. Este es un tema del que no gusta hablar, pero forma parte de nuestra existencia aquí y también del más allá, por eso nos concierne. Cuenta un escritor, con cierta ironía, que “si te quieres encontrar solo en una fiesta o en cualquier reunión a la que asistas, habla de la muerte con los invitados y pregúntales cómo se la imaginan. Tus amigos harán todo lo posible para encontrar buenas razones y evitar tu compañía”. Jesús cuenta la historia de un hombre rico que banqueteaba cada día luciendo espléndidas ropas. Delante de su casa había otro hombre que mendigaba lleno de llagas esperando comer los mendrugos de pan con que los comensales se limpiaban las manos y tiraban a los perros. En la interpretación de las parábolas no debemos buscar el significado de los detalles que constituyen el ropaje, porque entonces estaríamos alegorizando el texto, una práctica de la que hay que huir por errónea, pero sí podemos destacar las verdades importantes que sobresalen en esta historia.

Jesús creía que la muerte no es el fin de la existencia humana
La manoseada frase “muerto el perro se acabó la rabia”, no formaba parte del pensamiento del Señor Jesús. Cuando morimos aquí, nuestra existencia no ha terminado. La muerte es simplemente la transición de un lugar a otro. Lo que queda aquí es nuestro cuerpo, pero nosotros seguimos viviendo. Este es un hecho tranquilizador y espantoso a la vez. Es tranquilizador estar seguro que continuamos existiendo después de morir, pero es espantoso si no estamos seguros de saber dónde estaremos en el instante después de nuestra muerte, si al lado del Señor descansando o lejos de él sufriendo.

1. El destino de Lázaro. En el curso de su vida, Lázaro el mendigo, fue un creyente en el Dios de Israel. En consecuencia, cuando muere, los ángeles se llevan su alma a un lugar de reposo, de gozo y de bendiciones al lado de Abraham, el padre de los creyentes. El hecho de mencionar el nombre del más prestigioso patriarca de Israel, era para hacer comprender a los que oían la parábola que Lázaro se encontraba en el lugar donde iban los espíritus de los justos después de la muerte. Los rabinos judíos se referían indistintamente a este lugar como el seno o al lado de Abraham, una expresión sinónima de cielo o paraíso.

2. El destino del rico. Por contraste, el hombre rico, mientras vivió en este mundo disfrutaba solamente de los bienes materiales. A su muerte, fue enterrado, probablemente con gran pompa y múltiples elogios fúnebres que es cuando más se prodigan. En consecuencia, él se encontró en el Hades, la región de los muertos, un lugar de tormento, que como veremos más adelante no debemos confundir con el infierno. Mientras su cuerpo está en la tumba, su espíritu sufre tormentos en el Hades.

Jesús creía que hay dos esferas de existencia tras la muerte Los seres humanos al morir van a un lugar de reposo o a un lugar de tormento. Jesús nunca ha orillado este asunto. El rico había sido tenido en alta estima en la tierra. La gente lo consideraba como alguien que había obtenido éxito en la vida y la mayoría estaría encantado de tenerlo en su iglesia o grupo social. Pero Dios que examina el corazón de los hombres lo encontró vacío de fe. En lugar de amar a Dios, como la ley y los profetas le ordenaban, este hombre amaba los bienes materiales. En lugar de amar al prójimo como a sí mismo, no había atendido a Lázaro a la puerta de su casa. Por eso este hombre estaba en el Hades.

a) La esfera de la muerte. El término griego Hades es sinónimo del hebreo Seol y ambos se usan para referirse a un lugar donde van las almas de los impíos e incrédulos, hasta la resurrección de los muertos. Nuestra versión de la Biblia hace bien en dejar ambos términos en su propia lengua, porque algunas erróneamente han traducido Seol por sepulcro, cuando existe la palabra queber para ello. Observemos que el rico es consciente de donde está: ve de lejos a Abraham y le pide que envíe a Lázaro para refrescar su lengua con una gota de agua que indica el grado de tormento. Además, nos damos cuenta que el carácter de los rebeldes e impíos, no cambia en el más allá. Es absurdo pensar que alguien se despierte en el Hades y de repente crea en Cristo. Los hombres y mujeres que han rechazado la gracia de Dios en esta vida continuarán igual en la otra. El rico manifiesta las mismas actitudes que antes, porque la misericordia que busca es la de calmar el sufrimiento, pero no hay en él ningún signo de arrepentimiento.

b) La esfera de la bienaventuranza. Lázaro se encuentra al lado de Abraham consolado después de la muerte, pero no por ser pobre ni el rico era atormentado por ser rico. Este, porque había vivido al margen de Dios y aquel porque era un hombre humilde que creía en Dios. Sin embargo, es consolado por la vida que había sufrido en la tierra. Este lugar de consuelo es designado por Jesús como el paraíso cuando le hace la promesa a uno de los dos ladrones crucificados a su lado (Lucas 23:43); también se le llama el cielo como lugar al que ascendió Jesús después de su resurrección (Hechos de los apóstoles 1:11).

c) La sima se separación. De una parte vemos el lugar de residencia de los espíritus de los justos y del otro el lugar de tormento donde son enviados los espíritus de los impíos. En medio una gran sima impide pasar de un lado al otro. En ningún momento, Jesús o la Biblia, en otra parte, mencionan el purgatorio. En cuanto al infierno, es un lugar para el estado eterno, una vez resucitados y efectuado el juicio final, un sitio destinado para el diablo, sus ángeles y todos los impíos.

Jesús creía que la muerte señala un destino irreversible La muerte sella nuestro destino para siempre jamás. Es decir, no hay posibilidad de volver atrás. Es mientras estamos en esta vida que debemos arreglar el porvenir eterno. Todas las peticiones del rico son rechazadas, su discurso pidiendo a Abraham que envíe a Lázaro a casa de su padre llega tarde. Por la experiencia que vivía se daba cuenta que había una manera de evitar ir a aquel lugar de tormentos. Por eso hace la súplica para lograr que a sus hermanos no les ocurra lo mismo. Un sentimiento de desesperanza se abate sobre él. Pero después de la muerte no hay cambio posible. El lugar donde pasaremos la eternidad, no se decide después de la muerte, sino aquí y ahora. Abraham le mostró que sus hermanos ya tenían la guía para saber lo que debían hacer: las Sagradas Escrituras. Porque ni siquiera alguien que resucitara podría persuadir a los que rechazan la palabra de Dios de que deben creer en Cristo para ser salvos.

Conclusión La historia de Jesús sobre el hombre rico y Lázaro destruye el mito popular de que no hay vida después de la muerte. Por otro lado, es urgente arreglar nuestro futuro si todavía no lo hemos hecho. Entre otras cosas Cristo dio su vida para librarnos de la condenación eterna. Todavía puedes, querido lector, acogerte a la insondable gracia de Dios, arrepentirte de tus pecados, creer en Cristo y ser salvo.

Pedro Puigvert