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Desde antes que nacieran los montes y que crearas la tierra y el mundo, Desde los tiempos antiguos y hasta los tiempos postreros, Tú eres Dios.
(Salmo 90:2))

Al principio de un nuevo año, la lectura y meditación de este salmo se ha convertido en algo habitual para aquellos que reconocemos la grandeza y el poder de Dios, así como la pequeñez e insignificancia del ser humano. Debemos bendecirle por su amor y benevolencia hacia nosotros que nada merecíamos, pero que en su condescendencia envió a su Hijo Jesucristo para redimirnos de la esclavitud del pecado y darnos el perdón del mismo. Este salmo debería sea objeto de nuestra meditación y servirnos de estímulo para impulsar nuestras oraciones de gratitud a Dios por todas las bendiciones con que nos ha colmado el pasado año y que al mismo tiempo nos renueve la vocación de servicio a su nombre. Para aquellos que todavía no le adoran como su Dios ni le dan gracias, deseamos que el Señor toque sus corazones para que se vuelvan a él en arrepentimiento y fe.

Dios, nuestro refugio permanente
Señor, tú has sido nuestro refugio generación tras generación (v.1). Cuando nos acercamos a Dios es siempre conveniente que tengamos el concepto correcto de lo que es él. El salmista Moisés, según la indicación del título del salmo, conocía bien la historia de Israel dando testimonio de la verdad expresada en la extraordinaria frase con que empieza este salmo y nuestro párrafo, frase que utilizó Isaac Watts para inspirarse en el famoso himno “Dios nuestro apoyo en los pasados siglos, nuestra esperanza en años venideros, nuestro refugio en hórrida tormenta, y nuestro hogar eterno”. Cada generación del pueblo redimido ha encontrado en Dios su refugio permanente. De las generaciones pasadas han desaparecido las grandes figuras y muchas cosas han cambiado, pero Dios permanece inmutable. Es nuestro punto de apoyo y referencia.

a) El reconocimiento de los atributos de Dios. Además de su inmutabilidad, o sea, que él no cambia, nuestro Dios es eterno y podemos confiar en él para refugiarnos, pues el Dios sempiterno es tu refugio (Deuteronomio 33:27). La inmutabilidad de Dios es una de sus perfecciones que le distingue de sus criaturas, porque él es el mismo perpetuamente (v.2). Dios no cambia nunca porque no tiene principio ni fin, a diferencia de nosotros que estamos sujetos a cambios y un día nos llegará la muerte. Dios no está sujeto al tiempo como nosotros, porque dice el salmista: mil años, para ti, son como el día de ayer, que ya pasó; son como unas cuantas horas de la noche (v.4).También, es el Dios Creador, lo era antes de crear el universo y lo seguirá siendo hasta los tiempos postreros (v.2). Asimismo, es el Dios Soberano, el Señor del cielo y de la tierra, es absolutamente independiente, no está sujeto a nada ni a nadie y actúa como quiere. Este es un atributo que afecta al ser humano, porque cuando quiere hace que los hombres mueran, cuando dice: “¡Volveos al polvo, mortales!” (v.3).

b) La brevedad de la vida humana. Los símiles escogidos, del torrente, el sueño y la hierba son precisos (vv. 5-6). El ser humano comparado con la eternidad de Dios tiene una vida fugaz en la tierra: es como un torrente de aguas que pasa delante de los ojos precipitadamente; o como un sueño que se esfuma rápidamente mientras dormimos; o como la hierba que una vez cortada se seca. Aparte de eso, la longevidad tiene unos límites, pues algunos llegamos hasta los setenta años, quizás alcancemos hasta los ochenta, si las fuerzas nos acompañan (v.10). Aún con el progreso de la medicina con el consiguiente aumento de los años de vida, pues hoy en día bastantes superan los cien años, esto es así ya que la vida es fugaz. Esta fugacidad de la vida humana crea en nosotros una sensación de pequeñez que nos anonada. Por esta razón, es ahora y aquí, mientras estamos en el mundo que debemos arreglar nuestro futuro eterno. Porque habrá un día que tendremos que presentarnos delante del tribunal de Dios para ser juzgados y si no nos hemos acogido a la salvación por gracia, un panorama terrible se presenta delante nuestro, mientras que ninguna condenación hay para aquellos que están en Cristo Jesús (Romanos 8:1).

La necesidad de confesión de pecado
Moisés veía en el drama humano mucho más que lo efímero y busca la raíz de aquello: el pecado. Es en el pecado donde se encuentra el origen de los males temporales y la muerte misma del ser humano. A causa del pecado que provoca la cólera divina, somos turbados y nuestros días declinan, porque la ira de Dios nos consume y su indignación nos aterra (v.7). Por eso debemos confesar nuestros pecados ya que acabamos nuestros años como un pensamiento, pues ante ti has puesto nuestras iniquidades; a la luz de tu presencia, nuestros pecados secretos (v.8). Eres consciente que la vida entera se nos va, que se esfuman nuestros años como un suspiro (v.9), y si todavía no estás a bien con Dios habiéndote reconciliado con él por medio de Cristo, pidiéndole el perdón de tus pecados, te espera la condenación eterna. Asimismo se hace necesaria la petición de contar bien nuestros días para que nuestro corazón adquiera sabiduría, es decir, nuestra conducta se adecue a la voluntad revelada de Dios. Dice el salmista: Enséñanos a contar bien nuestros días, para que nuestro corazón adquiera sabiduría (v.12).

La súplica vehemente del redimido
El salmista ora en demanda de la misericordia de Dios: ¿Cuándo Señor, te volverás hacia nosotros? ¡Compadécete de tus siervos! (v.13). Por su gracia todo puede cambiar. De la aflicción de los días pasados podemos pasar a la alegría de días nuevos (v.14). La vida ya no será un mero vegetar, sino una oportunidad para servir a Dios de forma renovada, para hacer una obra trascendente, la obra de Dios en nosotros y por medio de nosotros. De este modo, la vida adquiere un sentido glorioso en que Dios confirma nuestra obra (vv.15-17).

Conclusión
La distancia entre Dios y el ser humano es enorme. Su grandeza y poder no tienen límites, mientras que nosotros somos débiles criaturas pecadoras que sin Cristo y su obra tendríamos un futuro sin esperanza. La vida del ser humano es efímera, de ahí que sea urgente que los que viven sin Cristo abracen el evangelio por la fe, se arrepientan de sus pecados volviendo al Dios que los creó. Al comienzo de un nuevo año es un tiempo apropiado para hacer balance de nuestra vida y preguntarnos si pensamos seguir como hasta ahora, viviendo lejos de Dios, o entregarnos a Cristo para recibir la vida eterna.

“A la luz de la gracia de Dios, su eternidad, también, se refleja en la vida y la obra del hombre. Visto con la luz de Dios, lo evanescente se hace duradero, lo miserable viene a ser glorioso, y lo que carece de sentido cobra significado, porque todo está bañado en luz de eternidad “ (Weiser).

Pedro Puigvert