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Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos juntos en el mismo lugar. De repente, vino del cielo un ruido como el de una violenta ráfaga de viento y llenó toda la casa donde estaban reunidos. Se les aparecieron entonces unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos. Todos fueron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en diferentes lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse.
(Hechos de los apóstoles 2:1-4)

En el cristianismo se celebran tres grandes fiestas: la primera, Navidad, conmemora el nacimiento de Jesucristo; la segunda, pascua de resurrección, evoca la obra de Cristo y su triunfo sobre la muerte por su resurrección de entre los muertos; la tercera, el descenso del Espíritu Santo en el día de la fiesta judía de Pentecostés a la que se refiere el texto que encabeza este escrito. El ser que el ojo humano no ha visto jamás, pero sin el cual nos sería imposible conocer a Dios y recibir la luz y la vida que provienen del Padre y del Hijo, es el Espíritu Santo.

¿Quién es el Espíritu Santo?
En primer lugar, el Espíritu Santo no es una influencia, una mera fuerza o una emanación inconsciente. Él es, de acuerdo a las Escrituras, una persona divina distinta del Padre y del Hijo, formando con ellas un Dios único. Es imposible no admitir este hecho, si aceptamos las declaraciones tan diáfanas de Jesús con relación al Paracleto, término que ha sido traducido por Consolador, pero cuyo significado es el de abogado, ayudador y defensor. El Espíritu Santo es el indispensable ayudador que necesitamos para vivir aquí una vida santa (Juan 14:16,26; 15:26; 16: 7, 13, 14). Jesús se refiere al Espíritu Santo como de otro Consolador, que el Padre debía enviar sobre la tierra para sustituir al Hijo hecho Hombre después de su ascensión a los cielos. Dios es Espíritu, esto es verdad del Padre y del Hijo, pero la tercera persona de la Trinidad es especialmente llamada Espíritu para expresar de manera particular su actividad. Mientras que el Padre quiere y ordena, el Hijo habla y se da a sí mismo, el Espíritu aplica las voluntades del Padre ejecutadas por el Hijo, y nos comunica la gracia que viene a nosotros, del Padre por el Hijo. El Espíritu da a cada uno individualmente, lo que el Hijo ha obtenido por medio de su muerte, y que el Padre, en su amor insondable, había destinado desde la eternidad.

¿Para qué vino el Espíritu Santo al mundo?
Él era la promesa que los discípulos debían esperar para iniciar su obra misionera en el mundo según el mandato que habían recibido del Señor Jesucristo. Los discípulos, después de la ascensión de Jesús al cielo, no se dispersaron como habían hecho cuando Cristo fue crucificado. Ellos estaban unidos juntos ahora, por la gran experiencia que acababan de tener, la visión del Cristo resucitado y su comunión con él y por la gran promesa que el Señor les había dado: el poder del Espíritu Santo, el cual obraría sobre ellos y en ellos. Les guardaría unidos en el amor fraternal, la humildad y la oración. El Espíritu les daría sabiduría para conocer las Escrituras, así como para dar testimonio del Cristo resucitado en todo el mundo, anunciando el evangelio.

La obra del Espíritu Santo en el pecador
Jesús había instruido a sus discípulos en lo que concierne a la acción que el Espíritu Santo debía ejercer sobre el mundo desde su venida. Debía preparar el acontecimiento del reino de Dios, que se producirá cuando Jesús vuelva, convenciendo al mundo de pecado, de justicia y de juicio.

a) Convencerá. Esta palabra expresa no solamente una acción sobre la inteligencia, sino sobre todo el conjunto del ser moral: razón, consciencia, corazón. La proclamación del evangelio sería inútil, sin la asistencia del Espíritu Santo y su acción sobre el pecador.

b) Convencerá al mundo de pecado. El pecado inicial, la incredulidad, es la forma más grave de rechazo de creer en Cristo y en la palabra de Dios. El pecado supremo de Israel, junto con los otros, fue su desprecio de Jesús, su Mesías, a pesar de todos los milagros y las pruebas que les había dado. Y el pecado principal del mundo actual, juntamente con los demás, pero mucho más grave es el mismo que cometieron los judíos.

c) Convencerá al mundo de justicia. Jesús ha sido el justo perfecto, y los hombres le han rechazado. Pero Dios el Padre le ha resucitado de los muertos y así le ha justificado plenamente de las falsas acusaciones levantadas contra él. Dios le ha hecho Señor y Cristo al que vosotros habéis crucificado, les dijo Pedro a los que se habían reunido el día de Pentecostés (Hechos de los apóstoles 2:36). En Cristo estalla pues la justicia de Dios: Jesús ha tomado el lugar de los pecadores, es por eso que esta justicia le golpeó, dando gracia a los culpables. Él es el justo y por eso no era posible que fuese retenido por la muerte y Dios le haya exaltado hasta lo sumo (Filipenses 2:9).

d) Convencerá al mundo de juicio. La derrota de Satanás en el Calvario y la resurrección es el principio de su ruina (Evangelio de Lucas 10:18). Los que hemos creído en Cristo, tenemos por el Espíritu Santo la certeza de estar ahora liberados del poder del mal y de toda condenación (Carta a los Romanos 8:1). El mundo está obligado a reconocer que, después de la muerte de Cristo, un poder nuevo ha venido, el evangelio, el cual condena, las acciones que antes parecían naturales.

Conclusión
La convicción de pecado produce el arrepentimiento o conversión. Esto también pertenece a la obra del Espíritu Santo. El arrepentimiento es el primer paso hacia la vida nueva, pero solo es un primer paso. La convicción de pecado es como la labor que prepara el terreno para recibir la simiente. La simiente es la palabra de Dios y el Espíritu Santo la fecunda. Él hace nacer el hombre nuevo, produciendo en el alma la fe en Jesucristo crucificado.

Pedro Puigvert