Església Evangèlica
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Maranatha

por Pedro Puigvert


Anciano de la Asamblea de Hermanos de Barcelona Av. Mistral, 85-87 es Presidente y profesor del CEEB en donde enseña Hermenéutica Bíblica, Teología Sistemática (Bibliología, Cristología y Escatología) y Catolicismo Romano. Director de la revista de orientación bibliográfica Síntesis y colaborador de Edificación Cristiana". Diplomado en Teología por el Centro Evangélico de Estudios Bíblicos (CEEB) es también Bachiller en Ciencias Bíblicas por el Centro de Investigaciones Bíblicas (CEIBI). Ha sido Presidente de la Alianza Evangélica Española; del Consell Evangèlic de Catalunya y Secretario General de la Unión Bíblica durante treinta años.

¿Cómo entroncó el título Señor con la vida de la Iglesia apostólica? Cristo era reconocido como el que gobernaba de manera invisible su Iglesia y que durante el culto estaba presente en medio de los congregados en su nombre (Mt. 18:20). Esto se ve a través del examen de una muy antigua oración litúrgica conservada en arameo en 1 Co. 16.22: Maranatha.
Salta a la vista su importancia, pues esta carta está dirigida a una iglesia griega, pero el término permanece en arameo tal como era usado presumiblemente en la comunidad jerosolimitana. Un estudio detallado de 1 Co. 16:22, debe tomar en consideración que el término aparece al final de la carta. El contexto inmediato, a partir del capítulo 11, entre otras cuestiones, trata del orden en el culto, por cierto bastante maltrecho por la carnalidad de los corintios, tanto en lo moral como en el uso de los dones de manera indebida. Es en este contexto que Pablo sitúa la oración Maranatha.

El término consta de dos partes: la primera, mar, significa Señor en arameo. En su sentido general se empleaba en el trato corriente entre personas, igual que hacemos nosotros, pero en nuestro texto su sentido es específico y adquiere el carácter de soberanía. La segunda, anatha, es una fórmula verbal del arameo venir. Pero el problema surge cuando intentamos descomponer la palabra, obteniéndose sentidos distintos según se divida maran-atha o marana-tha.
En el primer caso estaríamos ante la tercera persona del indicativo y la traducción sería "nuestro Señor viene". En el segundo caso se trataría de un imperativo que puede traducirse por el vocativo: "¡Señor nuestro, ven!". De ahí se desprende que el primero correspondería a una confesión de fe y el segundo a una oración (invocación). La gramática permite ambas traducciones, por tanto, debemos buscar otras evidencias, internas y externas, que nos muestren por cuál de las dos debemos optar. La posibilidad de que se trate de una oración y no de una confesión de fe, tiene a su favor las siguientes evidencias:

a*) En el NT las confesiones de fe no se registran nunca en arameo sino que todas están en griego, mientras que sí hay indicios de que ciertas oraciones se conservan en su forma original, como por ejemplo Abba (Ro. 8:15, Gá. 4:6).

b*) El interesante paralelismo de Juan en Apocalipsis, donde invoca al Señor diciendo: "¡ven, Señor!" (22:20). Esta oración sigue la misma forma imperativa de Maranatha.

c*) En un texto de la Didajé, en que se relata un acto de culto y contiene la liturgia, las palabras son casi idénticas a las de 1 Co. 16:22-23, recogiendo Maranatha como una oración que se pronunciaba de forma antifonal antes de partir el pan de la Cena del Señor.

Por todas estas evidencias llegamos a la conclusión que Maranatha era una invocación al Señor que tenía lugar en el contexto del culto y de manera especial antes del partimiento del pan. Esto nos ayuda a entender un poco más el sentido que kyrios tenía para la Iglesia primitiva. Ante todo era una oración escatológica, pero no se quedaba solamente en un deseo del retorno de Cristo al final de los tiempos.

La Iglesia tenía conciencia de que cuando se reunía estaba disfrutando de las primicias de lo que en la consumación de todas las cosas será una realidad perdurable, encontrando su máxima expresión en el culto antes de la Cena del Señor, donde era contemplado de forma anticipada. Cristo viene al fin de los tiempos, pero mientras llega, viene al seno de la Iglesia reunida para la celebración eucarística (Mt. 18:20). Esto está en conexión con la frase contenida en la oración modelo cuando dice:”venga tu reino”, un reino que ha venido, está viniendo y vendrá. La presencia del Señor es vivida con anticipación y esto sólo es posible en el seno de la Iglesia y en momento especial del partimiento del pan. Lo trágico es cuando una iglesia local tiene al Señor a la puerta y no hay comunión posible con él, como sucedía en la iglesia de Laodicea (Ap. 3:20).

En vista de lo dicho, la expresión ¡Maranatha! tenía el hondo sentido de una oración que no se quedaba en una simple petición para que Cristo adelantase el día de su regreso, sino que la Iglesia le pedía que apareciese en medio de ella para renovar su experiencia con el Señor resucitado. El retorno de Cristo cobraba así un especial relieve al no estar comprometido a una simple espera, sino que podía ser vivido con anticipación en la Cena del Señor. Además, reconocían la soberanía de Cristo: “¡Señor, ven!” El que viene es Señor, lo hace cuando la Iglesia se reúne y vendrá de manera definitiva al final de los tiempos ¡Maranatha!

Mientras se ha conservado la oración en arameo donde a Cristo se le invoca como Señor, no sucede lo mismo con la confesión de fe que hallamos en griego: “Kyrios Iesous” (Jesús es el Señor). Una confesión que hacía frente a la pagana “Kyrios Kaiser” (César es el Señor), puesto que no sólo se refiere a la función presente de Jesús, sino que abarca toda su obra, donde aquel que ya era Señor, después de haber realizado la obra que el Padre le encargó, según sus propias palabras, recibió doble honor: el suyo inherente a su naturaleza divina y el adquirido por su triunfo sobre la muerte al resucitar. De ahí que en el mensaje que Pedro dirigió a los judíos el día de Pentecostés dijera: “Dios hizo Señor y Cristo a este Jesús que vosotros habéis crucificado” (Hch. 2:26).

Pedro Puigvert