Església Evangèlica
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El culto de adoración / Jn. 4:20-24

por Pedro Puigvert


Anciano de la Asamblea de Hermanos de Barcelona Av. Mistral, 85-87 es Presidente y profesor del CEEB en donde enseña Hermenéutica Bíblica, Teología Sistemática (Bibliología, Cristología y Escatología) y Catolicismo Romano. Director de la revista de orientación bibliográfica Síntesis y colaborador de Edificación Cristiana". Diplomado en Teología por el Centro Evangélico de Estudios Bíblicos (CEEB) es también Bachiller en Ciencias Bíblicas por el Centro de Investigaciones Bíblicas (CEIBI). Ha sido Presidente de la Alianza Evangélica Española; del Consell Evangèlic de Catalunya y Secretario General de la Unión Bíblica durante treinta años.

Cuando hace tiempo que no meditamos acerca del culto de adoración que ofrecemos a Dios, como ocurre con tantas cosas va degenerando, por lo que hace falta volver a la Palabra de Dios y dejar que sea ella la que nos renueve y corrija a fin de ofrecer a nuestro Señor y Salvador el tipo de culto que debe recibir. En las palabras que Cristo dirigió a la samaritana vemos que hay un Dios al que adorar, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, un ser que es Espíritu, unos adoradores que son los creyentes en él, los cuales para que su adoración sea verdadera deben adorarle de manera espiritual y en verdad. Esta actividad de los adoradores es necesaria para nosotros y buscada por Dios mismo. Por todas estas cosas, estamos tratando un asunto esencial.

  1. Diferencia entre adoración y alabanza.
    Muchas veces nos referimos a ellas como si fueran idénticas o se combinan para formar un todo, pero hay una diferencia notable entre la una y la otra. En líneas generales la alabanza forma parte de la adoración, pero no son iguales.

    1. Significado de alabanza. Esta palabra procede de la raíz hebrea hallel y de ahí deriva el término aleluya (Alabad a Yah) una llamada a alabar a Dios, un reconocimiento íntimo, público y sonoro de la grandeza de Dios. Alabar es una expresión de elogio, una ponderación real de lo que es Dios, una declaración que va desde el canto a la oración, desde la actitud a la acción, desde la razón al sentimiento. Alabar es enaltecer, exaltar, encumbrar, honrar, ajustar nuestra opinión de Dios con la grandeza del mismo Creador. El equivalente griego en el NT es el infinitivo aineo que ya en la versión de los LXX designa la alabanza que los hombres tributan a Dios y significa alabar, ensalzar. Aparece sólo ocho veces en el NT, seis de ellas en los escritos de Lucas, una de Pablo y otra de Mateo, casi siempre citando el AT. Como sinónimo tenemos eujaristia (acción de gracias), palabra que aparece en la institución de la Cena del Señor. Estos significados nos muestran que alabar no es sólo cantar de manera reiterativa, sino que incluye la oración de acción de gracias y el hablar bien de Dios. En algunos círculos evangélicos existe la reducción de la adoración al placer que produce la música en el "adorador", pero si nuestra comprensión de la alabanza está en función del bienestar que le causa al adorador, estamos en el camino de caer en la idolatría, porque desviamos nuestra atención de Dios para colocarla sobre nosotros mismos.

    2. Significado de adoración. Esta se distancia del sentido de elogio de la alabanza. Adorar indica plena sumisión objetiva y subjetiva del adorador hacia su Creador. El término más empleado en el AT es sacha que significa inclinarse, hacer reverencia. Cuando se produce la adoración el que adora se postra simbólicamente o físicamente ante la presencia y la majestad de Dios (Gn. 24:26). Un término sinónimo es bôdâ que se refería a la función de los esclavos o sirvientes y de ahí que el concepto esencial es el de servicio. Jesús utilizó el equivalente de sacha cuando se dirigió a la mujer samaritana mediante el término proskyneo que está formado por la raíz pros (hacia) y el sufijo kyneo (besar), es decir, "besar hacia", postrarse o inclinarse. De ahí que el concepto bíblico de adoración nos obliga a pensar en alguien que se somete, se postra, queda por debajo del ser adorado. Desde esta perspectiva, el adorador está lamiendo el suelo, mientras que el adorado está por encima, ejerciendo el dominio sobre el adorador. También indica que el que se postra permanece a la espera de recibir algo que él mismo no puede generar, por eso se rebaja y reconoce que sólo Dios es absolutamente superior y está dispuesto a aceptar las bendiciones que fluyen de su gracia. El equivalente griego de bôdâ es latreía y como aquél significa servir, dar culto (Ro. 12:1). Por eso en algunos lugares llaman al culto de adoración "servicio" y designa el culto o servicio a Dios de todo el pueblo y de cada individuo, tanto en un sentido cultual externo como en un sentido interior. Asombrados ante la majestad divina nos postramos en adoración y esta es la actitud que Jesús proclamó, una adoración en un espíritu de postración ante Dios. De ahí que deberíamos recuperar el "silencio santo" de la adoración para acercarnos a la grandeza de Dios y escuchar su voz.

  2. ¿Cómo debería ser nuestro culto de adoración?
    El contenido de la adoración comunitaria tiene dos direcciones:

    1. De abajo a arriba. En la primera, postrados ante Dios le ofrecemos nuestra alabanza y acciones de gracias. La dirección es de abajo a arriba y en ella participamos todos los redimidos por medio de nuestros cánticos, oraciones, lecturas de las Escrituras y breves comentarios ocasionales. Aunque no tengamos una liturgia elaborada, las intervenciones deberían ir en la línea o espíritu que sigue el culto.

      1. Desviaciones. En ocasiones queremos cantar un himno que NO es adecuado al momento o traemos una lectura preparada que NO es oportuna y nos empeñamos en hacerla. Quizás queremos decir algo que hemos hecho o pensado, pero está fuera de lugar. En estas situaciones es mejor estar callado con humildad porque no estaremos adorando a Dios, sino proyectándonos a nosotros mismos y esto no es latreía sino idolatría. En esta parte del culto, hombres y mujeres sin distinción, como reyes y sacerdotes, podemos ofrecer libremente a Dios nuestra alabanza: cantar, orar y leer las Escrituras. El clímax de esta parte es la Cena del Señor o Partimiento del pan. También nos abstendremos de comentar las noticias de prensa aunque sean religiosas porque no es el lugar apropiado para hacerlas.

    2. De arriba a abajo. En la segunda dirección permanecemos en una atenta espera de recibir la Palabra de Dios y la bendición que ella comporta por medio de la edificación, exhortación y consolación (1 Co. 14:3). Por eso no debemos confundir las partes del culto y en la primera nos abstendremos de predicar, enseñar doctrina, o exhortar porque esta función está cubierta en la segunda parte por el predicador. Cristo ejerce sus oficios de profeta sacerdote y rey de este modo: como sacerdote intercede por nosotros presentando nuestra ofrenda como un perfume al Padre, como rey gobierna la iglesia por su Palabra y Espíritu siendo los ejecutores los ancianos de la congregación y como profeta dirige su Palabra a la iglesia por medio de los ministerios fundacionales de apóstoles y profetas y los de edificación de evangelistas, pastores y maestros (Ef. 4:11). Esta dimensión del ejercicio del oficio de Cristo está reservada a los varones por tratarse de un ministerio específico limitado por la misma Escritura (1Co.14:34, 1 Ti. 2:12)). El verbo hablar, se refiere a la enseñanza pública no a la oración. También nos abstendremos de comentar las noticias de prensa aunque sean religiosas porque no es el lugar apropiado para hacerlas.

    3. La dimensión práctica del culto. Esta se expresa por medio de la ofrenda. Los creyentes del NT mostraban el sentido de mayordomía por medio de la limosna, el sostenimiento de viudas y huérfanos, ayudando a los maestros de las iglesias, cuidando a los enfermos y a los presos, pagando el entierro de los pobres y proveyendo para las víctimas de las grandes calamidades y dando hospitalidad a los viajeros. Como administradores de lo que Dios nos ha dado debemos ofrendar con alegría (2Co. 9:6-7).

Conclusión. La adoración cristiana entendida correctamente es la celebración sometida a la suprema grandeza de Dios de modo que se convierta en la norma e inspiración de nuestro vivir. La adoración no es sólo el culto dominical sino la entrega de nuestras vidas en sacrificio vivo y santo agradable a Dios cada día (Ro. 12:1).