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La entrada en el Reino (Mt 7:21-23)

por Pedro Puigvert
Sermones sobre el Sermón del Monte

Estas solemnes palabras pronunciadas por el Señor Jesucristo en la parte final de aplicación de las enseñanzas del Sermón del Monte, resultan verdaderamente inquietantes, porque no van dirigidas a los incrédulos, sino a todos aquellos que hipócritamente han empleado el nombre del Señor e incluso han realizado actos portentosos en su nombre, pero que en realidad nunca han obedecido a Dios. Por eso, cuando leo o me cuentan que en tal sitio hay unos que hacen alguna cosa extraordinaria, me quedo indiferente, porque lo que hacen no es señal de nada. Lo que me interesa de verdad es escuchar que en un determinado lugar la iglesia tiene mucho interés en indagar y predicar las Sagradas Escrituras, para ponerlas por obra y no le hace falta montar ningún espectáculo para ser atraída por la predicación de la Palabra de Dios.

Es evidente que en este párrafo, Jesús prosigue el tema que ha empezado en el v. 13 con el imperativo de entrar por la puerta estrecha y luego nos puso en guardia frente a los falsos profetas. Como no le basta una sola amonestación, insiste otra vez sobre lo mismo, sólo que con otras palabras. Esta manera de hacer de Jesús, nos enseña que debemos repetir las cosas porque pronto nos olvidamos y nos hacemos lo que él quiere, como aquella vieja anécdota del pastor que durante varios domingos seguidos predicaba el mismo sermón, hasta que un diácono le dijo que si no se daba cuenta de lo que hacía y el predicador le respondió que sí, pero hasta que la congregación no lo pusiera en práctica continuaría predicando lo mismo.

Aquí, Jesús, incluso es más incisivo que en los dos párrafos anteriores y lo plantea de este modo porque se trata de un asunto sumamente grave por tratarse de un peligro terrible que nos acecha. Observamos cómo sigue el método que ha empleado en todo el sermón: primero hace una observación, luego la examina e ilustra y en tercer lugar la elabora y amplía.

  1. El peligro del autoengaño (v. 21) En lugar de advertirnos sobre los falsos profetas, ahora nos llama a examinarnos a nosotros mismos, es decir, quiere destacar que delante de Dios sólo vale la santidad, sin la cual, dice al autor de la carta a los Hebreos, nadie verá al Señor (12:14). Jesús se refiere a algunas de las cosas falsas de las que los hombres suelen depender.

    1. Los que basan su confianza en llamar a Jesús "Señor".
      Hay que explicar esto con cuidado porque él no critica a los que le llaman "Señor". En realidad todo el mundo debería llamar a Jesús, "Señor". Lo que afirma Cristo es que no todos los que dicen esto entrarán en el reino de los cielos, porque no se trata de una palabra talismán con la cual algunos pretendan saltarse el verdadero reconocimiento de Jesús como el Señor de su vida. Visto de forma negativa, el que nunca ha llamado a Jesús "Señor", jamás entrará en el reino de los cielos. Porque Pablo dice que nadie puede llamar a Jesús Señor, sino por el Espíritu Santo (1 Co. 12:3). La palabra Kyrios (Señor) es la que reemplaza el término Yahweh en la versión griega del AT. Por tanto, llamar a Jesús Señor en el sentido paulino es reconocerle como verdadero Dios. Y como va acompañada del nombre humano Jesús, es reconocer que Dios se ha hecho hombre, por lo cual nadie puede pronunciar estas palabras verdaderamente si no ha sido instruido por el Espíritu Santo que le ha convencido de justicia, juicio y pecado. En otras palabras, el hombre no regenerado no puede aceptar la enseñanza bíblica como una especie de filosofía porque se engaña a sí mismo si piensa que por llamar a Jesús Señor, tiene la salvación.

    2. Los que basan su confianza en el fervor.
      Observamos que no se contentan con llamarle simplemente "Señor", sino que lo repiten como si quisieran transmitir que ellos tienen más fe que nadie. No son sólo intelectuales, hay un elemento de sentimiento en que la emoción está involucrada, porque parecen ansiosos y llenos de fervor. Muchos pueden hacer ostentación de piedad con pasión, pero ser algo completamente falso. Una de las cosas más difíciles es distinguir entre el fervor genuino y espiritual, y el celo y entusiasmo carnales. Personas muy emotivas pueden hacer pensar que son más espirituales, pero sólo es fruto de su temperamento y no de la fe.

  1. El peligro de confiar en ciertas obras (v.22) Ahora Jesús menciona tres obras que aparentemente podrían dar la impresión que los que las hacen son creyentes verdaderos, pero en realidad no entrarán en el reino por el hecho de que hagan algo espectacular, cuando de lo que se trata es de hacer la voluntad de Dios el Padre.

    1. Profetizar en su nombre.
      Esto quiere decir pronunciar un mensaje. El apóstol Pablo habló muchas veces de la profecía como un don que habían recibido algunos miembros de la iglesia quienes transmitían mensajes por el Espíritu Santo. Pero Jesús dice que habrá muchos que vendrán a él el día del juicio para decirle que profetizaron en su nombre, pero tendrá que decirles que no los conoce. En la Biblia tenemos ejemplos de esto: Allí está Balaam transmitiendo correctamente la voluntad de Dios a pesar suyo, pero fue un profeta falso. Tenemos también a Saúl que de vez en cuando recibía el espíritu de profecía y, sin embargo, él estaba fuera del reino de Dios. Pablo se refiere a ciertas personas que predicaban por contienda y envidia (Fil. 1:15).

    2. Expulsar demonios en su nombre.
      Incluso es posible tener poder sobre el mundo espiritual maligno y estar fuera del reino. Esto está atestiguado en el NT. ¿Alguien duda de que cuando los discípulos echaban fuera demonios entre ellos estaba Judas usando de este poder? Jesús envió a los discípulos a predicar el evangelio y echar demonios y volvieron todos gozosos porque aún los demonios se les sujetaban en su nombre. En una ocasión los judíos acusaron a Jesús de hacer milagros por el poder de Satanás y él les replicó que si esto era así ¿por quién los echaban sus hijos?: los exorcistas judíos.

    3. Hacer milagros en su nombre.
      También hay otros poderes con los que hacer cosas notables y sorprendentes, pero están fuera del reino. Recordemos el caso de los magos de Egipto cuando Moisés fue enviado para liberar a los israelitas, aquéllos le imitaron fraudulentamente y hasta cierto punto repitieron los milagros. Jesús nos advirtió que en los últimos tiempos se levantarán falsos Cristos, y falsos profetas, y harán grandes señales y prodigios, de tal manera que engañarán, si fuere posible, aun a los escogidos (Mt. 24:24)

  1. La sorpresa del día del juicio (v.23)
    Aunque aparentemente a todos los que se les había llenado la boca llamando a Jesús Señor pertenecían a la comunidad creyente, sin embargo, Cristo manifiesta que no pertenecen a su reino: "¡Nunca os conocí!" Este conocimiento debe entenderse en el sentido de haber mantenido una comunión viva con ellos y la causa de su rechazo es la maldad, un término que indica ausencia de ley, es decir, la desobediencia explícita de la voluntad de Dios en el mismo sentido de los frutos malos de los falsos profetas.


Conclusión.
Hemos visto que Jesús exige la obediencia incondicional a la voluntad del Padre. Parece que los que llamaban a Jesús, "Señor", eran falsos hermanos que ostentaban la capacidad para transmitir mensajes de Dios, hacer exorcismos y obrar milagros con una apariencia de piedad, pero no practicaban plenamente el estilo de vida descrito por Jesús a lo largo del Sermón del monte. Por tanto, ninguna obra, por grande que sea, puede recompensar la falta de una conducta consecuente con el ejemplo y las enseñanzas de Jesús. Sin un comportamiento ético que refleje la forma de ser y actuar de Jesús, no podemos pretender que pertenecemos al reino de Dios, porque podemos engañar a los demás mientras estamos aquí, pero en el día del juicio escucharemos aquellas terribles palabras: "¡Apartaos de mí, hacedores de maldad!"