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El pecado de pensamiento (Mt 5:27-30)

por Pedro Puigvert
Sermones sobre el Sermón del Monte

La segunda ilustración que ofrece el Señor con relación a la ley es la de la prohibición de cometer adulterio (v. 27).
De la manera que habían hecho con el mandamiento  “no matarás”, los escribas y fariseos hacían también con éste. Es decir, habían reducido el mandamiento que prohíbe el adulterio al simple acto físico de no tener relaciones sexuales con una persona casada, y siempre que no tuviera lugar tal relación pensaban que cumplían la ley perfectamente. Otra vez estamos ante lo mismo que vimos en la porción anterior.
Habían tomado la letra de la ley y la habían reducido a un punto concreto. El problema de los escribas y fariseos era que ni siquiera se habían tomado molestia de leer correctamente los diez mandamientos. Porque si lo hubieran hecho se habrían percatado que no pueden tomarse por separado, sino verlos en  conjunto. En este caso, tenían que haberse dado cuenta que el décimo mandamiento enseñaba  que no se puede codiciar la mujer del prójimo y que esto estaba estrechamente relacionado con el mandamiento de no cometer adulterio.
El engaño de nuestra sociedad hoy es que considera este mandamiento fuera de lugar, porque se ha reducido la expresión práctica  de las creencias religiosas al ámbito de lo personal, pensando que lo que hacen un hombre y una mujer casados, sólo les compete a ellos, como si Dios no tuviera nada que decir, porque ya lo han excluido por completo de su vida. A veces se acuerdan de él cuando están apurados, pero en asuntos éticos actúan al margen de Él.
Sin embargo, Jesús insiste en unas implicaciones mucho más amplias, tanto para legalistas, como para inmorales.

  1. La profundidad y el poder del pecado de pensamiento (v.28)
  2. Aquí también debemos señalar de nuevo la profundidad de Jesús con su enfático “pero yo os digo”, que como vimos es una frase que pone al descubierto tanto la falsa interpretación  de escribas y fariseos como el significado correcto que le daba Jesús a la ley de Dios.
    El hecho de mirar a una mujer para codiciarla, lo considera  el Señor como un quebrantamiento del séptimo mandamiento. Porque el pecado no se comete solamente por un acto, sino que se peca también con el pensamiento o corazón, ya que es ahí donde se fragua primero antes de llevar a cabo de la acción (Mt. 15:11-20). En otras palabras, lo que enseña Jesús es la profundidad y el poder del pecado, porque no hay que preocuparse tanto por los pecados como del pecado. Los pecados son síntomas de una enfermedad llamada pecado y lo que importa no son tanto los síntomas como la enfermedad en sí que es la que mata. Una percepción correcta de esta verdad que enseña la Biblia nos hará estar alerta acerca de las raíces de maldad cuando veamos aparecer los síntomas.
    Lo que Cristo nos enseña es que por el hecho de no haber cometido el acto de adulterar no quiere decir que seamos inocentes. ¿Qué hay en el corazón? ¿Cuál es nuestra enfermedad? Jesús está diciendo que lo que importa es este poder viciado y corrupto que hay en la naturaleza humana como consecuencia del pecado y la caída. El hombre no siempre fue así, Dios lo hizo perfecto, pero cayó de esta perfección y como consecuencia este poder del pecado entró en la naturaleza humana y permanece en ella como una fuerza mala y de ahí que uno de sus frutos el hombre codicie.

  1. La naturaleza horrible del pecado de pensamiento (v.29)
  2. El Señor quiere enseñar no sólo su naturaleza, sino también el peligro terrible que supone para nosotros y la necesidad de hacerle frente para repudiarlo. Por eso se refiere a  uno de los miembros más valiosos para nosotros como el ojo derecho y después la mano derecha. ¿Por qué dos órganos del lado derecho del cuerpo?
    La respuesta es sencilla: en aquel tiempo la gente creía que estos miembros del cuerpo del lado derecho eran más importantes que los del lado izquierdo y Jesús lo toma como ilustración, no para avalar la creencia popular, sino para lo entendieran. Es como si dijera: “si lo que vosotros consideráis que es lo más valioso de vuestro cuerpo es causa de pecado debéis libraros de él”. Por apreciada que nos pueda resultar una cosa, si nos ha de hacer tropezar, debemos des hacernos de ella. En otras palabras, ¿cómo enfrentarnos con el problema del pecado?
    No se trata solamente de no cometer ciertos actos impuros, se trata de oponernos a la contaminación del pecado en el corazón, esta fuerza que está dentro de nosotros como consecuencia de nuestra naturaleza caída. En una  ocasión leí una frase de Billy Graham que decía: “la primera mirada es inevitable, la segunda es pecado”. ¿Quién está libre de segundas miradas? Éste es el problema y ocuparse del mismo de una forma negativa no basta, nos debe preocupar el estado del  corazón y en este sentido debemos tener en cuenta sus consecuencias, porque si pecamos con el pensamiento fácilmente podemos ponerlo en práctica. Por otro lado, hemos de tener en cuenta la importancia de la salvación y el destino eterno.
    Supongo que todos hemos entendido que no se trata de cortar físicamente un miembro del cuerpo que sea instrumento de pecado, ya que Jesús emplea una figura de lenguaje fundada en la idea de relación (metonimia) para expresar que aunque en la vida hay muchas cosas que son buenas y provechosas, si estas cosas nos hacen tropezar debemos rechazarlas.
    Si mis facultades y habilidades me conducen al pecado, entonces debo descartarlas. Si examinamos nuestra vida nos damos cuenta lo  que significa esto. Mejor es perder las cosas que ahora valoramos que perderse enteramente en el infierno.

  1. El efecto pervertidor del pecado de pensamiento (v. 30).
  2. El pecado lo pervierte todo al convertir los instrumentos que Dios nos ha dado para nuestro bien, la mano derecha o el ojo derecho, en enemigos nuestros. Los instintos de la naturaleza humana no son malos porque Dios nos lo ha dado, pero estos mismos instintos, a causa del pecado, se han convertido en nuestros enemigos.
    Lo que Dios puso en el hombre para  capacitarlo y que viva, se ha convertido en causa de la caída. El motivo es que el pecado todo lo enreda, de modo que unos instrumentos tan útiles y necesarios como las manos o los ojos se pueden convertir en inconvenientes para mí y por eso debo cortarlos o sacarlos metafóricamente, es decir, librarme de lo que me induce a pecar. El pecado ha pervertido al ser humano, convirtiendo lo bueno en malo. Además, el pecado es destructor porque destruye al hombre.
    Solamente hace falta ver en que lamentable estado se hallan muchas personas que se han hundido a causa del pecado en el abismo de la droga o de cualquiera de los males  de nuestra época. Inevitablemente, el pecado conduce a la muerte ya que ésta es su salario.
    Precisamente a raíz del pecado y sus consecuencias vino Cristo al mundo para morir en lugar de los pecadores y salvarlos. Fijaros si es terrible el pecado que el Hijo de Dios tuvo que sufrir y morir en una cruz para librarnos de nuestra maldad y darnos la vida eterna.

Conclusión
Ciertamente, no debemos cometer adulterio, pero ¿lo tenemos en el corazón? ¿Está enquistado en nuestra mente? ¿Nos gusta? Dios no quiere que ninguno considere esta ley santa de Dios y se sienta satisfecho porque piensa que la cumple. Si nos sentimos satisfechos de nuestra vida pensando que somos perfectos es que estamos equivocados. Debimos escuchar la enseñanza de Jesús y examinar nuestros pensamientos, deseos e imaginación.
Si tenemos necesidad de ser limpios, el evangelio nos dice que Cristo, inmaculado y puro, ha tomado sobre sí nuestro pecado y culpa. Cuando nos arrepentimos y creemos en él y  su obra, nos limpia con su sangre y cambia nuestro corazón.